Ya os dije que Malas Tierras y sus propuestas literarias más chocantes —o, más finamente, posmodernas o experimentales— iban a desfilar por la sección esta primavera. Así que, tras las Vacas de Ronald Sukenick, hoy redoblo la apuesta por lo estrambótico con Norteamericanas ilustres, inclasificable ¿novela? del autor de culto Ben Marcus. Una obra esquiva, retorcida y, sobre todo, metaficcionalmente fantástica —en sus diversas acepciones—, a vueltas con el lenguaje y su destrucción… entre otro millar, o no, de cuestiones.

Nacido en 1967 y criado en Austin, Texas, Ben Marcus estudió filosofía y bellas artes en Nueva York. Sus historias, ensayos —en España tenemos Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición, a Jonathan Franzen y la vida tal y como la conocemos, superad ese título— y reseñas han aparecido en Time, Harper’s, The New Yorker, The Paris Review, Granta, The New York Times, GQ o McSweeney’s. Ha publicado varios libros de relatos y dos, digamos, novelas, su debut Norteamericanas ilustres, y El alfabeto de fuego. Vive en Nueva York, donde enseña literatura en la Universidad de Columbia, y es editor de ficción del American Reader y del Anchor Book of New American Short Stories. Una biografía «al uso» para un autor fuera de lo común. 

Porque Norteamericanas ilustres se escapa a cualquier intento de análisis. Rocambolesca y desbordante —su compleja traducción tenía que caer en manos de otra pluma especial, Rubén Martín Giráldez—, uno podría decir que estamos ante una obra de ciencia ficción en el que ambas palabras son rotunda y plenamente claves. A través de un trío de narradores —progenitores e hijo— que tienen bastante cosas que decirse —y reprocharse— entre ellos, Marcus construye una suerte de trama en torno a «las silentistas». Un grupo de mujeres definibles como un culto, en el que sus acólitas buscan el mutismo y la inacción como forma de sanación. Una organización subversiva contra el lenguaje, para ellas el origen de todos los males —Pablo Iglesias aún no estaba—: conductuales, climáticos, de salud… Un virus. El enemigo a reprimir. 

Lideradas por Jane Dark —nótese que la madre de Ben Marcus, crítica y erudita en la temible Virginia Woolf, se llamaba Jane—, «las silentistas» irrumpirán en las vidas de una pareja bastante singular, y dividida, de una granja en Ohio. Y convertirán a su vástago, un tal Ben Marcus —otra de las voces e improbable autor del libro, citando a su forzosamente bunkerizado ascendiente— en el conejillo de indias de una crianza extrema, regida por la asepsia emocional y el bloqueo del habla. Podría seguir con numerosos detalles y lecturas acerca de ese mundo silencioso femenino pero… ¿algo de lo que he escrito tiene sentido? Sí, la pregunta es retórica.

Porque estamos ante un vehículo para que su autor deconstruya, mejor dicho, derribe sin piedad, los esquemas de la novela tradicional. Matar al realismo, al creador —¿al padre?—. Y con ese fin, Marcus es tan inventivo como obsesivo. Su escenario literario y los acontecimientos al servicio de un vanguardismo narrativo no se lo ponen nada fácil al lector. Su anticonvencionalismo radical es pretendidamente alienante y sadicamente frío, corriendo el riesgo de la reiteración y la vacuidad. Albergo dudas respecto a lo primero —quizás se ha estirado el chicle más de lo que su premisa brinda—. Sin embargo, ni por asomo comulgo con la segunda. Norteamericanas ilustres siempre resulta intrigante.

Y es que el lector nunca sabe a qué atenerse. Ese ¿qué diablos? de lo recién leído, seguido de un ¿con qué me saldrá ahora? expectante ante la más que probable sorpresa. Norteamericanas ilustres genera una tensión permanente, al margen, o precisamente debido a su extrañeza. Y pese a lo terrible y angustioso de una niñez pavorosa y, en resumidas cuentas, un patricidio inapelable, hay mucho más sentido del humor que, pongamos, con el sombrío Don DeLillo, o los macabros juegos linguísticos de William Burroughs. Ya desde el memorable preámbulo de Marcus Sénior, diría que nuestro Júnior es un convencido saboteador que no pretende tomarse demasiado en serio a sí mismo. Se siente, Jonathan…   

Inasible, turbador y fundamentalmente «distinto» desde la primera a su última página. Por supuesto, Norteamericanas ilustres es también uno de esos libros divisivos, infumable o extraordinario dependiendo del gusto y ganas de asumir riesgos del lector —siempre decepcionamos, se nos atiza en un momento de la obra—. Sospecho que, como suele suceder, la «verdad», sea esta la que sea, reside en «la escala de grises». No obstante, creo que un par de cosas son seguras. El viaje propuesto por Ben Marcus es más importante que las posibles conclusiones. Y la habilidad de este extravagante «juntaletras» para hacer literatura de la anomalía sí son excepcionales.