Para quien escribe, la mexicana Fernanda Melchor se ha convertido en una autora a seguir. Así que la llegada de Páradais, tercera obra suya publicada por Literatura Random House tras la novela Temporada de huracanes y la colección de crónicas literarias —entre la nota roja y la ficción— Aquí no es Miami, es una lectura no sólo obligatoria, sino anhelada. Su nueva propuesta incide en un estilo, coordenadas y temáticas absolutamente marca de la casa. Un relato, breve y brutal, sobre la violencia, la obsesión y la desigualdad social.  

Páradais va «a degüello» y nos sitúa en el titular conjunto residencial de lujo veracruzano —ciudad de origen y recurrente material literario de Melchor—. Un escenario singular y el odiado lugar de trabajo de Polo, un joven de 16 años y la devastada mente que seguimos en la narración, que sufre cual condena diaria ejercer de explotado jardinero-chico-para-todo. Su vida doméstica es casi peor: una situación familiar gravosa, combinada con la pobreza en un entorno degradado y criminal. Tampoco la existencia le sonríe demasiado al vecino del complejo Franco Andrade. Un mórbido incel adicto a la pornografía y enfermizamente obseso con una residente —atractiva pseudofamosa y madre de familia—. Dos adolescentes, fatalmente destinados a unir sus fuerzas en base a su rabia e instintos más bajos.

Estos dos inadaptados de manual, entre pedos a horas intempestivas y clandestinas, van compartiendo su resentimiento, frustración y malsanas pulsiones, dejándose arrastrar por una pendiente emocional de miseria a la vez que victimismo, dando forma a un plan terrorífico, inconcebible, atrozmente ridículo. Fernanda Melchor recrea magistralmente la mezcla de fantasías macabras, amodorramiento etílico que no cura el dolor, sólo embota aún más la ya confusa mente, y sensación de agravio —«yoísmo» puro— que asola a Franco y Polo en sus dementes disquisiciones. El horror y la estupidez supina, caras de la misma moneda.

El lector podría argumentar que los púberes no parten de una posición de igualdad. Franco vive en Páradais, el dinero o la inseguridad no son un problema. Polo en un infierno de pésimas decisiones, cero oportunidades, narcos, y una madre avinagrada. No obstante, esa diversidad de contextos precisamente es un punto fuerte de la novela. Porque su improbable reunión permite a Melchor mostrar el contraste y, cruel paradoja, cercanía entre ambos mundos, explorando —su especialidad— como la violencia permea todas las capas de la sociedad mexicana. El asalto armado como la salida fácil a la desesperación social y la misoginia más aberrante, unidas vía resentimiento y rencor. Incluso en un lugar aparentemente ajeno al mal. 

De hecho, pese a lo sucinto de Páradais, Fernanda Melchor no desaprovecha la ocasión para abordar las desigualdades rampantes a través del febril camino a la perdición de Polo y Franco, sobre todo el primero. La perenne discriminación económica y de clase le consumen. No hay futuro —excepto el crimen—. Tampoco modelos a seguir. Y la soledad, que alcanza a pobres y pudientes por igual, sume sin remedio a nuestro protagonista en el dolor y la desazón. Un muchacho, carne de cañón, que pasa de querer renunciar a su humillante empleo y escapar de su hogar, a dejarse engatusar por un maníaco sexual. Y es que la solución más irracional suele confundirse con la más sencilla… ¿O por qué cala el fascismo en épocas de crisis?

Y luego está Fernanda Melchor, claro. Su labor en Páradais es deslumbrante, creando un artefacto literario implacable y singular. Híbrido entre la oralidad más soez, la ficción que busca «puntos de fuga» en forma de descripciones y referencias a leyendas grotescas —elemento clave en Temporada de huracanes— que se distancian momentáneamente del realismo sucio más visceral, y la disección quirúrgica de la turbada psicología de Polo —que justifica plenamente ciertas repeticiones, cuitas asfixiantemente recurrentes—. Su prosa es furiosa, magnética y torrencial, en un sentido que recuerda a El asco de Horacio Castellanos Moya, con el que creo comparte tono y vitriolo de evidente trasfondo social. La ira, la sordidez y la culpa en el relato implacable de una espiral descendente al infierno que no da tregua al lector.