Gracias a la extraordinaria amabilidad de Literatura Random House, hoy comienzo a adentrarme en la obra del malogrado Kent Haruf. Y la primera visita a la ficticia población de Holt, su particular universo narrativo, la hago con Nosotros en la noche, su novela más celebrada, publicada de forma póstuma. Una sucinta, sin embargo poderosisima y redonda historia sobre la soledad, la vejez, el peso del pasado, y las segundas oportunidades basadas en la intimidad y el afecto. Aromas de clásico…

Nacido en Colorado en 1943 y fallecido en 2014 a causa de una enfermedad terminal, Haruf pasó por todo tipo de trabajos —en la construcción, orfanatos, hospitales, una granja de pollos— antes de dedicarse a la escritura, publicando tan sólo seis libros. Tras su debut con El vínculo más fuerte (1984) y Where you once belonged (1990), inició su llamada «trilogía de la llanura», compuesta por el bestseller La canción de la llanura (1999), Al final de la tarde (2004) y Bendición (2013). Un año después, justo antes de morir, logró acabar Nosotros en la noche (2015). Haruf ganó premios como el Whiting Foundation Writers’ o el Wallace Stegner, y fue finalista del National Book Award, el L.A. Times Book Prize o el New Yorker Book Award.

Como el resto de sus novelas, Nosotros en la noche tiene lugar en Holt, una pequeña comunidad de Colorado creada por Haruf, cuya idiosincrasia rural y sus ambientes son un personaje más. Un espacio de tiempo detenido, de casas antebellum —uno se imagina— y exuberantes jardines, recurrentes visitas al supermercado, café, bar e iglesia. Donde todos se conocen —para bien y para mal—. Los traumas se arrastran en silencio. Y las noches, tan largas, son siempre lo peor. Esa es la localidad donde la vida de Addie More y Louis Waters, dos vecinos viudos de avanzada edad —ya septuagenarios—, va a dar un vuelco. 

Porque una noche de mayo, Addie visita a Louis, con quien no tiene relación alguna, para proponerle dormir todas las noches con ella. No es una osada invitación sexual. Sino un intento de encontrar a alguien, una compañía con quien poder charlar y, quizás, compartir lo que les quede de vida. Tras el shock inicial, Louis acepta. Y el experimento, rápida y naturalmente, funciona. Los viudos se dan cuenta de que son capaces de abrirse el uno al otro, vaciando sus pesadas mochilas. Explicando sus vidas, incluidos los episodios más desagradables. Desahogándose y exponiendo sus sentimientos. Revelando sus frustraciones y miedos. 

Sin estridencias ni artificios en forma de absurdos giros de guión, Haruf nos relata el transcurso de esa singular relación nocturna de Addie y Louis. La confianza mútua es imparable, hasta el punto que —siempre planteado con sutileza— el paso a considerarse pareja surge casi espontáneamente. Nosotros en la noche logra ese pequeño milagro de conectar al lector con sus personajes, complejos, profundos, y una acción anclada en la pura cotidianidad, doméstica y de Holt. En cierto momento, siempre con sosiego y aplomo, sorteando hábilmente el peligro de la ñoñería, la novela se convierte en un «nosotros contra el mundo». Y es evidente el bando por el que uno se decanta. 

Y es que los antagonismos llegan en forma del penoso «qué dirán», ya que Addie y Louis se han convertido en la comidilla del lugar. Luego aparecerá el agriado Gene, hijo de Addie, que necesita que su madre se haga cargo de su nieto Jamie temporalmente, mientras lidia con un matrimonio que se va a pique. La conexión entre los ancianos y el niño, necesitado de un afecto que no conoce en casa, se produce muy pronto —su extrañamiento durará muy poco—. Algo que refuerza la relación de Addie y Louis, abriendo el abanico de cosas a hacer los tres —acampadas, paseos—. Hasta que la furibunda hostilidad de Gene a la relación pone en peligro esa nueva vida, plena y feliz, que parecía abrirse paso.

Triunfo absoluto de la concisión y la sencillez narrativa —impecable la traducción de Cruz Rodríguez Juiz—, Kent Haruf armó una novela embebida de los mejores elementos del cuento. Todo lo accesorio, lo que tenga que ver con el ego del autor, a la basura. Aquí no hay tiempo que perder y, en cambio, sí vidas enteras que desgranar. Maravilla comprobar que Nosotros en la noche, con su apenas centenar de páginas, alberga tanto en su interior. La parte oculta del iceberg es enorme, décadas de existencia que la soledad tornó en dolor. Y cuyo antídoto, actos de rebeldía ante los prejuicios de la vejez, se traduce en cogerse de la mano, ir a comer a un restaurante, o reconciliarse con uno mismo al lado de alguien que se reconoce como igual. Aferrados a un presente que reivindica el valor del contacto y escucharse. Magistral.