Mil violines, Kiko Amat (Reservoir Books, 2023)

Hoy traigo una obra a la que tengo un cariño especial. Se trata de Mil violines, mi primer encuentro con Kiko Amat años ha, reeditado este otoño por Reservoir Books. ¿Recopilación de artículos y textos sobre música? Principalmente. ¿Autobiografía? Sin duda. ¿Ajuste de cuentas? Sí, en primer lugar con él mismo. Y, sobre todo, una de las cartas de amor más cautivadoras y sentidas que se ha escrito sobre música en nuestro país. Ya sé que debería reservarse la conclusión valorativa para el final. Me da igual. Si te apasiona la música, este libro es para ti.
Huelga decir que con el párrafo introductorio, Mil violines es un libro muy personal. A nivel de estructura y desarrollo podría compararse con las 31 canciones de Nick Hornby… Pero que me perdone el de Redhill, creo que el volumen de Amat es más rico, libre y valiente, alineado con el Lost in music de Giles Smith. Porque el de Sant Boi se abre en canal, deconstruyendo parte de su vida a través de canciones y grupos. Mostrándonos, en su prosa borbotónica con tendencia a la fuga, cómo éstas cincelaron vivencias y recuerdos. En ese sentido, el libro se devora con una sonrisa, aunque, de vez en cuando, la diversión albergue en su interior no pocos sopapos emocionales. Los recibe él, cierto. Pero algunos resultan tan familiares…
Mil violines es un trabajo pura, absolutamente emocional. Porque la música está hecha de emociones. Las busca y las produce —si es que vale la pena— en cada uno de nosotros. De hecho, coincido con él en que es uno de los medios más poderosos —sino el que más— de expresión humana, ayudando incluso a definirnos, a construir nuestro propio «relato». De eso es lo que habla Kiko Amat en estas páginas, y uno no puede estar más de acuerdo con él. Cuidado con la gente que «no está interesada en la música», o los que aceptan cualquier «tipo de música» y son capaces de «escucharlo todo». Son gente muy sospechosa…
Por tanto, si Amat otorga a la música un papel tan relevante en la vida, Mil violines puede verse como una obra inequívocamente romántica… y totalmente a contracorriente. Ya lo era en 2011, cuando se publicó originalmente. Ahora aún más, cuando el cinismo y Tik-tok han ganado totalmente la batalla cultural, sumado a la práctica demolición de la crítica, sepultada entre productos patrocinados y prefabricados y la desesperada necesidad —¿y si hubiera dinero ahí?— de apuntarse a aquello que se designa como «la nueva tendencia». Hay demasiadas cuestiones que contradicen la cuasi-idílica visión de Amat acerca de la relevancia de la música hoy. Pero estoy encantado de darle la razón, incluso de dejarme engañar por él.
Porque eso es lo más valioso del libro. Mil violines predica con el ejemplo. Quiere hablar sobre música desde la emotividad. Y al hacerlo, aunque sean la vida y opiniones de Kiko Amat, conecta profundamente con el lector —al menos con ese melómano que le habla a sus discos—. Es la inmediatez y entusiasmo de su prosa. Es una cuestión de pasión. Nada importa no compartir opiniones —el capítulo de la música «de chicos»—, gustos —rasco poco del mod revival y nada de The Dictators—. O estar en radical desacuerdo —Dylan tiene las mejores letras envueltas en algunas de las melodías pop más indelebles de la historia— en ciertos artistas. Es alguien exponiéndose a través de «sus» canciones. Y eso resulta contagioso.
Así, recuerdo que hace más de una década asentí enfáticamente en varios capítulos. Me reí con su furibunda destrucción de Queen —¡eso es!—, Abba —indiscutible— o Phil Collins —merecida, Genesis todavía más—. Me (re)descubrió a estupendas bandas olvidadas como Hurrah!. O, claro, me tocó «la patata» con el capítulo de R.E.M. En definitiva, me hizo disfrutar del viaje. Su viaje. Es más. En aquél entonces, me animó a seguir escribiendo sobre música —vía blog—. Hoy la sensación de disfrute, incluso de algazara, se ha mantenido. Y destacaría otros pasajes y referencias, con mención especial a los nuevos extras.
Y es que en esos añadidos en forma de desopilante lista aniquiladora de «temazos» como «Imagine», «Smoke on the water» o «Zombie». Epílogos teóricos que recuerdan a Rob Fleming —ordenar tu discografía es un rito de paso—. Y, en particular, en la aceptación que algunos gustos y fobias han —¿deben?— cambiado o se muestran contradictorios Mil violines se revela como un libro-río. Y que la música, a pesar de los malos tiempos para la lírica actuales, sigue resistiendo, sigue removiéndole y conmoviéndole. Igual que debería sucedernos a nosotros, ya que todos tenemos una versión de este libro dentro… O somos muy dudosos. Gracias de nuevo por hablar de la pasión, Kiko Amat.