Sigo con lecturas altamente politizadas —más en ciernes— ahora gracias a Hoja de Lata y One Big Union. Un gran sindicato, de Valerio Evangelisti. Una obra ambiciosa y resonante —no apta para Mileis y Garamendis— que noveliza la historia de la lucha obrera y sus intentos de organización colectiva entre finales del siglo XIX e inicios del XX en unos Estados Unidos vitriólicos y, marca de la casa, hiperviolentos. Dispuestos a hacer correr la sangre —y la tinta, los bulos tienen abolengo— de todo aquél que ose discutir su maquinaria de «libertad» capitalista. 

Nacido y fallecido en Bolonia (1952-2022), Valerio Evangelisti fue un novelista, ensayista e historietista italiano, además de izquierdista militante —candidato de Lista Anticapitalista y Potere al Popolo!—. Licenciado en Ciencias Políticas en 1976, hasta 1990 alternó la carrera académica, escribiendo numerosos ensayos históricos, con el funcionariado en el Ministerio de Hacienda. En 1993 logró la fama con Nicolás Eymerich, inquisidor, Premio Urania al mejor debut de ciencia-ficción, y primero de los catorce libros de su saga y personaje más popular. Reconocido tanto en el género fantástico como en la llamada Nueva Épica Italiana —epopeyas protagonizadas por «los nadie»—, otros títulos destacados de su bibliografía son las series Magus y Metallo Urlante, y su Trilogía Americana, formada por Antracita, este One Big Union y la venidera Todo han de ser —las tres en Hoja de Lata—. 

Dicho tríptico novelesco narra el imparable ascenso de los Estados Unidos como potencia mundial desde el final de la guerra de Secesión a la industrialización… a cualquier precio. En el caso de One Big Union, a costa de aplastar al obrero y sus intentos, por mínimos que sean, de mejorar sus condiciones laborales. De la cruenta Gran Huelga Ferroviaria de San Luis, Misuri, en 1877, a la disolución de la terrible Liga Protectora Estadounidense en 1919, Evangelisti nos está invitando a recorrer un país en guerra civil: entre los grandes magnates, en total connivencia con autoridades y prensa, frente a su explotada mano de obra. En realidad, es más que eso. Es la confrontación del sueño americano y su verdadera, brutal naturaleza. 

Así, la Norteamérica retratada en One Big Union es la de las huelgas masivas en los ferrocarriles, la minería, el textil, el campo… El de nacientes sindicatos con voluntad global e ideología revolucionaria —aunque sus «transgresiones» fueran pedir mejores salarios, reducir la jornada laboral o prohibir el trabajo infantil—, epitomizados en Industrial Workers of the World y los wobblies, sus miembros. También la de su feroz represión, sin importar cometer auténticas masacres de trabajadores en nombre del capital y el progreso —de unos pocos, claro—. La defensa salvaje de los supuestos valores estadounidenses frente a las «viles» ideas socialistas. Lucha de clases en la «tierra de las oportunidades».

Además de la temática poco explotada, Evangelisti nos depara otra novedad. Porque transitamos ese soslayado periodo histórico a través de las peripecias de Robert Coates. Un protagonista inusual al ser un villano de manual. Un esbirro del poder cuya labor es infiltrarse en las organizaciones para suministrar información, sabotearlas y, si lo exige la situación, blandir las armas en defensa de la sacrosanta empresa. Un traidor a su clase —origen pobre y migrante—. Un mercenario a sueldo de agencias de detectives y seguridad privada con licencia para el camorrismo —Desokupas pretéritos—, entre ellas la célebre Pinkerton. La atroz confirmación de la consigna, tan rojeras como cierta, de que no hay nada peor que un obrero de derechas.   

Su planteamiento y trama convierten a One Big Union en una lectura adictiva, de prosa eficaz y urgente —viveza reflejada en la traducción de Francisco Álvarez—. Escenarios cambiantes, situaciones de tensión latente y acción explosiva en un relato épico basado en hechos reales. Trenes repletos de hobos. Congresos donde las distintas izquierdas se las tienen —las buenas costumbres se mantienen—. Obreros radicalizados. Empresarios machirulos recurriendo a pistoleros y Guardia Nacional. Gacetilleros tan ponzoñosos que dejan en pañales a nuestros cloaqueros patrios. Banda sonora de Joe Hill. Sin olvidar los «cameos» de figuras históricas como John Reed, Jack London, Dashiell Hammett, Emma Goldman o James Connolly, entre muchos otros.

Dicho esto, One Big Union conlleva cierto peaje. Y es que Coates me resulta una creación algo inconcebible. No es solo que su labor pudiera dilatarse tanto en el tiempo. Es que adolece de arco dramático, no cambia un ápice pese a lo que ve, forma parte, o causa. Dado su perverso papel, lo suponemos inteligente, pero siempre actúa como un lameculos del amo. Incluso cuando éste le cierra la puerta. De hecho, ahondando en este aspecto, creo que Evangelisti no logró —la novela quizás sería interminable— dotar de entidad a sus personajes secundarios, apenas esbozos —palmario en los femeninos—. 

En cualquier caso, los méritos de One Big Union ganan por aclamación. El primero, sostener una novela entretenidísima mediante un «saco de mierda» de protagonista, imposible la empatía. Segundo, reflejar la existencia del movimiento obrero en EE.UU con sus matices, divisiones y limitaciones. Tercero, mostrar tanto la despiadada reacción de los poderes fácticos del país —incluyendo el alumbramiento de la CIA, nada menos—, como la construcción de un discurso protofascista, que ampara clasismo, racismo y violencia. Y, finalmente, por su vigencia. De aquellos polvos, estos depredadores lodos —Monsanto, United Fruit Company, Amazon, Airbnb, Uber, Glovo, Halliburton, Chevron, la lista es eterna—. Seguimos necesitando un gran sindicato…