Basándose en la leyenda y los mitos sobre sobre las ninfas del agua, Ondina es una hermosa y sorprendente película de romanticismo arrebatado. Si en En tránsito (2018) el director alemán Christian Petzold nos obligaba a ver entre líneas la Segunda Guerra Mundial, bajo el aspecto de personajes y escenarios actuales, en Ondina nos presenta una historia de amor y desamor que podría ocurrir cualquier día, pero bajo cuya superficie se esconde un relato fantástico sobre un amor capaz de trascender incluso a la muerte. 

Ondina (Paula Beer) es una guía en el museo de Berlín -que ofrece charlas sobre desarrollo urbanístico- que acaba de ser abandonada por Johannes (Jacob Matschenz). Jura venganza, pero entonces conoce a Christoph (Franz Rogowski) un buzo experto en obras submarinas con el que mantendrá un intenso romance. La película de Petzold presenta una aparente cotidianidad, pero su sustrato mitológico emerge en imágenes fascinantes, siempre relacionadas con el agua: el acuario que se rompe dejando escapar una cantidad imposible de líquido; el descubrimiento de un pilón submarino con el nombre de la protagonista; el roce de una mano fantasmagórica en el instante más emocionante del film. 

Petzold arriesga con una propuesta diferente para crear una bella historia de amor trágico que solo puede existir en una pantalla de cine gracias a la complicidad de un espectador desprejuiciado, y que tiene un interesante mensaje sobre el amor femenino. La única amenaza para la felicidad de una ondina, según la mitología, es enamorarse de un hombre mortal.