Saludada como una de las biografías musicales de los noventa, Contra acaba de publicar —en edición ampliada, revisada y con traducción de Silvia GuiuPet Shop Boys, literalmente, del periodista británico Chris Heath. Una suerte de diario del verano de 1989, durante la primera gira del célebre dúo de pop electrónico. La crónica de un tour que nos revela los entresijos y peripecias de la vida detrás del escenario, así como la singular idiosincrasia del grupo y, por ende, las personalidades de Neil Tennant y Chris Lowe.  

Chris Heath es un gacetillero tan vinculado a la extinta revista musical Smash Hits como a los Pet Shop Boys. Pluma habitual del magacín durante los 80 y 90 —también ha sido redactor en Details, Rolling Stone, y más recientemente, American GQ—, asimismo ésta posibilitó su encuentro con Neil Tennant, a su vez colaborador antes de formar el grupo. Dicha relación con el dúo le permitió ser «el corresponsal» de su primera gira internacional, recogida en este Pet Shop Boys, literalmente (1990), y luego por EEUU, legible en Pet Shop Boys versus America (1993). Además, ha escrito las notas de las reediciones de varios discos de la banda, los comentarios de su DVD PopArt, y editado la revista del club de fans, Literally. También es autor de las biografías de Robbie Williams —sospechoso, lo sé—, Feel (2004), y Reveal (2017). 

El germen inmediato del libro ya es de lo más interesante. En 1989, Tennant y Lowe contaban con cuatro discos publicados y un ramillete de singles de éxito, pildorazos pop como «West end girls», «It’s a sin», «Left to my own devices» o «Domino dancing» —cómo han envejecido esas canciones es otra, harto peliaguda, cuestión—. No obstante, los conciertos brillaban por su ausencia, en una mezcla de limitaciones personales y técnicas, pánico escénico y deseo —obsesivo— de ofrecer un show a la altura. Pero ese verano, el dúo finalmente transigió. Hong Kong, Japón y Reino Unido fueron los destinos elegidos, con una elaborada producción de músicos, bailarines y audiovisuales. Y su colega redactor Chris Health cubriendo el periplo. 

Pet Shop Boys, literalmente, es una crónica que, pese a la distancia de los años transcurridos desde su publicación original, resulta absorbente y admirablemente honda. Heath relata lo vivido y transcribe sus conversaciones con Tennant y Lowe con sencillez y dejando a un lado sus propias afinidades. El conjunto es sorprendentemente completo. De lo más superficial y, en principio, anodino —ropa y comida por doquier—, a notables disquisiciones sobre qué supone la fama, ser parte del circo del pop o el papel sociocultural del músico. Nada parece forzado. Hay humor y sensación de verosimilitud y honestidad. Es más, los Pet Shop Boys se muestran en toda su —a veces, con frecuencia, recalcitrante— contradicción.

Porque diría que el meollo de este ensayo-biografía musical muy sui generis es precisamente su falta de filtros. En estas pásginas, Chris Lowe y Neil Tennant lidian con su recientemente adquirida condición de estrellas del pop. Están metidas en una vorágine, la gira, nueva y complicada para ellos. Sus pretensiones artísticas e ¿intelectuales? se dan de bruces con la realidad, que incluye ambiciones, egos, barreras propias y ajenas, fans irredentos o cifras —es la economía, estúpido—. La incoherencia entre el discurso —hay para todos y llega a irritar, de Springsteen y América a The Cure, el rock de guitarras o el Live Aid— y la acción, cuando no la hipocresía, acecha. Sin embargo, forma parte de la mirada al absurdo mostrada por Heath.

Es un logro mayúsculo, inusualmente profundo en el género. El tono es ligero, nunca se cargan las tintas y el mayor drama es lo esquivo que —casi siempre— es el lacónico Chris Lowe. Sin embargo, Chris Heath consigue retratar a dos personalidades plenamente autoconscientes y lúcidas respecto a su situación. Su ambivalencia enseña sus dudas. La fragilidad de quienes ansian, incluso con cierta soberbia, ser diferentes y labrarse un camino —y una imagen, importantísima en Pet Shop Boys— opuesto al mainstream de la época que, mal que les pese, se ven abocados a transitar. Un conflicto apasionante para el lector.

Y es que, Pet Shop Boys, literalmente, a veces se asemeja más a una sesión de terapia, algo disparatada, al estilo de las entrevistas de Neil Strauss en Todos te quieren cuando estás muerto —pero en Japón y otros escenarios ya de por sí peculiares, con demasiados saxos y hombreras—. Y, aunque a uno, ellos no le caigan demasiado bien —el cinismo hipster anda por ahí, bien suelto…—, el libro es tan entretenido como poderoso su alcance. Hay mucho que rascar detrás de estas bailables bambalinas.