Cine antifascista

Hay una referencia preciosa a Fahrenheit 451 en Modelo 77 que creo puede resumir el espíritu de la película: un personaje habla de ‘bomberos incendiarios’ y de aprenderse libros de memoria, lo que nos lleva a recordar a Ray Bradbury y a esa gran obra de ciencia ficción humanista y antifascista. Dos valores que definen esta cinta de Alberto Rodríguez -creada junto a su guionista Rafael Cobos– en la que nos cuentan cómo la cárcel modelo de Barcelona fue, quizás, el último lugar al que llegó la democracia tras la muerte de Franco en 1975. La película nos hace testigos de las vejaciones y torturas que sufrieron allí los presos -muchos de ellos encarcelados por la ley franquista de vagos y maleantes- por parte de unos funcionarios todavía acostumbrados a la impunidad de la dictadura y a no respetar, mínimamente, los derechos humanos.

La historia se cuenta a través de dos personajes, Manuel y Pino, estupendamente interpretados por Miguel Herrán y Javier Gutiérrez, que dan vida a la típica pareja protagonista del cine de Rodríguez, compuesta por un joven inexperto y un tipo maduro, desencantado, que se las sabe todas. El guión está rigurosamente anclado en hechos reales, lo que no impide que estemos ante un robusto entretenimiento que en ningún momento del metraje pierde interés. Modelo 77 es cine político que calienta el pecho ante la injusticia y el fascismo, que tiene denuncia social pero no cae en el idealismo inocente: en apenas dos o tres escenas con mucho subtexto, se nos dice que la democracia, aunque imprescindible, no fue la solución a todos los problemas. Un drama que no tiene prejuicios en servirse de los recursos del cine de género para construir personajes maravillosos utilizando detalles visuales -unos zapatos nuevos, limpiar la boca de una botella compartida, señalar con el dedo- o inyectar una tensión tremenda en escenas como el motín carcelario o un intento de fuga.

La cámara de Alberto Rodríguez, aprisionada también dentro del recinto penitenciario, se muestra más que solvente a pesar de las limitaciones y, de hecho, sienta cátedra sobre cómo elegir el punto de vista en cada escena, metiéndonos dentro de la historia, haciéndonos partícipes de las emociones de los personajes. Hay varios momentos de puesta en escena brillantes: el silencio justo antes del motín; el pasillo de palos de los guardias por el que tiene que pasar el protagonista en una de las escenas; el túnel del mencionado intento de fuga. Y, además, Rodríguez nos regala instantes visuales preciosos, de puro cine, como el ‘efecto óptico’ o las gafas 3D que el personaje de Catalina Sopelana regala a Manuel, momento que se refleja en el significativo plano final de la película.

Con Modelo 77, Rodríguez renueva su empeño en escarbar en las miserias de la España contemporánea tras cintas tan relevantes como Grupo 7 (2012), La isla mínima (2014), o El hombre de las mil caras (2016) -y hasta la serie La peste– y nos entrega una película con méritos suficientes para ser la cinta española del año, en un 2022 en el que se han estrenado obras mayúsculas en nuestro país.