Mistress America tiene el peso de un cuento corto. Un relato ligero y aparentemente intrascendente como el que la protagonista de la película acaba publicando con el mismo título. Una ficción en la que hay personajes tomados directamente de la vida, pero en la que también hay lugar para la fantasía. Todo fluye de forma algo inocente, sin dramas, libremente como el juego de soltar ideas que practican en algún momento los dos personajes principales. Ya conocemos a Noah Baumbach. Mistress America tiene mucho de la Nouvelle Vague. Aunque las comparaciones con Woody Allen suelen aparecer cuando se habla de su obra y él mismo cita a John Hughes como influencia.

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El director y guionista -junto a Greta Gerwig– reincide en el tema de la amistad (rota) por lo que Mistress America bien podría formar una trilogía con Frances Ha (2012) y Mientras seamos jóvenes (2014). Brooke -interpretada por Gerwig– no está demasiado lejos de Frances, ambas son carismáticas jóvenes desorientadas que han alcanzado los 30 y sienten que el tiempo se les acaba. Y como Josh (Ben Stiller), aquí Tracy (Lola Kirke) es una persona creativa que necesita expresarse artísticamente, pero no logra conectar con su «público». Baumbach consigue de nuevo que queramos vivir en ese Nueva York -idealizado- que suelen habitar sus personajes. Y nos deja, como siempre, varias frases de esas que te gustaría ser capaz de decir con la misma gracia. No se puede, confiad en mí, lo he intentado.