No hace falta que os lo diga. Edward Bunker, Hubert Selby Jr., Dan Fante, William Lindsay Gresham, Malcolm Braly, James Ross, Peter Kocan, este mismo año Gene Kerrigan y Vern E. Smith… La mitad de estos nombres y sus indispensables obras ya han desfilado por Indienauta. Y es que la colección Al Margen de nuestra querida editorial Sajalín nos ha deparado algunas de las grandes lecturas de los últimos años. Ahora añaden otra muesca más con este Nada que Esperar del norteamericano Tom Kromer. Perdón, corrijo. Nada que Esperar no es otra muesca más. Es, en mi opinión, uno de los mejores libros que han parido y, sin duda, el más al margen de la colección. Lo sé, lo sé, palabras mayores. Pero la obra las merece.

Inédita hasta la fecha en castellano, Nada que esperar es la única novela que el escritor de Virginia llegó a publicar, en 1935, junto a un puñado de relatos que vieron la luz en la revista Pacific Weekly, y de los que cuáles Sajalín ha incluido cuatro, a modo de brutal corolario —«Hombres famélicos» y, sobre todo, «Muerte de un vidriero», que describe el funeral de su padre, son espeluznantes—. La novela, una cohesiva sucesión de episodios que también puede leerse como una colección de historias breves, es un espeluznante pedazo de vida en el arroyo trasladado al papel. Esa aterradora existencia que en sociología definíamos como exclusión social. Esa que, ochenta años después de que Kromer escribiera estas líneas en plena Gran Depresión, a nuestros imbéciles de traje y corbata en Madrid, Bruselas o Washington D.C. les importa un pimiento —eufemismo— a la hora de hablar de PIBs, recortes del IVA o subida de impuestos. Esa.

Nada que esperar es demoledora, de principio a fin. De la dedicatoria inicial —«A Jolene, que cerró la llave del gas»— la más impactante que servidor haya leído jamás, a la breve autobiografía final. Es una exposición de la condición humana enfrentada al límite constantemente, cotidianamente. Y asusta especialmente porque en la prosa de Tom Kromer no hay artificios literarios. La figura del vagabundo a menudo ha sido tratada con un pátina de heroicidad en la literatura y el cine. El aventurero y pícaro, una suerte de rebelde ante la sociedad y el sistema capitalista. Aquí es todo lo contrario. Kromer relata con lacónica precisión su propia historia, la de un ex vidriero y profesor arrastrado, como tantos y tantos otros, por la crisis de los años 30, obligado a sobrevivir de cualquier manera cada día durante cinco años, mientras es tratado como un auténtico paria.

Sin aspavientos ni manierismos, pero con una contundencia que aturde, esa época cruel y deprimente, con la que es fácil establecer paralelismos hoy, se revela como un fresco de todos los males del capitalismo y su tremenda, vil, mezquina «gestión de la realidad». La policía persiguiendo a los sin techo. La prensa criticando a los desamparados por su «vagancia» e «incapacidad de encontrar un trabajo». Los miserables albergues cristianos ofreciendo una cama y comida a cambio de la conversión y expiación —por supuesto, uno es pobre de solemnidad por su vida pecadora—. Solo falta el político parapetado tras una pantalla de plasma, escupiendo sus mentiras en una rueda de prensa tan ficticia como la democracia en una reunión del Consejo Europeo. Leer este libro y asociarlo con lo que sucede estos días, estos años, es tan evidente… Es la misma indignación, la misma vergüenza para el lector. Su diáfana honestidad hace de Nada que esperar una obra profundamente política, y tan tristemente válida actualmente como en su momento de publicación.

El número de momentos desgarradores en apenas 200 páginas es apabullante. Comida cuyos ingredientes preferirías no saber. Prostitución desesperada. Vejaciones y humillaciones en manos de quienes, supuestamente, velan por nuestra seguridad y el cumplimiento de la ley. Cárceles que degradan aún más a la persona, pero al menos le proporcionan un ingrato cobijo momentáneo, o camastros de mala muerte que se asemejan a cárceles. Ganas de suicidarse o tener un violento arrebato de locura y no ser capaz de hacerlo. Picaresca frustrada. Escarceos con la muerte en trenes a ninguna parte. Con apenas un par de capítulos sobre todo el séptimo donde Tom Kromer se permite dejar entrar algo de luz, algo de interacción afectiva con otros seres humanos Nada que esperar es un tratado hiperrealista de la muerte en vida.

La próxima vez que alguien me vuelva a decir que el «capitalismo es el mejor sistema» como si fuese un mantra indiscutible, le plantaré este libro en sus narices, el más lapidario retrato de las calamitosas consecuencias de abrazar ciegamente un modelo donde unos pocos hacen y deshacen a su antojo. De los pies llenos de barro del incorpóreo gigante económico, aplastando los cuerpos, almas y dignidad de miles de hombres y mujeres a su paso, expulsados de la rueda que no debe dejar de girar para exclusivo beneficio de una ridícula minoría sin escrúpulos. «Ven a la espalda de la ciudad, la que sostiene tu modernidad», que cantarían Las Ruinas. Lectura indispensable.