Ahora que, triste y penosamente, palestinos e israelíes vuelven a estar en guerra —una guerra estúpida como pocas, bochornosa para la patéticamente inoperante “comunidad internacional”, y, nunca olvidemos, increíble, genocidamente desigual— toparse con esta escueta pero singular novela de la mano de Libros del Asteroide, adquiere una nueva dimensión. Poderosa pese a su brevedad, el escritor hispano-guatemalteco Eduardo Halfon propone en este Monasterio un viaje, físico y concreto en la superficie, pero ominoso, dolorosamente difuso y complejo en el terreno psicológico. Y personal, profundamente personal. Una perspectiva del conflicto que los medios, la geopolítica y los intereses nunca tienen tiempo, o interés, en tener en cuenta.

Hay que reconocerle el mérito al autor por ser capaz de condensar tanto en tan pocas páginas y, sobre todo, invitar a la reflexión con una historia tan íntima y sujeta a unos parámetros tan indisociables de su propia historia. El terreno de la denominada autoficción suele ser farragoso porque, en manos de escritores menos dotados, se hace difícil lograr que el lector conecte con el desarrollo de la obra, con frecuencia demasiado subjetiva. Pero Halfon sale bien parado del envite, ya que su relato, tanto el de su áspera visita a Israel, como el del trasfondo genealógico que hay detrás en realidad son vehículos para hablar, con sensibilidad e incertidumbre —no pretende poseer las respuestas—, de la identidad. Y eso nos atañe a todos.

Hermano de una novia reconvertida a la ortodoxia religiosa, turista casi forzoso, joven expectante ante la posibilidad de poder retomar una aventura frustrada años ha. Pero también judío y árabe, guatemalteco, ateo. Y con un pasado familiar ligado a ese país y su historia. Un cocktail explosivo de desarraigo, frustración y duda por el que Eduardo, narrador y protagonista nos hace de guía. Un guía profundamente desubicado y confuso. En un lugar donde la confusión es permanente.

Monasterio es una novela cuya fuerza radica en el tremendo contraste entre la anécdota y la historia subyacente, caso de la reunión familiar en el restaurante kósher, la casi onírica y muy cinematográfica “escena” alrededor del muro, o el demoledor choque, antitético, entre las dos figuras femeninas de la historia. Su hermana, a punto de casarse, transformada en una fanática religiosa irreconocible para nuestro protagonista, reprimida por voluntad propia en su vestimenta y opiniones, versus Tamara, un fallido encuentro fugaz allá en Guatemala tiempo ha, espíritu libre —¿qué profesión se asocia más a la libertad que el de azafata?—, hermosa, poderosamente sexual. Ambas “parten” del pasado de Eduardo para “estallarle” delante de sus narices en el presente. Representan, en la cabeza de Eduardo al menos, ¿los polos opuestos hacia los que quizá uno debería decantarse? Símbolos mentales de la promesa que ofrece la definición de una identidad.

La fragmentación de la obra y, en especial, los escarceos en los que Eduardo se sumerge en la exploración de la memoria de sus ancestros son los momentos en que Monasterio pierde algo de fuelle. O mejor dicho, sacrifica el ritmo pero, sobre todo, el devenir de la historia de la novela por la exploración identitaria. Uno se pregunta si el libro no hubiera ganado en intensidad de haberse centrado más en el “presente” y los conflictos “reales” que el personaje contempla y/o sufre —de tierra sagrada a segregada, de odios y falta de comunicación con armas de por medio a diálogos que solo generan más dudas— y no tanto en la divagación introspectiva. Aún y así, Monasterio es una más que notable novela, por haber sabido sostener tensión narrativa e indagación personal, y por plantear inquietantes y complejas preguntas acerca de uno mismo por el camino.