Lo verdaderamente importante

La función de la ficción es ayudarnos a entender la vida. Minari es una de esas películas que, al menos a mí, me ha hecho pensar en el sentido último de la existencia. La cinta, ganadora del Globo de Oro a la mejor película en lengua no inglesa, retrata la vida como una lucha continua, sobre todo para la familia, ese supuesto pilar de la sociedad. En el siglo XX y lo que va del XXI, creo que no hay nada más difícil que sacar adelante una familia, si eres de clase obrera o de clase media. 

Con una historia situada, paradójicamente, en los años 80 en Estados Unidos -sin crisis, ni conflictos sociales o económicos importantes de por medio- Minari nos muestra las dificultades que podría tener cualquier familia para sobrevivir, cada día, en cualquier lugar del mundo, sin esperanza alguna de un final feliz o una solución mágica para sus problemas. Una precariedad económica que desvela cada noche a los padres de familia. Como una actualización de Las uvas de la ira, (1940), en esta película los protagonistas son un grupo familiar, aunque en este caso, de inmigrantes coreanos, que intentan abrirse camino en Estados Unidos. Tanto da, podrían ser también estadounidenses de pura cepa, o españoles en cualquiera de las crisis que ha atravesado nuestro país durante la democracia. Minari habla del sueño americano -exportado ya a todo el mundo- y nos presenta a Jacob (Steven Yeun) como un padre que quiere dejar de ser un esclavo del sistema -es nada menos que sexador de pollos, quizás el trabajo más alienante que existe- y convertirse en agricultor independiente. A pesar de que los bancos y empresarios de la era Reagan insisten en decirle que es un buen momento para emprender un negocio, Jacob arrastrará a su familia a una aventura de dificultades que desmiente que el trabajo duro y el sentido común lleven al éxito. 

El guionista y director Lee Isaac Chung tira de memoria para hablarnos de su infancia: el punto de vista narrativo pertenece a un encantador niño, David (Alan S. Kim), y el corazón -nunca mejor dicho- de esta película es la entrañable relación entre el pequeño y esa divertida abuela coreana que se adosa a la familia, interpretada por Youn Yuh-jung. Las trastadas que se hacen abuela y nieto son el contrapunto divertido y cotidiano de un film más bien dramático. Pero también es este el punto de sabiduría de esta historia: a pesar de las dificultades, hay que seguir adelante y si es posible, con sentido del humor. Completan el cuadro familiar dos mujeres: la madre, Monica (Yeri Han) y otra hija, Anne (Noel Cho), que destacan por ser admirablemente pragmáticas. Los problemas económicos harán chocar la ambición de Jacob con la visión de Monica, más interesada en mantener unida a la familia y sobrevivir. 

Minari está construida con pequeños momentos cotidianos, que nos van introduciendo en el universo íntimo de esta familia. Sus personajes acaban conquistándonos y cuando los conflictos ganan peso dramático, es inevitable emocionarnos. La película habla de los sueños, de la fe –Will Paton está fantástico-, del abandono del campo, y de cómo la vida está llena de dificultades ante las que no nos queda más alternativa que seguir luchando. El verdadero éxito es seguir ahí, y, si tenemos la suerte de tener una familia, mantenerla unida