Todavía recuerdo la noche que mi padre me hizo ver Perros de paja. Ese auténtico terror ante lo que sucedía ante mis ojos. Ese disgusto y ganas de mirar hacia otro lado en esa escena terrible, atroz, interminable —ya sabéis cuál—. La repugnancia absoluta ante cada uno de los personajes, ante esa espiral de violencia y locura visceral. Recuerdo gritarle a mi padre por qué me estaba haciendo ver eso. Que la película de Sam Peckinpah era horrible. Pero cuando Dustin Hoffman arranca el coche con esa mirada flotando en la más remota galaxia, no solo el estómago me daba vueltas. La cabeza iba a mil por hora. Pocos films se han atrevido a explorar el abismo más insondable de los seres humanos con esa valentía y fuerza. Sé que ha habido un remake bastante reciente, pero creo que no vale la pena ni mencionarlo —Hollywood nunca aprende—…

Ahora la editorial Mármara acaba de publicar en nuestro país, por primera vez, la novela en la que Sam Peckinpah se basó para crear su perturbadora obra maestra. ¿Esperaba revivir las sensaciones de la película? ¿O encontrarme ante un texto digamos “más analítico”, que ofreciera pistas más claras sobre las pulsiones y brutales decisiones de sus personajes? En cualquier caso, error. La obra del escritor y periodista escocés Gordon Williams es un ente distinto, con más que significativas diferencias, respecto a la película.

Para empezar, Perros de paja, el libro, debería titularse como eligió su autor originalmente, El asedio de la granja Trencher —obviamente una decisión peor desde el punto de vista comercial — ya que define a la perfección el meollo de la novela. Los Magruder, el civilizado, analítico y hasta cierto punto, apocado profesor George, su mujer Louise y su hija Karen llegan a una vetusta granja en Dando, en Cornualles, Reino Unido. El viaje responde a varios motivos. Tranquilidad e inspiración para George que le permita concluir su libro. Regreso a sus orígenes británicos para Louise. Y una forma de enseñarle sus raíces a su hija. Pero ni el lugar, inhóspito, hostil sobre todo para George por ser americano —quizás el aspecto que más cuesta creer sea el del choque cultural entre británicos y norteamericanos—, ni la relación del matrimonio lo pone nada fácil para la familia. Williams apunta tensiones sobre clase social, entre la pobreza de los hombres del pueblo y la cómoda posición de George, y una latente retahíla de turbulencias entre los roles masculino y femenino de la pareja.

Y con ese clima asfixiante, de drama a punto de estallar, y esa atmósfera malsana, llega el detonante. Una niña perdida y un infortunado doble accidente por el que los Magruder acogen, muy a su pesar, en su casa a Henry Niles, un grave enfermo mental, responsable del asesinato y violación de varios niños. Perros de paja se convierte entonces en un auténtico thriller, o un western sádico y salvaje, en el que el pacífico y racional George debe defender “su fuerte”, la granja y su familia, de un puñado de lugareños borrachos sedientos de sangre, determinados a tomarse la justicia por su mano con el ahora inofensivo Niles.

El aislamiento —una nevada que impide a la policía llegar hasta la granja, hechos infortunados, otros un punto maquiavélicos— del lugar y la situación límite a la que los cinco animales dispuestos a hacer cualquier cosa para saciar sus instintos más primarios, fuerzan a George a olvidarse paulatinamente de sus convicciones. Convertirse en un monstruo para combatir a los monstruos. Williams consigue que el asedio, que ocupa más de la mitad del libro, no flojee en ningún momento. Un ritmo frenético que mantiene al lector pegado a la página —imposible dejarlo—. Y también logra plantear, sin subrayados, solo con la evolución del ataque a su hogar y las acciones de los Magruder —el cada vez más violento y desatado George, la pasividad de Louise— el terriblemente frágil equilibrio entre quienes decimos ser y quienes somos en realidad, sobre todo expuestos a una situación límite. No alcanza el nivel de oscuridad y ominosa, lúgubre visión sobre el ser humano de la película de Peckinpah, ya que no entra tan a fondo en temas como la sexualidad —uno de las facetas más inquietantes del film— o la imagen de la infancia, que aquí resulta mucho más neutra. Aún y así, el ritual macabro del ataque a la granja y los recovecos sombríos de las personas están bien presentes en una novela que funciona a la perfección como dinámico thriller… con un trasfondo que deja en el lector esa sensación de desasosiego, de mal cuerpo propio de las obras con enjundia, capaces de ir más allá. Leed con cuidado, pero no dejéis de leer.