Oro, petróleo y aguacates, Andy Robinson (Arpa, 2020)

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Ahora que todo se ha ido —perdonad la franqueza— a la mierda, vale la pena recordar que en otros lugares siempre «diluvia sobre mojado». Uno de los principales es América Latina, donde el neoliberalismo más salvaje es la verdadera e incurable pandemia. Allí se ha ido el periodista británico Andy RobinsonLa Vanguardia, The Guardian, The New Statesman, entre otros—, para traernos Oro, petróleo y aguacates, recién publicado por Arpa Editores. Una cascada de crónicas que revisita a Eduardo Galeano y demuestra que, en el nuevo milenio, cambian las materias primas, pero no el saqueo. Vargas Llosas y Abascales de la vida, abstenerse… 

Subtitulado Las nuevas venas abiertas de América Latina, Robinson, a quien uno disfrutó sobremanera en Off the road. Miedo, asco y esperanza en América, sigue los pasos del autor uruguayo y su fundamental obra —el año que viene cumple 50 años—, recorriendo las rutas de las llamadas commodities, los recursos, para hablarnos de qué hay detrás de su extracción y explotación. Además de los productos titulares, en Oro, petróleo y aguacates hay carne, hierro, litio, coltan, patata, cobre, soja, quinoa, plátano o niobio. Pero, sobre todo, lo que hay es una historia tan poliédrica como tristemente conocida. Antes se le llamaba imperialismo o colonialismo. Ahora «Consenso de Washington» o «Escuela de Chicago».  

Andy Robinson no pierde el tiempo y, dividiendo el libro en tres grandes secciones —«Minerales», «Alimentos» y «Energía»—, nos lleva a lugares como los históricos estados mineros de San Luis Potosí o Zacatecas en México, la feria del buey en Xinguara, Brasil, el salar de Uyuni en Bolivía, la faja del Orinoco en Venezuela o el desierto de Atacama en Chile, entre muchos otros, para proporcionarnos las crónicas de la realidad del extractivismo desaforado. El proceso es recurrente, válido hace 500 años y, vergonzosamente, aun hoy. Se resume en la lapidaria frase de Galeano, «somos pobres porque es rico el suelo que pisamos». Cabe de sobras en un tuit. Ojalá pudiera convertirse en trending topic

Es un ciclo sin fin. Una materia prima abundante atrae la atención de las multinacionales, lanzadas cual buitres para quedarse el pastel. El gobierno latinoamericano de turno, sea por desesperación, incompetencia o corrupción —cualquiera de sus combinaciones apenas altera el producto—, suele extenderle la «alfombra roja» en forma de desorbitados beneficios y exenciones fiscales, privatizaciones a voluntad y salarios miserables —sin sindicatos, claro—. Sino, la geopolítica hace «lo suyo». Recordad que Salvador Allende, Manuel Zelaya, Dilma Rouseff o Evo Morales no perdieron en la urnas. Y cuando el recurso se agota, aparece la competencia o la moda se desvanece, el «pez gordo» pasa al siguiente, indiferente al escenario dejado. Todo al servicio de un modelo económico basado en la desigualdad. Exportadores e importadores netos. Países ricos por acumulación a los desposeídos y países pobres. 

Sin embargo, tranquilos emprendedores, magnates que hacéis grandes donaciones en tiempos de crisis pero también ingeniería financiera para pagar menos impuestos y demás gente de bien. Oro, petróleo y aguacates no es un panfleto izquierdista —aunque ya iría siendo hora de tener alguno, para variar—. Ni Lula da Silva, ni Nicolás Maduro ni Evo Morales salen bien parados. Robinson habla sin tapujos de promesas incumplidas, negligencias, graves irregularidades o dictatoriales enrocamientos en el poder. De hecho, su libro expone a las claras una renuncia a las llamadas políticas de desarrollismo que, en casos como el Partido de los Trabajadores brasileño o el Partido Socialista Unidos de Venezuela, suenan a traición ideológica de la izquierda, abocada a abrazar cortoplacistas políticas neoliberales en las que siempre llevan las de perder. 

Imagen de las protestas en Chile del pasado otoño.

Pero ni el mayor de sus errores pueden compararse a la pura rapiña de las empresas transnacionales, impulsadas por gobiernos occidentales, ruso o chino —dominadores del «tablero global» en esta nueva Guerra Fría, donde conceptos como el del «patio trasero» o la «doctrina Monroe», ya no son exclusivamente norteamericanos, sino del Foro de Davos—, amparadas por instituciones internacionales, y en ruin connivencia con las clasistas y racistas élites nacionales —¿os suena la expresión derecha golpista?—. Líderes del supuesto mundo libre capaces de amenazar, sabotear desde dentro, bloquear e incluso derrocar gobiernos a su antojo para colocar en ellos a dóciles «hombres de paja» o parasitarios acólitos. Seguro que os sorprende, pero ni Juan Guaidó ni el demente Jair Bolsonaro están ahí por su brillantez política u oratoria… Las cabezas de las nuevas «repúblicas bananeras». 

Oro, petroleo y aguacates es la «historia del abuso 3.0.». Un atropello expresado de distintas formas, pero siempre con el mismo fin. Es el despilfarro del agua para la gran minería, poniendo en riesgo el consumo humano y la producción campesina; es la hidroeléctrica aniquiladora de ecosistemas y culturas; es el modelo productivo masivo, que elimina a pobladores y agricultores oriundos hasta que sólo queda el cráter, la selva deforestada o la tierra baldía; es el turismo frenético que amenaza territorios sagrados o cultivos tradicionales; es la opulenta Europa o la Superbowl convirtiendo a quinoa y aguacate en manjares de moda, trastocando dramáticamente sus sistemas de producción. En definitiva, es la globalización, que simplemente significa el despliegue de la versión más abyecta del capitalismo. 

¿Hay esperanza? La gravedad de la situación se resume en el capítulo centrado en la patata de Puno, donde los agricultores peruanos asumen la creación de variedades del tubérculo que cumplen los requisitos crunchy de Fritos Lay porque, sencillamente, «son los que pagan más a los productores», aunque sepan la realidad —terrorífica página 207— de las chips. Pero Andy Robinson deja un resquicio a la esperanza. Por Oro, petróleo y aguacates también desfilan los conatos y rebeliones ciudadanas, caso del alzamiento chileno frente a décadas y décadas, de Augusto Pinochet a Sebastián Piñera, de «masacre neoliberal». O los venezolanos, brasileños o mexicanos resistiendo a las embestidas y manipulaciones «caseras» y «foráneas». O el audaz pueblo munduruku, en las antípodas del tópico indígena, dispuesto a pelear contra el proyecto hidroeléctrico en Tapajós, en plena Amazonia, con sabiduría ancestral y tecnología moderna.  

Plenamente actual, dinámica sin renunciar a la densidad, Oro, petróleo y aguacates resulta una lectura tan elocuente como desalentadora. Pero nunca ha sido tan necesaria. Porque en nuestro conocimiento, como consumidores y ciudadanos, reside la posible solución. Así, quizás, solo quizás, la megacrisis actual suponga una oportunidad para rechazar la previsible enésima vuelta al neoliberalismo situando, por fin, la lucha contra la desigualdad y el cambio climático como prioridades. Mientras tanto, las venas siguen abiertas y supurando en América Latina. Y, a partir de ahora, me temo, en buena parte de todo el planeta.