«Una canción puede llegarte al corazón, y el corazón puede cambiarte las ideas».

Sed sinceros. Si os preguntan por Declan Patrick MacManus, la gran mayoría de vosotros no tendríais ni la más remota idea sobre quién os están hablando —de hecho, recuerdo que hace años, en un trivia multitudinario celebrado en un céntrico pub barcelonés nadie acertó esa pregunta—. ¿Pero a que la cosa cambia si os dicen Elvis Costello? Pues hoy os traigo sus memorias, Música infiel y tinta invisible, cortesía de Malpaso. La revisión a más de cuarenta años de carrera por parte de un artista con una capacidad para reinventarse que haría palidecer hasta el mismísimo —y ya por siempre añorado— David Bowie. La mirada atrás de un ser humano siempre inquieto e inquisitivo, marcado por la figura de su padre y su compleja relación con la fama y el mundo de la industria musical. La historia del «actor secundario» del pop… contada por él mismo.

Y es que, a diferencia de muchas otras biografías musicales, en este Música infiel y tinta invisible la narración surge del propio puño y letra del músico. Un factor nada baladí que, por un lado, nos sume en cierto caos, causado no solo por la falta de orden cronológico, sino por la a veces caprichosa manera en la que Costello enlaza los temas, descolocando con frecuencia al lector. Pero, por el otro, nos proporciona una prosa de lo más disfrutable e idiosincrática, auténtica. Algo parecido a estar en una habitación conversando con el singular artista mientras este desgrana sus vivencias de forma distendida y sin limitaciones de tiempo. En estas páginas Costello transmite sinceridad, mostrándonos una sensibilidad y cultura musical sin parangón, un agudo sentido del humor, y una visión honesta tanto de su trayectoria, repercusión, éxitos y errores profesionales y personales. Y, sobre todo, un verdadero e inquebrantable amor por su profesión, por la búsqueda incansable del siguiente reto, la próxima colaboración, el próximo disco —aunque deja traslucir su dudas sobre la utilidad de grabar discos hoy en día—. Por el arte de crear e interpretar canciones.

Y es que sus memorias bien podrían haberse titulado El hombre que siempre estuvo allí, porque su melomanía y ubicuidad es sencillamente apabullante. Tras dejar Liverpool, Elvis Costello se dio a conocer en la llamada escena pub-rock londinense, para a continuación convertirse en estrella de la new wave, viviendo de primera mano en Stiff Records junto a sus Attractions la fugaz explosión del punk —frenético el relato de sus giras con Ian Dury y Nick Lowe, entre otros— y dejando discos como My Aim Is True, This Year’s Model o Armed Forces, parte del «canon universal» del pop-rock por derecho propio. El éxito y la fama estaban ahí, llamando con estruendo a su puerta, dispuestos a abrazar a ese huraño, incluso algo vitriólico, personaje que MacManus se había creado y con el que —no lo esconde, tuvo algún que otro resbalón como el conocido episodio de Ohio— ayudado por los manidos vicios de la estrella del rock, estaba más cerca de estamparse que de otra cosa.

Pero quedaba, y estoy seguro que queda, muchísima música por escribir, así que el de Paddington decidió dar un giro radical a su carrera y, renunciando a las listas de éxitos —bueno, si obviamos la versión del She de Charles Aznavour para la infame película Notting Hill—, dejarse llevar exclusivamente por sus inquietudes musicales. Inquietudes que le llevaron a grabar e ir de gira con el Brodsky Quartet o Burt Bacharach. A sacar discos con los Roots y Allen Toussaint. A colaborar con Paul McCartney y producir a infinidad de artistas. A ser nominado al Oscar a la Mejor Canción por el tema principal de Cold Mountain. A conducir el programa de televisión musical Spectacle. A abrazar, cual esponja humana, cualquier estilo o género musical que le resultase interesante, del jazz a la música sinfónica pasando por el country o el folk.

Con cerca de 800 páginas —demasiadas, a mi juicio— y el «desorden» anteriormente mencionado, Música infiel y tinta invisible no es una lectura sencilla, especialmente para quienes no hayan seguido o apenas conozcan la carrera de este esquivo «veteranazo», tan alérgico a acomodarse como a «los focos». Además, debo señalar —para mi sorpresa, es la primera vez con una editorial tan cuidadosa con sus libros como Malpaso— el excesivo número de errores tipográficos hallados en el libro. Pero vale la pena mirar más allá de los defectos, menores o de cierta importancia, y perseverar, porque «las piezas van a acabar encajando».

Y es que la aparente desorganización de su estructura esconde una realidad: la de una existencia marcada por la música, en la que experiencia vital es indisociable de las canciones, anécdotas con innumerables leyendas, con la figura esencial de su padre, a su vez vocalista de longeva trayectoria, como el inequívoco motor de esa pasión. Costello no está «inflando» sus memorias con sus letras o recordando sus improbables encuentros con Bob Dylan, Van Morrison o Johnny Cash, entre una infinidad —literalmente— de otros, en un ejercicio de onanismo. A la vez que homenajea a los artistas que admira y ha tenido la suerte de conocer —incluida su actual pareja Diana Krall— y colaborar, ¡esta explicando su vida! Y, por añadidura, logrando también algo muy difícil en estos tiempos de tertulianos televisivos y «opinadores profesionales» en redes sociales. Dar una lección de amplitud de miras, sabiduría, humildad, ganas de aprender e integridad artística. En definitiva, sin atisbo de cinismo o delirios de grandeza, predicar con el ejemplo.

«No hay una superioridad. No hay alta cultura ni baja cultura. Lo bonito del asunto es que no tienes por qué elegir, puedes amar todo por igual».