Nos vemos en el baño, Lizzy Goodman (Neo Person, 2018)

«I just wanted to be one of The Strokes / Now look at the mess you made me make» «Star Treatment», Arctic Monkeys

Afortunadamente, no hay dos sin tres para la editorial Neo Person, menuda singladura editorial para los que ansiamos leer sobre música. Tras noquearnos con Testimony, la tremenda biografía del líder de The Band, Robbie Robertson, y «tocarnos la patata» con la biografía de Tom Petty firmada por Warren Zanes, ahora publican Nos vemos en el baño, de la periodista Lizzy GoodmanNew York Times, Rolling Stone, Elle, NME—, la historia oral del llamado «renacimiento» del rock alternativo en Nueva York —quizás su personaje principal— con la llegada del nuevo milenio. Talkin’ ’bout my generation… por fin.

Siguiendo la estructura de relato coral del seminal Por favor, mátame de Legs McNeil y Gillian McCain sobre el punk —libro igualmente indisociable de la «Gran Manzana»—, en Nos vemos en el baño Goodman nos zambulle, con conocimiento y causa, en una década que va de la aparición de The modern age en 2001, el EP de debut de los Strokes, la banda epítome y epicentro de la época, y los conciertos de —la entonces anunciada como— despedida de LCD Soundsystem en el Madison Square Garden de 2011. Diez años espídicos, convulsos y confusos, bajo el peculiar manto de una ciudad dispuesta a recuperar su trono perdido de «faro cultural» planetario. Y lo hace de la mano de una apabullante e ilustre concurrencia, la de los «actores» principales de ese período que opinan, muchos con refrescante escaso tapujo, acerca de esos años vividos «a todo trapo».

Resultado de seis años de tremenda labor —que aquí nos llega traducida por Ainhoa Segura Alcalde—, seguro que en Nos vemos en el baño falta alguien, pero parece difícil de creer, porque en sus casi 700 páginas, siempre ágiles, desfilan unos 200 protagonistas entre músicos, periodistas —bueno, y los de Vice también, que no sé donde ponerlos—, productores y discográficas. Los miembros de los Strokes, Yeah Yeah Yeahs, Kings of Leon, Interpol —excepto Carlos Dengler—, los Moldy Peaches, Grizzly Bear, Vampire Weekend, Franz Ferdinand, Killers, Hives, Vines, LCD Soundsystem, Jack White, Moby, Ryan Adams, Bright Eyes o mis queridos Eleanor Friedberger, TV On The Radio, The Walkmen —principalmente su «germen», Jonathan Fire* Eater— y The National, entre muchos otros, desgranan como «la ciudad que nunca duerme» fue el «caldo de cultivo» de una escena muy singular, si es que puede calificarse como tal, marcada decisivamente tanto por los acontecimientos sociopolíticos como por la revolución digital que puso «patas arriba» la industria musical.

«Ser moderno significa encontrarse en un entorno que promete aventura, poder, alegría, cambio, el nuestro y el del mundo, y que, al mismo tiempo, amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos». Marshall Berman, escritor y sociólogo.

La crónica de Lizzy Goodman nace, transcurre y «respira» al ritmo de los diversos clubs y tugurios del Lower East Side de Manhattan, aunque pronto la zona de Williamsburg, Brooklyn, con sus almacenes y edificios semi-abandonados ofrecerá una alternativa más económica a las incipientes bandas, dispuestas a devolver a las guitarras, arrasadas por la electrónica y la bazofia del nu-metal, al primer plano. Serán los Strokes, casi coincidiendo con la fatídica y  trascendental fecha del 11-S, quienes situarán a Nueva York y sus bandas de nuevo en el «centro de los focos», convirtiendo un fenómeno local y, digamos underground, algo disperso y «en pañales» además, en una especie de movimiento global —con sus pros, contras y grupos infumables rápidamente prefabricados o «subidos al carro»—, efímero y entre muchas, muchas comillas —y un pie siempre en la pista de baile— de regreso al rock.

A partir de aquí, Nos vemos en el baño se transforma en un apasionante viaje, en el que la multiplicidad de voces apunta una generosísima y sustanciosa cantidad de cuestiones al lector. Por sus páginas asoma la sociopolítica tanto del lugar como de los tiempos, con las medidas draconianas del entonces alcalde Rudolph Giuliani —ahora uno de los últimos bufones de Trump—, cerrando locales y restringiendo horarios, o la rápida gentrificación de Brooklyn, presagiando una de las desgracias que conocemos más de cerca, auspiciada en parte por «lo cool» y el hipsterismo. Y, por encima de todo, asistimos al radical cambio de paradigma de la industria musical tras Napster y la definitiva Internetización de la sociedad, modificando estrategias de promoción y entroncando directamente con el papel de los medios, compitiendo por primera vez con Blogs y, como consecuencia, muy posiblemente sobredimensionasen a los grupos neoyorquinos para, después, olvidarlos con bastante celeridad —fantástico ese capítulo en que los Kings of Leon pasan de «hermanos pequeños» de los Strokes a cabeza de cartel con unas ventas a años luz de éstos—.

Hay mucho más que destacar y disfrutar en Nos vemos en el baño. El collage de entrevistas deconstruidas y ensambladas por Lizzy Goodman nos habla también de visionarios, egos mastodónticos y batallas épicas, destructivas adicciones y dilemas estéticos y «éticos», que iban desde en qué discográfica publicar —mantener esa actitud DIY o pasar a una major, dejando vislumbrar también que muchas de esas bandas no tenían problemas económicos demasiado acuciantes— hasta la disyuntiva entre el puro hedonismo o el compromiso político. Tres personajes destacan por encima del resto, convirtiéndose en las referencias de «lo moderno» —también de las frustraciones e incongruencias— de aquellos años: James Murphy y sus estudios DFA, la traslación musical del «déspota ilustrado», Karen O y su personaje escénico, mitad concienzudo constructo, mitad espontaneidad sin ataduras, y Julian Casablancas, adalid de una época y una actitud… muy posiblemente a su pesar. Una generación de músicos entre dos tierras y con escaso tiempo para asimilar y racionalizar las constantes transformaciones de su entorno, que abriría puertas a una nueva camada de artistas muy distintos, ya digitalizados, como esos «empollones del pop-rock» que son Grizzly Bear o Vampire Weekend.   

En el debe de Nos vemos en el baño, creo que Goodman se excede en la crónica de «juergas y desfases» —aunque digamos que Ryan Adams, Albert Hammond Jr. y Paul Banks de Interpol se lo ponen fácil— y cotilleos de dudoso interés y famoseo intrascendente, en cambio dejando a un lado un mayor análisis acerca de los discos y el devenir de las carreras de los grupos implicados —¿cómo diablos la banda responsable de Is this it? pudo publicar Angles? ¿o los creadores de Show your bones pergeñar Mosquito?—, cuestiones que, en mi opinión, darían para mucho, sobre todo en lo que se refiere al legado, papel y valor real de unas bandas que parecían destinadas a reinar durante mucho tiempo —otra cosa seria la nostalgia que le invade a uno comparándolas con quien nos «domina» ahora—. Pero hay tanto que celebrar en esta lectura que su lado más superficial o morboso puede disfrutarse como si fuera el bonus track de una obra catedralicia. Además, y siendo justos, la mayoría de los protagonistas del libro siguen en activo —algunos, como The National, en plena forma, añadiría—, por lo que el último capítulo aún no ha sido escrito. Queda mucha musica y, por supuesto, mucha Nueva York.