Oso vs. Tiburón, Chris Bachelder (Automática, 2017)

Hoy, cortesía de Automática editorial, traigo Oso vs. Tiburón de Chris Bachelder, uno de los libros de lo que llevamos de año. Porque, desde esa impactante cubierta jugando con la iconografía del mítico Street Fighter —la editorial es una de las mejores en el cuidado y diseño de sus portadas—, sus tres páginas de surrealista índice, la cita aplastaserpientes del gran Kurt Vonnegut, ese prólogo a lo Frederick Barthelme, y, lo que es más importante, 230 páginas de sátira delirante sobre nuestra esperpéntica «era mediática», todo apunta en una sola dirección: estamos ante una novela muy especial.

Bachelder, escritor finalista del National Book Award en 2016 con The Throwback Special, profesor de Literatura y Escritura Creativa y articulista en revistas literarias como McSweeney’s Quarterly Concern y The Believer, nació en Minneápolis en 1971. El mismo año en que uno de mis escritores preferidos, Hunter S. Thompson, veía publicada su obra más icónica, Miedo y asco en Las Vegas. Treinta años después, Bachelder debutaba como novelista con Oso vs. Tiburón, en la que nos propone regresar a la ciudad de la diversión infinita —no podía ser otra, ella sintetiza el «sueño americano» deformado hasta el paroxismo— convertida ahora en disparatada nación independiente. O cómo sería el mundo sumido en un reality show permanente…  Y absurdo, por supuesto.

«Oso vs. Tiburón II» es el nombre de la última, incomparable, nueva obsesión catódica del «mundo mundial». Es mejor que Operación Triunfo, 200 ediciones de Gran Hermano, Jersey Shore, el siguiente partido del siglo entre esas dos máquinas de defraudar a hacienda llamadas Messi & Cristiano, la próxima serie con dragones y tetas, el trap, Pokémon, los retornos de Gloria Fuertes, de Twin Peaks —que fans éramos todos de ambos, ¿verdad?— y los dichosos fidgets juntos… Es el espectáculo final, consistente en el combate a muerte entre las versiones virtuales de los mencionados animales en un terreno de juego relativamente equilibrado, esto es, con el agua suficiente para que el escualo maniobre debidamente, pero no tanta como para impedir que el plantígrado haga lo propio ¿Quién ganará? ¿Os parece inconcebible, ridículo? Pensadlo otra vez mientras clicáis aquí… 

A semejante acontecimiento, EL ACONTECIMIENTO —al menos, hasta que llegue el posterior, en el capítulo treinta y tres se nos exponen los títulos de las nuevas propuestas pendientes de ser patentadas— se dirige la familia Norman gracias a las entradas ganadas en un concurso por Curtis, uno de los hijos, mediante su ensayo «Oso vs. Tiburón: una razón para vivir». Pero la carretera —Bachelder volviendo a uno de los mitos por antonomasia de Estados Unidos— hacia Las Vegas aguarda multitud de sorpresas, mientras la hiperrealidad deformada en pantalla debate y «entretiene hasta morir» acerca de cualquier cosa que pueda tener que ver, ni que sea remotamente y siempre generando publicidad indiscriminada, con esa lucha de titanes «coming very soon» a sus pantallas…

El lector tiene ante sí un festín pantagruélico. Tertulias bochornosas saturadas de publicidad y «opinólogos» profesionales —afortunadamente, y aunque os parezca imposible, ni Inda ni Marhuenda están invitados—. Conspiradores de toda índole, tanto terroristas y furibundos detractores como adoradores del show que prefieren sabotearlo antes de que este llegue a su insoportable desenlace. Fanáticos de uno y otro animal-bando en todas sus formas imaginables compartiendo sus opiniones de «mierda» —que dirían Los Punsetes—. Policía necesitada de entradas, filósofos, el propio Chris Bachelder participando en un programa sobre el combate — porque ni Rick Moody, ni George Saunders, ni David Foster Wallace, ni Thomas Pynchon ni Lorrie Moore podían asistir—, un cantautor protesta dirigiéndose a la «boca del lobo»… Entrevistas, redacciones de un crío y un finalista al National Book Award. Diálogos patéticos sobre las razones que harán ganar al osezno o al selacio. Cuestionarios, listas, chistes, anuncios… Todo cabe en una estructura fragmentaria y aparentemente inconexa, que descoloca tanto como hace sonreír, logrando que cada capítulo resulte una sorpresa, una broma o, directamente, un bofetón socarrón a esta universalizada vida de adicto a la «caja tonta». 

Divertida, audaz, imprevisible, alocada en el sentido de resultar estimulante y provocadora, si Oso vs. Tiburón, en mi opinión, no alcanza la categoría de obra maestra es debido a un par de aspectos. Uno es el escaso desarrollo de los personajes teóricamente protagonistas. A excepción de la zozobra emocional e ideológica del señor Norman, con su conato de rebelión incluida, la familia Norman no evoluciona durante la novela. ¿O eso es precisamente lo que Bachelder quiere decirnos? ¿Qué el embobamiento permanente crea zombis y no personas? Umm, llamadme exagerado, pero una sobredosis de Bill O’Reilly y la Fox, o en el plano nacional, Jorge Javier Vázquez y los debates de la Sexta Noche no pueden ser demasiado buenos para la cabecita, no…

En cambio, en la segunda cuestión que «planea» sobre la novela, Chris Bachelder no tiene ninguna culpa. Pero es que la realidad le «ha pasado por encima» al libro. Se ha quedado corto, igual que Neil Postman. Me refiero al vendaval de Internet, el móvil y, muy especialmente, al advenimiento de las redes sociales. La conversación televisiva era y es atroz… ¡pero es que ahora el Presidente de los Estados Unidos —por cierto, ¿habéis pensado que sucede si cambiamos los animales de la obra por elefantes y burros?— se comunica con el mundo vía Twitter! La estupidez se extiende como si fuera el chapapote más denso por las redes. Cada día hay un Oso vs. Tiburón en Facebook o Twitter, ya sea sobre cualquier chorrada o, lo que es peor, cuestiones realmente importantes que JAMÁS deberían poder resolverse en 140 caracteres. El smartphone es un anexo de la mano para una abismal mayoría de «muertos vivientes» allá donde van. La pose perpetua en Instagram y la bobería selfie —¡ahora con palo!— inundan nuestros «muros» virtuales… Mi adorado Doctor Gonzo puso a sus Estados Unidos frente a un espejo burlón, alucinado y muy perjudicado por los estupefacientes para mostrar su disparatada, deprimente decadencia. Chris Bachelder pretendía repetir la hazaña a costa de nuestra adicción mediática, pero en cambio, el cristal por el que nos invita a mirar no es deforme, sino totalmente diáfano. Y la imagen que arroja es, de nuevo, grotesca, delirante. «El sistema sólo duerme en total oscuridad», canta el bardo. ¿Somos capaces de apagar la(s) pantalla(s)? Oso vs. Tiburón debería ser una lectura obligatoria.