Cine sin sangre

La mejor prueba de que el cine de superhéroes está en su mejor momento es una película como Morbius. La cinta dirigida por Daniel Espinosa es un completo desastre que nunca debió haberse estrenado en salas. Pero alguien debió pensar que el tirón de Marvel era suficiente para colarle a los espectadores un producto deficiente. No es la primera vez que esto ocurre. Marvel Studios ha triunfado creando eventos cinematográficos a los que los espectadores acuden en masa -cuando películas mejores y más arriesgadas no consiguen atraer a nadie- gracias una calidad media estimable y a una narrativa transmedia que engancha y recompensa al fan, mientras tanto, estudios como Fox -ahora también de Disney- y Sony se han dedicado a explotar los personajes cuyos derechos poseen con resultados que dejan mucho que desear. Ahí está esta la terrible Cuatro Fantásticos (2015) de Josh Trank y las dos entregas de Venom. Warner y sus películas de personajes de Dc Comics, tampoco se salva de la quema: tiene en su haber Escuadrón suicida (2016), Aves de presa (2020) y la versión de Liga de la Justicia (2017) de Joss Whedon como ejemplos de productos difícilmente defendibles.

La película que nos ocupa ahora, Morbiuses un vehículo para Jared Leto, estupendo actor, ganador de un Óscar, que sin embargo corre el peligro de dinamitar su prestigio antes de consagrarse. En esta película, Leto interpreta a Michael Morbius, un científico con una enfermedad incurable que, como el doctor Jekyll, crea una cura que al mismo tiempo es una maldición, la de una suerte de vampirismo genético. Y hasta aquí llega el argumento de la película, que a partir de este planteamiento no hace el menor intento por desarrollar una historia ni a unos personajes. Sería fácil culpar al guión, pero intuyo que sobre el papel había una historia mínimamente desarrollada que se ha ido al garete en reescrituras, revisiones y sobre todo durante el rodaje, que probablemente ha sufrido injerencias, escenas eliminadas y añadidos absurdos (hay escenas en el trailer que no aparecen en el film estrenado).

El argumento es un caos: Morbius se enfrenta a su gran rival, interpretado por Matt Smith, sin ningún motivo aparente -son amigos de la infancia y casi hermanos- y la trama ni siquiera se toma la molestia de proponer, aunque sea, un socorrido mcguffin que sirva de motor a la historia. Los dos enemigos se pelean al final de la película porque toca y Morbius besa a la chica de turno –Adriana Arjona– hacia la mitad del metraje, porque sí. El mejor ejemplo del desaguisado es que un actor buenísimo como Jared Harris tenga que dar ‘vida’ a un personaje completamente inexistente. Sabemos que es el mentor del héroe, que es una figura paterna y anticipamos su destino porque hemos visto decenas de historias con personajes equivalentes. Pero, objetivamente, en Morbius no hay absolutamente nada que cuente nada, ni que haga humanos a los personajes, ni que aporte interés a la historia o que consiga preocuparnos lo más mínimo por su desenlace. Para colmo de males -ojo spoiler– la escena postcréditos revela la presencia de un personaje ¡Que ya salía en el trailer! Una estafa en toda regla.

La película no tiene un solo elemento que la salve: ni la estética, ni las interpretaciones, ni las escenas de lucha, que son las mismas de cualquier película de superhéroes en las que bostezamos al contemplar a dos personajes digitales, carentes de vida, dándose mamporros en cámara lenta. Y si las escenas de acción no están bien resueltas, las supuestamente terroríficas son un fracaso, y eso que sabemos que Daniel Espinoza es un director competente gracias a ese exploit resultón de Alien (1979) que se llama Life (2017). Mencionemos como doloroso ejemplo de lo que pudo ser, un momento que podría haber dado mucho de sí: la travesía por aguas internacionales de un siniestro barco-laboratorio en el que Morbius realiza el fatídico experimento, que en los cómics -en The Amazing Spider-Man #101 de 1971, con guión de Roy Thomas y el estupendo dibujo de Gil Kane– era una clara referencia al viaje del Demeter del Drácula de Bram Stoker, que en esta película aparece rebautizado como el Murnau, en referencia al director alemán de Nosferatu (1922). Un guiño culterano que invita a la risa viendo el resultado artístico de una película que, quizás, sea un éxito de taquilla -por lo pronto, lidera la recaudación del fin de semana en España- pero ¿Hasta cuándo seguirá valiendo el crédito del cine de superhéroes?