Noche cerrada, Chris Offutt (Sajalín, 2020)

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Chris Offutt fue, sin duda, el descubrimiento literario del año pasado para quien escribe. Y es que en 2019 su obra aterrizó con fuerza en nuestro país mediante la publicación de la colección de relatos Kentucky seco vía Sajalín, y las particularísimas memorias paterno-filiales Mi padre, el pornógrafo, gracias a Malas Tierras. Ambas lecturas obligatorias. Pues ahora, mi reverenciada editorial barcelonesa repite con el autor de los Apalaches y nos trae su novela Noche cerrada, primera obra de ficción en casi dos décadas. Así que toca volver a las colinas… 

Porque ese es el hogar al que regresa Tucker, todavía un adolescente, tras su experiencia en la Guerra de Corea —a la que se alistó tras mentir sobre su edad—. Es un joven indómito y misántropo, con sangre, medallas y unos pocos dólares en sus manos, además de un conocimiento instintivo de esas tierras y la vida montaraz. Y, en ese camino a casa, conocerá —eufemismo de algo bastante más extremo, claro— a Rhonda, una joven a la que unirá su incierta, sin embargo tristemente determinada existencia —«carne de cañón» redneck— . Y su supervivencia.

Noche cerrada está armada en cuatro grandes capítulos, que responden a otros tantos saltos temporales, en un arco narrativo que va de 1954 a 1971, a través de los cuales Chris Offutt nos narra la historia de Tucker y su familia. Un relato episódico en el que tenemos alcohol de contrabando, redadas de policía «untada», asesinatos, prisión y «códigos de honor» de las colinas —algo así como uno debe ocuparse de los suyos, cueste lo que cueste—. Por tanto, una trama que emparenta a la novela con esa dudosa denominación de noir rural. Sin embargo, a mi juicio, encorsetar esta lectura en el género criminal no le hace justicia. 

Porque Noche cerrada alberga en su interior la crónica de una región aislada, poblada por gente muy humilde abocada a un destino funesto. Offut disemina ese retrato de los desterrados y olvidados durante toda la novela. Tucker decide tomarse su retorno de Corea con calma porque no tiene a nadie que lo espere en Morehead, Kentucky. Es el ayudante del sheriff, la ley, la que agrede a Rhonda antes de que Tucker se tope con ellos. Formar parte del equipo de traficantes de Ananias Beanpole parece el único trabajo factible, pese al tremendo esfuerzo y riesgos que conlleva, para sacar adelante a su familia. Los servicios sociales reclaman la custodia de sus hijos tras una única visita —Hattie es un personaje desaprovechado, lástima—. Demasiadas amenazas para no ponerse —mejor dicho, seguir— en pie de guerra.   

¿Es entonces una especie de héroe libertario —tengo que dejar Twitter, demasiado abarrotado de «cruzados de la libertad»—? ¿Una víctima justiciera contra las deplorables circunstancias? Para nada. Chris Offutt es demasiado inteligente para eso. Su novela también nos habla de un protagonista impulsivamente violento y lacónicamente brutal, que pasa de carnicero al servicio del «Tío Sam» allende los mares a padre sin más capacidades que su intrepidez. Tucker sabe donde está metido en todo momento, incluso entre rejas. Su esposa pasa de niña ingenua a joven madre deprimida. El desenlace con Beanpole es una sangría evitable, manifiestamente estúpida. Son personas con notables virtudes y enormes carencias, luchando por lo que más quieren. En escala de grises, como todos, pero enfrentándose a problemas infinitamente mayores que la media. Ni Batman —o Santiago Abascal disfrazado de Charles Bronson—, ni Jim Goad

De hecho, ahondando en la idea de que Noche cerrada tiene tanto de narración sobre una singular topografía humana, igual que hiciera en Kentucky seco, como de novela negra, diría que incluso posee un aroma a mirada sobre un mundo perdido —otra cuestión es que su desaparición sea para mal, como ejemplifica Beulah, la comadrona—. Beanpole y, sobre todo, Tucker, representan un tipo de vida en vías de extinción: el trabajo clandestino, la relación simbiótica con la naturaleza, la supina desconfianza en las autoridades —ahora en boga neolibertaria, ya sea versión «pija», «a posteriori», o «confederada»— y el «resuelve tus propios asuntos». Una transformación que el lector observa en los casi veinte años en los que se desarrolla el libro, especialmente en los 60. Lo vernacular dando paso, a regañadientes y con el mayor de los extrañamientos, a lo moderno.

Ese sustrato generacional vierte alguna «sombra» menor en Noche cerrada, ya que en ocasiones queda la sensación que la novela es una condensación, certera, vibrante —traduce Javier Lucini, inmejorable garantía—, de una obra mayor. Lo creo porque algunos personajes secundarios son descartados abruptamente —la mencionada Hattie, el tío Boot o el fugaz Zeph—. Y, por encima de todo, debido al epílogo, que solo puedo interpretar como un inesperado apunte de un relato más complejo que Offutt no quiso abordar. Eso deja en el aire un intrigante ¿y si…? irresoluble. A cambio, el kentuckiano hilvana un texto redondo, de prosa apremiante y pegada incontestable. Una tragedia familiar iracunda, de fatalismo shakespeariano, en un lugar tan golpeado y obstinado como humano.