Mindhunter

Terror psicológico

Los primeros tres episodios de la segunda temporada de Mindhunter dejan muy claro el espíritu de esta serie sobre los psicópatas asesinos en serie más conocidos y violentos de la historia. Sin necesidad de enseñar sangre, cuchillos o víctimas gritando, se fabrica una atmósfera terrorífica utilizando la puesta en escena, los diálogos, la interpretación, además de la fotografía y la banda sonora.

En esos primeros 170 minutos dirigidos por David Fincher, el guionista -y creador de la serie- Joe Penhall, plantea una trama en la que podríamos decir que no pasa nada. Pero es asombroso cómo los momentos mundanos -el agente Bill Tench (Holt McCallany) va a misa con su familia, o vemos sus desplazamientos en coche y avión- se impregnan de una atmósfera enrarecida y malsana.

Es estupenda la secuencia en la que Tench ofrece una barbacoa para los colegas de su mujer, dedicados al negocio inmobiliario, en la que lo cotidiano se quiebra cuando el agente comienza a hablar de su trabajo, relato que despierta el morbo de esos miembros de la clase media, seguramente conservadores y de existencia gris. La escena se repetirá varias veces durante los siguientes capítulos, ya que Tench aprende a aprovechar el morbo que despiertan los asesinos a los que entrevista por su trabajo, para ganarse el favor, sobre todo, de sus superiores en el FBI.

La capacidad de generar inquietud sin mostrar nada se evidencia en dos momentos de máxima tensión. Primero, Tench visita la escena de un crimen con un policía local. Una casa vacía, en la que ni siquiera hay restos biológicos, se convierte en nuestra mente en el escenario escalofriante de hechos terribles gracias al relato oral con el que los dos investigadores reconstruyen los asesinatos ocurridos allí.

Todavía más angustioso es el interrogatorio, dentro del coche policial, al que somete Tench a un testigo que puede dar pistas sobre el asesino. Nunca vemos su rostro, pero el tono atormentado del joven que cuenta lo ocurrido es suficiente para producir un escalofrío. Lo sugerido, lo imaginado, se demuestra mucho más perturbador que lo mostrado. La escena antes referida, en la casa vacía, tiene luego ecos muy sutiles: cuando Tench regresa a su hogar, en mitad de la noche, y revisa cada habitación, evocando la escena del crimen que acabamos de ver; luego, un detective aparece en su propia casa para informarle a su mujer, Nancy (Stacey Roca), que en una de las casas que vende, como agente inmobiliario, ha ocurrido un homicidio. Alterada su normalidad, Nancy expresa que esas cosas no deberían ocurrir en su barrio, a lo que Bill responde, seco y frío, que tales cosas ocurren en todos los barrios. Una frase que resume el tema de la serie: bajo la aparente normalidad de la civilización moderna, se esconden los horrores de la naturaleza humana, cuyo alcance está por descubrir.

Un tercer eco se produce más tarde, cuando una trabajadora social revise cada habitación de la casa de los Tench para evaluar su aptitud como padres. Bill encontrará el método de la trabajadora muy similar a su propia actitud cuando inspecciona la escena de un crimen.

En esta temporada, Bill Tench sustituye a Holden Ford (Jonathan Groff) como eje del relato, que se centra ahora en la extraña conducta del hijo del primero. Una trama que se ha ido cocinando a fuego lento desde la primera temporada y que desemboca en un hecho terrible que, en consonancia con el espíritu de la serie, no se nos muestra, sino que se expone a través del relato fragmentado de policías, de los propios padres -Bill y Nancy- o de los psicólogos encargados de tratar al niño. 

Si el psicópata es el monstruo de nuestra era, el que puede pasar por cualquier vecino, un reflejo de nosotros mismos, todavía más aterrador es que sea nuestro propio hijo. El producto de la educación y los valores heredados. Aquí la serie juega con el tema de la brecha generacional, sirviéndose de un momento histórico de ruptura, entre los conservadores años 50 y los hippies años 70.

