Perdido en el paraíso

Son las cosas del cine español: Albert Serra es un director casi desconocido para el gran público -y en los premios Goya brilla por su total ausencia- aunque haya triunfado en el festival de cine de Cannes donde ha presentado varias de sus películas. Si por algo os puede sonar Serra es por sus provocadoras declaraciones en contra del cine comercial, frases lapidarias cargadas de humor -y de verdad- que suelen ser retuiteadas en las redes sociales, en lo que se adivina como una hábil autopromoción a la que la prensa, ávida de titulares, se presta dócilmente. Pero la realidad es que el cine de Serra es voluntariamente minoritario. Su todavía breve filmografía está compuesta de películas sobre personajes históricos y literarios cuya figura es desmitificada sin piedad en la pantalla hasta lo grotesco: un Quijote nada caballeresco maltrata a Sancho en Honor de Cavallería (2006); unos reyes Magos casi perdidos protagonizan El cant dels ocells (2008); vemos a Casanova defecando y a Drácula gritando desesperadamente en Historia de mi muerte (2013); al rey Sol en una agonía terrible en La muerte de Luis XIV (2016) y a un grupo de libertinos seguidores del Marqués de Sade abandonados a sus decadentes deseos en la nada erótica Liberté (2019). Las películas de Albert Serra, sin embargo, no se reducen a estas breves premisas que os resumo tras revisar su filmografía -disponible en Filmin-. Son películas antinarrativas, contemplativas, compuestas por tiempos muertos, valiosas en lo estético y lo fotográfico, que crean una sucesión de cuadros casi estáticos que obligan al espectador a reflexionar sobre lo que ve. El director, precisamente, ha colaborado con piezas audiovisuales expuestas en museos de arte moderno como el Reina Sofía, el MACBA o el Centre Pompidou. Su cine busca más el arte que el entretenimiento -si es que ambos conceptos deben estar reñidos- y quiere ser original, rompedor y desafiar al espectador. Se le puede acusar de pretencioso y autocomplaciente, pero la verdad es que hay una evolución notable en su filmografía, que ha ido de la aparente escasez de Honor de Cavallería, en la que Don Quijote y Sancho se dedican a la contemplación en un descampado, a obras estimulantes como Historia de mi muerte y La muerte de Luis XIV, en mi opinión, su película más redonda. Personalmente, sin embargo, encuentro innecesaria su voluntad de desafiar al espectador hasta el extremo de las agresivas escenas sexuales -al menos para mí- de Liberté.

Ahora, Serra estrena Pacifiction, tras presentarla en la sección oficial de Cannes, que viene con la promesa de ser su cinta más accesible y ‘narrativa’, al menos según las primeras críticas. Todo esto es cierto, lo que no quiere decir que Serra se haya movido un ápice de las coordenadas de su cine. En cuanto a sus temas, estamos de nuevo ante un personaje con cierto poder -político, social- del que presenciamos su caída en desgracia, una constante en todas las obras del catalán. Solo que esta vez, el personaje no responde a una figura histórica o mítica, sino que es contemporáneo y reconocible, un político, interpretado por un estupendo Benoit Magimel transformado, entrado en años y carnes, siempre abrochando y desabrochando su chaqueta según entra y sale de las situaciones que plantea la película. Ese personaje es el hilo conductor de una trama, concepto dramático que, quizás por primera vez, aparece en una película de Serra. Se trata de un McGuffin, un artefacto que busca centrar la atención del espectador, que le da sentido al ir y venir del protagonista, y que al mismo tiempo desencadena su historia, sacándole de su peculiar paraíso y diciéndonos que la política, aún tomada a la ligera, tiene consecuencias reales y de alcance. El alto comisario que encarna Magimel es un político local sin poder real de decisión, que se pasea de comida en comida, de local en local, sin hacer realmente nada y al que adivinamos trabando alianzas y prometiendo favores a cambio de pequeños privilegios. Hay que resaltar también otra estrategia narrativa de Pacifiction: lo que vemos en pantalla solo cuenta una parte la historia. El guión de Serra hace un uso constante de la elipsis para colocar a sus personajes en nuevas situaciones que hacen progresar el relato, aunque este se revele, finalmente, como una excusa para presentarnos un conjunto de ideas y temas. La Polinesia francesa actual no se diferencia prácticamente de la Europa del siglo XVIII que vemos en Historia de mi muerte: encontramos también aquí la oposición entre lo racional y lo primitivo. De esta forma, se va desarrollando un relato, pausado, que presenta momentos deslumbrantes -cuando el protagonista acude a un campeonato de surf- y que estéticamente goza de una fotografía y unos paisajes subyugantes. Todas las películas de Serra tienen una cierta atmósfera, pero aquí, el escenario tropical, colorido, húmedo y sudoroso que se nos presenta, resulta arrebatador. Y a pesar de esa intriga que se queda fuera de campo y que alude a conflictos internacionales entre grandes potencias y que hasta puede hacer pensar en James Bond, el final, aunque resolutivo, nos devuelve al terreno de las sensaciones, de lo que no se puede explicar -atención también al uso de la música y de los sonidos para crear estados de ánimo- antes que a la experiencia de una peripecia concreta. 

Tras haber visto las películas de Serra, me hace gracia pensar que el actor Lluís Serrat, al que conocimos en Honor de Cavallería como Sancho, es una suerte de viajero en el tiempo, que va cambiando de escenarios y ropajes según se van sucediendo las películas. El rostro de Serrat, cambiando peinados y estilismos según la ocasión, se pasea por los encuadres de Serra, con la mirada perdida, como buscando su sitio o, quizás, a su propio personaje. ¿No es el mejor resumen de la existencia?