Ganadora del Gran Premio del Jurado del Festival de Venecia, la mexicana Nuevo orden es una sorprendente película que parte de una crítica a la desigualdad social. Para ello, el director Michel Franco dibuja un rápido retrato de la injusticia social de su país, presentando una lujosa boda de los privilegiados en la que se marca claramente la diferencia de clases entre los ricos y los que trabajan para ellos, diferencia abismal que, en México, además, tiene un elemento racial. Este breve comentario -que evita el maniqueísmo salvando de la quema a algunos personajes de cada ‘bando’- da paso a un estallido cuando se desencadena el conflicto dramático: una revuelta social que rápidamente se convierte en una revolución y en un golpe de Estado militarizado. La película es rabiosa, violenta, explosiva y sobre todo incómoda: sin duda provocará reacciones extremas en el espectador.

El film se presta a diversas interpretaciones de lo que vemos, como lo fueron en su momento cintas con las que Nuevo orden ha sido hábilmente comparada por el marketing, como Parásitos (2019)y Joker (2019). A pesar de algunos temas comunes, poco tiene que ver la cinta mexicana con estas obras, precisamente por su nacionalidad. Es difícil entender lo que vemos desde la perspectiva del primer mundo y en mi modesta opinión, Franco habla sobre el poder, antes que sobre una venganza social. Si bien la primera parte de la película puede parecer una home invasion de alcance social, el retrato terrorífico del miedo de los privilegiados a ser atacados por el rencor de los desfavorecidos -algo así como una versión realista de La purga (2013)-, la historia rápidamente se convierte en una distopía de política ficción, que lleva a conclusiones desoladores y casi nihilistas. El poder siempre es violento, nunca es justo, y las promesas de un nuevo orden siempre acaban en nada. Los privilegios volverán a recaer en los mismos de siempre y los débiles serán, de nuevo, los oprimidos.