Oración por el fin del mundo

El director y guionista Mike Flanagan se ha convertido en una de las miradas más importantes del género del terror actual. Tras películas como Hush (2016) o Doctor sueño (2020) -nada menos que la secuela de El resplandor de Stephen King-, Flanagan ha encontrado su ‘hogar’ en Netflix, donde ha podido desarrollar, por ejemplo, una serie como La maldición de Hill House (2018-2020) cuyo impacto ha sido tremendo. Ahora, con la miniserie Midnight Mass, Flanagan nos deja con la boca abierta con una obra ambiciosa y monumental, una película de más de 7 horas de duración en la que despliega las ideas, los temas, las preocupaciones y las influencias de su filmografía anterior. 

La historia nos presenta a Riley Flynn (Zach Gilford), un joven que se ve implicado en un accidente de tráfico tras el que acaba en prisión. Después de cumplir su condena, Riley vuelve a su pueblo, Crockett Island, una pequeña comunidad de pescadores al borde de la desaparición. Este regreso al hogar nos permitirá conocer a cada uno de los vecinos de la localidad, que además se verá revolucionada por la aparición de un nuevo sacerdote, el padre Paul (Hamish Linklater), que sustituye al religioso anterior, sospechosamente desaparecido, el monseñor Pruitt. El guión de Flanagan, hábilmente, introduce varias subtramas, aparentemente sin relación entre sí, a partir de estos personajes. Lo hace con tanta habilidad que nos sumergimos en la vida de los vecinos del pueblo, a los que llegaremos a conocer bastante bien. 

Si la serie arranca planteando pequeños indicios de un misterio que nos engancha, el primer gran logro de Midnight Mass es conseguir que este pueblo cobre vida y nos interese tanto que no se echan de menos los prometidos elementos terroríficos -que están presentes, pero en pequeñas dosis-. Flanagan demuestra aquí, creo yo, una clara influencia de Stephen King, sobre todo de una novela como El misterio de Salem´s Lot (1975). El guión despliega temas como la culpa, la búsqueda de redención, el perdón y la fe, o las adicciones, a través de estos personajes. Pero Flanagan solo calienta motores. Sin desvelar mucho más del argumento para evitar los spoilers, hay que decir que Midnight Mass, en su segundo tramo, recoge todas las ideas sembradas en su estupendo planteamiento para desarrollar una historia apasionante que nos habla del miedo, de la fe y del misterio. Primero, el miedo a las comunidades cerradas: tanto a ser marginado por el grupo como a pertenecer a este, temiendo constantemente dar un paso en falso que nos pueda convertir en ‘pecadores’. Flanagan habla de extremismo religioso y de sectas destructivas, manteniendo la inquietud durante toda la serie y creando para ello a uno de los mejores personajes de la misma: la beata Bev Keane, una estupenda Samantha Sloyan. La fe es quizás el tema más presente en esta miniserie, que propone -atención spoiler– lo que pasaría si los preceptos del cristianismo se hicieran literales. La respuesta es que estaríamos ante una película de terror fantástico. Midnight Mass tiene momentos aterradores, muy estimulantes y una imaginería que me ha recordado, aunque sean muy diferentes, a la estupenda 30 monedas de Álex de la Iglesiaque hemos podido ver también este mismo año. 

Hablando de la fe, hay que destacar la inmensa interpretación de Hamish Linklater como el padre Paul, que es el protagonista de varios momentos destacados, especialmente durante sus sermones en misa. He dicho que la serie aborda el tema de la fe, pero también habla de su ausencia, a través de los personajes de Riley y Erin Greene -estupenda también Kate Siegel, pareja de Flanagan-, que vehiculan las cavilaciones pseudofilosóficas del director, especialmente en una secuencia de puro diálogo, impresionante, en la que se trata el tema de la muerte. Por último, hay que hablar del misterio, y la forma modélica en la que Flanagan va cerrando sus tramas, revelando sobre todo lo que ha movido a sus personajes -la resolución de la historia del padre Paul es francamente satisfactoria- pero renunciando a explicarlo todo, dejando a nuestra imaginación el origen de la mitología que propone esta ficción, una opción que siempre me ha parecido más interesante que dar todas las respuestas. Todo esto lleva a un final espectacular, apocalíptico, que conecta con las preocupaciones actuales sobre la pandemia y el contagio, que traduce en clave de cine fantástico esos sucesivos apocalipsis que estamos encontrando constantemente en las noticias en los últimos dos años.

Midnight Mass es una de las series del año, ambiciosa, excesiva, que se atreve a ser emotiva hasta lo cursi, valiente al exigir la atención del espectador -no conviene verla al estilo Netflix, en plan maratón- y que utiliza las constantes del cine de terror para hablar de lo dividida que está nuestra sociedad, cuando las diferencias de opinión acaban en discusiones enconadas, cuando se persigue a los que piensan de forma diferente, y que propone una hermosa imagen final de reconciliación y reencuentro a pesar de que nuestros pecados se hayan cargado el mundo.