Phoebe Bridgers, ‘Punisher’ (Dead Oceans, 2020)

Segundo trabajo de la artista de Los Angeles

Que Phoebe Bridgers se haya convertido en la musa de una generación solo puede suponer una cosa: el mundo está muy jodido. La artista norteamericana no tiene ningún problema en desplegar sus miserias en unas canciones que se mueven en terrenos reposados, melancólicos y tristes. Algo que no ha servido de impedimento para que cada vez tenga más seguidores. Lo que demuestra que, cuando haces las cosas bien, y con sinceridad, se es capaz de conectar con mucha gente. Aunque sea para compartir penas. 

A pesar de que en los últimos años la hemos tenido muy presente con otros proyectos como boygenius y Better Oblivion Community Center, este ‘The Punisher’ es tan solo su segundo trabajo. Un disco muy esperado que responde a un montón de influencias y sensaciones que ha tenido en los últimos años. Cosas tan dispares como una asociación para ayudar a las personas que viven con gente que tiene una adicción, Halloween, un canal de YouTube con vídeos para dormir, Harry Potter, la serie Fleabag, o un viaje al Big Sur de California, han servido de inspiración a la hora de crear estas canciones. Eso sí, esa variedad no se refleja en el resultado final, el cual, mayoritariamente, sigue siendo lánguido y triste.  

Los créditos del álbum están llenos de músicos tocando instrumentos de cuerda, trompetas, pianos, flautas o tambores, pero es algo a lo que no termina de sacarle partido. Y es una pena, porque, cuando sí lo hace, el disco gana muchos puntos. El mejor ejemplo de esto es “Kyoto”, la canción más vibrante del disco. Aquí se deja llevar por la efusividad más pop, la cual adorna con unas deliciosas trompetas que le dan un toque de lo más épico, y un estribillo redondo. El resultado no puede ser mejor, y somos muchos los que pensamos que es una de las canciones de este 2020. Lo malo es que algo que no tiene continuidad en el resto del álbum. Porque, aunque en temas como “Chinese Satellite” y “ICU”, los instrumentos de cuerda también están bien aprovechados, éstos no llegan a ser tan sobresalientes.

Hay que reconocer que la artista californiana tiene buena mano con el folk melancólico. Lo demuestra de sobra en cortes como “Garden Song”, “Halloween” o “Graceland Too”, que son notables y resultan emocionantes. Lo malo es que, una vez que has probado su lado más grandilocuente y épico, esta faceta ya no resulta tan interesante. Quizá, por eso, decide acabar el disco a lo grande con esa tormenta sonora que aparece al final de “I Know The End”, toda una catarsis -ojo, con su grito final- con la que deja el listón muy alto. 

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