Ciencia y negacionismo

Para cuando escribo estas líneas, No mires arriba es el tema más comentado en redes sociales. La película estrenada en cines y ahora en Netflix despierta pasiones, a favor y en contra, de forma tan polarizada como exagerada. Curiosamente, ese es precisamente el tema de la obra dirigida por Adam McKay: la incapacidad de ponernos de acuerdo prácticamente acerca de nada y lo que es peor, el que no sepamos vivir en desacuerdo. 

La historia propone un planteamiento apocalíptico que puede recordar a cintas de ciencia ficción como Armaggedon (1998). Solo que aquí no tenemos un relato de heroísmo, redención -y patriotismo- como la divertida película de Michael Bay, sino una ácida sátira que no deja títere con cabeza. Los protagonistas son dos científicos, Randall Mindy -estupendo Leonardo DiCaprio dando vida al hombre común estadounidense- y Kate Dibiasky -una perfecta Jennifer Lawrence-, quienes descubren que un asteroide acabará con la vida en la Tierra en tan solo seis meses. Y lo que se nos cuenta son los graves problemas que tienen estos dos científicos para comunicar su terrible descubrimiento a los políticos, a los medios de comunicación y al público en general. 

El guión de McKay, según una historia original de David Sirota, destroza a los políticos -sobre todo de derechas- encarnados por Meryl Streep y Jonah Hill; a los medios de comunicación que representan los personajes de Cate Blanchet y Tyler Perry; a las redes sociales y las nuevas tecnologías, encarnadas por Mark Rylance; a los militares, con el rostro de Ron Perlman; a las estrellas mediáticas, como Ariana Grande; y claro, a los negacionistas. Pero cuidado, porque tampoco son precisamente heroicos -aunque sí, más humanos- los personajes protagonistas o los adscritos a su causa, como por ejemplo el inocente y algo cándido joven personaje interpretado por Timotheé Chalamet, que redondea un reparto espectacular.

Ya os habréis dado cuenta de que No mires arriba -frase que es una estupenda metáfora del negacionismo recalcitrante- es una parodia de la lucha contra el cambio climático -si queremos hacer una lectura a largo plazo- pero también de cómo hemos manejado la pandemia del covid -si preferimos que la radiografía sea del momento actual-. Sea como sea, la interpretación de la película resulta obvia y creo que, su función, más que la denuncia, es hacernos reír con la lamentable realidad que vivimos estos días. Sacar una carcajada de ese ‘fin del mundo’ que parece estar más cerca que nunca. Para ello, claro, hay que comulgar con el humor de McKay, responsable de obras -para mí- descacharrantes, como El reporteroLa leyenda de Ron Burgundy (2004), pero también de películas que buscan indagar en la historia reciente de Estados Unidos, como La gran apuesta (2015), El vicio del poder (2018) o incluso la serie Succession, en la que aparece como productor y cuyo primer episodio dirigió. 

PEl humor es, obviamente, subjetivo y personal, así que tendréis que decidir vosotros si os hacen gracia los dardos de esta película que parece querer ser el Teléfono rojo, ¿Volamos hacia Moscú? (1964) del siglo XXI.