Padre & hijo, Larry Brown (Dirty Works, 2016)

Hoy, retornos, anhelados e indeseables, y círculos que se cierran, para bien y para mal. Hoy regresa Larry Brown a Indienauta con Padre & hijo, una novela tan abrasiva que parece mentira que las páginas no se deshagan. Y también una obra que tiene algo de «ciclo completado», en parte por las fechas en las que estamos. Pero, sobre todo, porque marca un año y medio disfrutando de las publicaciones de Dirty Works, una de las singladuras editoriales más fulgurantes y adictivas que jamás se hayan aventurado por el angosto panorama nacional. El séptimo trabajo sucio de una aventura que comenzó —precisamente— con Larry Brown. Y que se abre con un emocionante y sentido prólogo de «otro Dirty», Mark Richards. Amigos y cómplices de una manera de entender la literatura que —qué diablos, voy a usar la palabra tabú— devuelve al término «auténtico» su verdadero significado. TODO encaja.

Finales de los 60 en algún lugar de Mississippi tan infame que ni siquiera merece recordar su nombre. El pueblo al que vuelve Glen Davis tras pasar tres años en la prisión de máxima seguridad de Parchman —la «granja» a la que cantaba el gran bluesman Bukka White con toda la rabia del mundo—. ¿Redimido? Umm… todo lo contrario. Digamos que más bien con ganas de «abrir las puertas del infierno» en la Tierra. Como si el Damien Thorn de La profecía hubiera crecido, alcoholizado y acumulando toda la bilis que cabe en un ser humano antes de estallar. Larry Brown decidido a demoler la parábola del hijo pródigo a escopetazos.  

Pese a que el terreno que pisa Padre & hijo es de sobras conocido y clásico —el eslogan de «tragedia griega cocinada al estilo sureño» es más que afortunado—, esta historia de venganza, miseria, odios atroces, violencia, familias devastadas, autismo emocional, secretos y mentiras desoladoras, incomunicación… te atrapa sin remisión, con una fuerza incontestable. Porque tras la enésima vuelta de tuerca a la eterna lucha entre el bien y el mal, encarnados aquí en Bobby y Glen, sheriff versus diabólico criminal, futuro para Jewel y su asustadizo hijo David versus la nada más desesperante, hay algo más. Bastante más, de hecho. La reunión de todos los tonos de grises y negros. Frustraciones y abatimiento. Atavismos y lacerantes heridas emocionales, completamente abiertas, azuzadas por el rencor y los errores de dimensiones grotescas. Arrastrados y transmitidos cual condenas a cadenas perpetuas de generación en generación.

Además, Padre & hijo es un ejercicio de tensión literaria soberbio, condensando la inmisericorde trama en apenas cuarenta y ocho horas sin tregua. Así, antes de la página 40 la brutal bola de nieve ya ha echado a rodar irremisiblemente —escalofriante primer encuentro con el reino animal—, creciendo a pasos agigantados. Entre la página 129 y 138 te descubres soltándole una riada de «hijos de puta» al libro en honor a su desalmado protagonista. Sufres con la amenaza permanente acechando a Virgil, a Jewel y a Bobby —hay mugre y terror en abundancia en las historias secundarias de las que debe encargarse—. Y no quieres seguir leyendo cuando el alud se acerca a Mary. Pero ya no puedes dejarlo. Sam Peckinpah que estas en lo cielos —bueno, esto es harto dudoso—, sal de la tumba y rueda esto.

El «tic-tac» inexorable hacia el desastre de la novela y su desenlace —sin spoilers— podría llevar a pensar al lector que estamos ante un crudo thriller sureño «al uso». Insisto, Padre & hijo es mucho más. Es ese enorme y moribundo pez devuelto al río en prácticamente el único remanso de paz de Glen en todo el libro. Es el clima, la fisonomía y el ambiente del lugar, que Brown convierte magistralmente en un personaje más, con especial mención a las tormentas, presagio de lo que se avecina y, al mismo tiempo, el necesario elemento —seguro que Flannery O’Connor estará bien orgullosa— purificador tras la calamidad. Y, sobre todo, es Virgil, el padre del «monstruo» y, en mi opinión, la creación más memorable de estas páginas. La aflicción personificada junto al ansia por disponer de una segunda oportunidad… ¡Qué autor tan poderoso es Larry Brown! Si buscáis literatura que «pinche, escueza y sacuda», este es vuestro hombre… y editorial.