[amazon_link asins=’B06XB7YG37′ template=’ProductLink’ store=’indienauta-21′ marketplace=’ES’ link_id=’c5cbfe30-4a11-11e8-9d47-71877b10b339′] El estatus de Natalia Lafourcade no para de crecer hacia lados que resultaban imposibles de sospechar cuando comenzamos a descubrirla como fresca aportación del pop mexicano allá por 2002. Ahora, tras movimientos como su fantástico disco de duetos en torno al repertorio de Agustín LaraMujer Divina«, 2012), su participación en la banda sonora de Coco (con actuación en la gala de los Oscars incluida) y, finalmente, el repaso a la tradición folclórica latinoamericana cuyo segundo volumen ahora nos ocupa, Lafourcade se ha convertido en un patrimonio de la cultura de su país, una rareza que sirve tanto para rescatar joyas del pasado como para impulsar nuevas tendencias.

Ya confirmado el buen recibimiento de los dos volúmenes de Musas, podríamos caer en la tentación de considerarlo un movimiento sencillo y hasta oportunista, algo así como la versión millenial de lo que significó «Mi tierra» en la carrera de Gloria Estefan. Pero hay que recordar que Natalia venía de tocar techo comercial y crítico con su premiadísimo «Hasta la raíz«, y la idea de dejar de lado sus características producciones de pop elaborado (algo que usó incluso cuando rescató las ya mencionadas canciones de Agustín Lara) para dedicar dos discos a una austera revisión a algunos de los temas más olvidados del cancionero tradicional latinoamericano tenía visos de haber sido un suicidio comercial.

Al final, lo que nos quedan son dos joyas de vocación atemporal, nacidas de las ganas de Lafourcade de trabajar con Los Macorinos (un dúo de guitarristas que acompañó nada menos que a Chavela Vargas en sus últimos años) y de sumergirse en los códigos de una música que, por muy moderna que ella se nos pusiera, siempre asomó de una u otra forma en sus composiciones e interpretaciones.

El volumen 2 ofrece otras 13 canciones y, a diferencia del anterior, hace alguna concesión a piezas más reconocibles incluso para los que no estén muy puestos en este terreno, como una encantadora ‘Duerme Negrito’, o la siempre emocionante ‘La llorona’ (curiosamente, una de las pocas piezas que no me terminan de funcionar del disco, quizás por tratarse de una aproximación extremadamente lánguida y delicada a un temazo que, cuanto más desbocado y a flor de piel, mejor es).

También aparecen composiciones propias de Lafourcade, perfectamente integradas en medio de tantos clásicos a prueba del paso del tiempo. De hecho, algunas de ellas se encuentran entre lo más notorio del disco, como la inicial ‘Danza de Gardenias’, que nos indica lo atractivo que también podría haber sido este proyecto si se hubiese inclinado un poco más hacia la música latina bailable pero igualmente acústica. Otra pieza original destacable es ‘Derecho de nacimiento’, que nos recuerda un poco a la música de su compatriota Lila Downs, y que brilla sobre todo gracias a una letra que rebosa orgullo y reivindicación perfectamente aplicables a algunos de los dramas actuales relacionados con la identidad y los movimientos migratorios, desde el muro de Trump a los refugiados del mediterráneo.

En el apartado de invitados, aunque la mayor parte del disco se limita a la presencia de las guitarras de los Macorinos y a esporádicos toques de color con instrumentos añadidos con mesura, volvemos a encontrarnos con Omara Portuondo, ahora también acompañada de la también veterana Eugenia León, convirtiendo ‘Desdeñosa’ en un emocionante encuentro de tres generaciones de grandes voces latinoamericanas.

Se supone que con este trabajo se va poniendo final a un proyecto que Lafourcade calificó como “un capricho”, aunque las alegrías que le está aportando son tantas, que quizás con el paso de los años será visto como la apertura de un camino que llevó a la aún joven mexicana a encontrar un lado de sí misma que hasta ahora simplemente se insinuaba sutilmente.