Seguimos con más lecturas publicadas en las postrimerías del año pasado que no podían quedarse en el tintero. Ese es, sin duda, el caso de Monthy Python. Autobiografía, cortesía de Libros del Kultrum. Un feliz acontecimiento editorial que nos devuelve a la troupe cómica más celebrada narrándonos su historia con sus propias palabras y singulares idiosincrasias, gracias al fantástico trabajo de edición del reputado autor, crítico de cine, locutor y guionista Bob McCabe. Y ahora… algo completamente diferente…   

Aunque no es la primera biografía coral que Kultrum nos ofrece —sin ir más lejos, la muy recomendable sobre otros británicos ilustres, The Clash—, la oralidad brutal de condensar las seis voces de los Monty Python, escarbando igualmente en fragmentos de sus diarios, y amplificadas por otros actores relevantes en varios momentos de la obra, tiene un mérito enorme —extensivo a la traducción de Álex Gibert—. Además, si los seis autobiografiados son Graham Chapman, John Cleese, Terry Gilliam, Eric Idle, Terry Jones y Michael Palin, lo que significa que la amenaza de «troleo» a la fidelidad de los hechos es permanente —en guardia, lector—, hacen que la labor de McCabe sea memorable. Y el resultado, entretenidísimo y revelador. 

Porque en estas memorias, los Monty Python —o The Pythons, tanto monta, monta tanto— diseccionan —también discuten, o divagan— y reflexionan durante casi 600 páginas sobre su trayectoria, vicisitudes y naturaleza de tan bufonesca compañía. Nos desgranan sus años de juventud y educación —especialmente universitaria— tras la Segunda Guerra Mundial. Cómo fueron encontrándose y sus comienzos en la BBC. El nacimiento de The Pythons y el surgimiento de la icónica serie Flying Circus. Sus eternas películas. Así como su amargo, ¿interruptus? final, sin verdadera reunión posterior —Aspen llegó muy tarde— y un poso de tristeza debido al fallecimiento de Chapman. Pero el libro no es tanto una crónica completa…

… Sino una amalgama de testimonios, no basados en la veracidad, sino en el recuerdo, pasado por el filtro de la causticidad y el no tomarse nunca demasiado en serio. Ahí es donde, creo, reside el verdadero interés de la obra. Lograr transmitir una idea, no ya de la comedia y el papel que han jugado en ella, sino diría que de la vida —todo está en la letra de «Always look on the bright side of life»—. Mantenerla en un texto extenso que aglutina tantas perspectivas como miembros de The Pythons hubo. Y siempre conviviendo con un sanísimo espíritu de contradicción. Así como una igualmente benéfica —para la mandíbula y el alma— querencia por la puya constante. Vamos, que además se reparten de lo lindo… Reírse absolutamente de todo, incluso ellos mismos.

Por ese camino insobornable y exclusivo, la autobiografía de Monty Python se torna en pura historia de la comedia británica, con una retahíla notable de influencias —The Goon Show y el gran Spike Milligan son mencionados un centenar de veces—, a la que suman su propia evolución como sexteto cómico. Asimismo es una inesperada mirada, casi getbackiana, a su enrevesada dinámica de grupo a través de sesiones de escritura o reuniones para tomar decisiones comerciales/artísticas . El lector se sorprende con sus cuitas, discusiones y enfoques diversos —a veces, directamente opuestos—. ¿Cómo diantres pudieron sacar adelante una serie? ¿Y tres películas? Todo ello hace de la obra una rara avis fascinante. 

La otra sorpresa es que estas memorias no son exactamente divertidas. Entiéndase, Monty Python es socarrón y ladino. Y descubrir cómo se gestaron sketches memorables —no se puede hacer más con un queso inexistente, un loro muerto o un caminar ridículo— o películas universales es un placer. Pero el relato orquestado por McCabe no busca la carcajada. De hecho, no enmascara las tensiones, incluso, cierta sensación de acrimonia. Ya sea por la explosiva espiral autodestructiva de Graham Chapman —tampoco se oculta su fatal degradación etílica—, el creciente distanciamiento de Cleese, o la zozobra del grupo ante la dificultad de cuadrar agendas, ejemplo palmario de la pérdida de motivación tras El sentido de la vida.  

Esa ausencia, con muchos matices, de hilaridad, no es en absoluto un reproche a este Monty Python. Al contrario, le dota de un valor añadido. Porque deja una impresión de verdad, de honestidad. Algo así como si fueron los maestros del humor absurdo, es porque el absurdo siempre estuvo ahí —la vida lo es, dice la canción— , durante toda su trayectoria, acompañado —obviamente— por la genialidad y la osadía de atreverse a todo. A buen seguro, para los verdaderos fans de The Pythons, aquellos que cuentan la existencia a partir de 1979 —antes o después de Brian— la obra se antoja indispensable. Pero, ¿puede eso alejar a quiénes no lo sean? Sería una tragedia, porque su legado sigue plenamente vigente. Y qué envidia a quien este libro le haga descubrirlos. Benditos disparates…