La entrevista a Charles Manson -interpretado por Damon Herriman, el mismo actor que le da vida en Érase una vez en Hollywood– sirve para desarrollar este tema. Esos jóvenes hippies, que dan miedo a sus mayores, que se han convertido en asesinos, expresan el divorcio que puede sentir hoy el adulto de la todavía analógica generación X con respecto al millennial gestado en lo digital. Pero, sobre todo, la trama centrada en el hijo de Tench indaga en el origen del mal y en si este es genético.

El perturbador niño maligno es un tema recurrente en el cine de terror y aquí aparece en una forma cotidiana, y por tanto, todavía más perturbadora. Paralelamente, el estudio sobre asesinos en serie que ha llevado a cabo Holden Ford le pasa factura psicológicamente, como hemos visto en la primera temporada. Si te asomas al abismo, el abismo también te mira a ti. La serie no elude tampoco las tramas personales, como la búsqueda de pareja de la doctora Wendy Car (Anna Torv), que al ser lesbiana reincide en el discurso de la serie sobre lo que es supuestamente ‘normal’.

El tema de la responsabilidad, o los pecados, de la generación anterior reaparece en la investigación de los asesinatos de niños en Atlanta. Una trama que se introduce con una estupenda secuencia en la que Holden se deja llevar por la misteriosa empleada de hotel, Tanya (Sierra McClain) para encontrarse con un grupo de madres afroamericanas que se sienten marginadas e ignoradas por el color de su piel, ya que la justicia no investiga las muertes de sus hijos.

Una apasionante trama inspirada en un caso real que plantea dudas sobre cuál es el verdadero mal: el alma oscura de un psicópata o la pobreza crónica y sistémica de los excluidos, que los políticos nunca solucionarán. Holden se convierte en un paladín enfrentado a lo establecido, a un sistema que rechaza lo nuevo y que tiene miedo de actuar en cualquier sentido que no sea mantener el poder.

Todavía más interesante es la duda que se nos plantea con respecto a Holden ¿Se ha convertido en un obseso de su propio método, el perfil psicológico del homicida y por eso descarta cualquier otro sospechoso que no encaje con su análisis a priori? Los guionistas frustran nuestras expectativas: tras mostrarnos en la primera temporada cómo Holden y Tench diseñan un método de investigación criminal basado en el perfil del asesino, durante la investigación de los crímenes de Atlanta este es puesto a prueba sobre el terreno, chocando con la realidad y prácticamente fracasando. 

Mindhunter se empeña en mostrar las verdaderas circunstancias y dificultades de un caso de estas características. Los agentes se enfrentan a la burocracia, a la falta de presupuesto, a los intereses políticos y al rencor social. Los hechos que se nos presentan nos mantienen siempre en la duda, dejando claro que la verdad no es comprobable en la vida real. Lejos de la ficción hollywoodense sobre los asesinos en serie, aquí no se intenta forzar los hechos para generar situaciones dramáticas.

Durante la mayor parte de los episodios no ocurre nada más que largas jornadas de vigilancia, pruebas que se pierden, callejones sin salida y un sospechoso, Wayne Williams (Christopher Livingston), que no ofrece pistas sobre si realmente es responsable de tantos asesinatos. El relato en estos episodios, que llevan al final de la segunda temporada, recuerda con fuerza a la obra maestra de David FincherZodiac (2007), también sobe un caso sin resolver.

Los agentes del FBI que protagonizan el relato, Ford y Tench son tremendamente humanos, sin imposturas heroicas: no son investigadores infalibles, sino, muchas veces, meros espectadores, incapaces de modificar el curso de las cosas y, sobre todo, solitarios para los que la entrega en su trabajo policial significa sacrificar su vida personal. Los episodios dedicados a los crímenes de Atlanta amplían el espectro de lo que se cuenta en la serie, que se aleja del retrato íntimo y personal del asesino, de sus víctimas y de los investigadores. Al hacerlo, se pierde la perspectiva del bien y el mal absolutos, extremos que se diluyen en un entramado social más amplio y realista. Los asesinatos son terribles, sin duda, hay víctimas que sufren, pero la vida sigue. El psicópata es un elemento más de un ecosistema que tiene otros depredadores quizás, mucho más peligrosos.