Hace unos meses reseñaba la turbia, enfermiza novela Lo que dijo Harriet que nos traía la siempre recomendable Impedimenta. Pues bien, aunque parezca imposible, los calificativos escogidos para definir la obra de la autora británica Beryl Banbridge se me quedan cortos, muy cortos, ante la última novedad que nos llega de la editorial madrileña. Oso es un libro extraño, inquietante, arriesgadísimo, en cierto modo inasible pero fascinante, una de esas rarezas que provoca tantas reacciones distintas como personas se enfrentan a él.

Publicada en 1976, la novela fue calificada de obscena y escandalosa, situando a su autora Marian Engel en medio de la polémica, dado el componente sexual, zoofílico que en ella se describe. Pero también la consagró como una de las plumas más singulares de las letras canadienses, obteniendo el Governor General’s Literary Award y, con el tiempo, encontrándose entre lo más destacado de la literatura de su país. Casi cuarenta años después, uno no puede más que entender la controversia y el impacto que esta breve historia causó. Oso sigue siendo hoy una lectura chocante, de contrastes extremos.

La trama de la novela es mínima. A Lou, una introvertida joven, una “rata de biblioteca” —el narrador omnisciente la califica como un topo en la primera línea del texto—, que ejerce de archivista en un instituto, se le encomienda una peculiar tarea: trasladarse a una remota y aislada isla para valorar y catalogar los documentos y obras de la biblioteca que les ha sido legada, herencia de un misterioso personaje llamado coronel Cary. Allí, en un paraje de ensueño, rodeado por la naturaleza, pero alejado de toda humanidad —a excepción de un personaje secundario, Homer, que más adelante adquirirá cierta trascendencia en la historia— Lou emprenderá otro tipo de viaje-experiencia. Uno mucho más íntimo, vital y difícil de explicar con su único compañero en la isla. Un oso al que debe alimentar durante su investigación en la isla de Cary.

Así, mientras Lou va reconstruyendo la historia de Cary mediante las obras y anotaciones que haya en la casa, se le va revelando también otro tipo de mundo: sensorial, afectivo, sentimental —y ejem, también físico— con su peludo plantígrado. ¿Es un vínculo real? ¿O sólo está en la cabeza de una persona demasiado necesitada emocionalmente? ¿Es Cary, mediante sus escritos, quién la conduce hasta el animal? ¿O sólo la soledad? El lector queda descolocado a medida que va leyendo… sensación que permanece con tiempo después acabas la novela. Palabra.

Engel no se anda por las ramas y su prosa es diáfana y, afortunadamente, sin subrayados gratuitos o manierismos con los que poder “hinchar” una historia que es, en su mayor parte, psicológica y fuertemente “ambiental”. El choque entre lo qué nos está contando y cómo nos lo está contando, con una narcótica, subyugante calma, es sin duda uno de los mayores logros de Oso. Desgraciadamente, al menos en mi opinión, el relato sobre Cary no genera el mismo nivel de atracción —ok, perversa atracción— que la relación con el animal, con lo que el desarrollo de la trama sufre diversos altibajos en lo que se refiere a su interés. Quien sabe si Engel podría haber llegado más allá sin las ataduras de la “trama bibliotecaria”.

Pese a la irregularidad, el final de Oso devuelve a la novela donde merece. Lou no es la misma persona que la ensimismada chica que llegó a la isla. ¿Sexo? ¿Amor? ¿Autodescubrimiento? Tiendo a decantarme por la tercera opción, pero sin ser capaz de despejar los interrogantes. ¿Acaso Engel nos estaba diciendo qué encontramos lo que deseamos cuándo menos lo esperamos? ¿O quizás, de la manera más original y provocadora posible, lo que quería contar es que nuestra capacidad de “adaptación” —nótese la ironía— no tiene límites? El regreso a la naturaleza es una historia repetida en la literatura. Pero nunca la habían contado así.