Mi padre, el pornógrafo, Chris Offutt (Malas Tierras, 2019)

Os dije que muy pronto tendríamos a Chris Offutt de vuelta. Sajalín nos lo descubrió hace unos meses como soberbio narrador de relatos en Kentucky seco. Y, ahora, Malas Tierras nos muestra al norteamericano en su faceta memorialística, con una obra difícilmente comparable —tremenda elección para la segunda publicación de una editorial— a otras dentro del género, una suerte de espinosa biografía maridada con autobiografía. O viceversa. Padre e hijo, enzarzados en una compleja relación que va más allá de la muerte del primero, y por donde asoma la obsesión —confesable o no—. Con todos vosotros, Mi padre, el pornógrafo.    

Nacido y fallecido en Kentucky, Andrew Jefferson Offutt (1934-2013) dejó su exitoso trabajo en el terreno de los seguros a los treinta y seis años para dedicarse a la escritura a tiempo completo. Gozó de una cierta popularidad como autor de ciencia ficción y fantástico en los años 70… pero fue aún mayor su legado en el campo de la erótica/pornografía, con una ingente producción de más de cuatrocientas obras, entre publicadas e inéditas. U ochocientos kilos de material pornográfico, incluyendo manuscritos, correspondencia, ilustraciones y cómics, cuya labor de albacea fue la herencia recibida por su hijo Chris, junto a su escritorio y un rifle, tras su deceso a causa de una cirrosis aguda inducida por el alcohol. Ese es, desde un punto de vista superficial, la excusa, el leit motiv de Mi padre, el pornógrafo. Cincuenta años de peculiar labor, coleccionismo… y existencia.

Y es que aunque los cuatro hermanos Offutt y su madre —mecanógrafa oficial de su marido, de hecho, y personaje que merecería biografía propia, esa callada liberación…— estaban al tanto de los escritos de Andrew, la vastísima y peliaguda realidad de lo hallado en ese estudio, territorio sagrado que nadie podía profanar, ponen de relieve el oscurantismo con el que ese hombre, opaco e hierático, había vivido, semi-recluido en su oficina, creando un universo de difícil aceptación y digestión. Para Chris resultará del todo imposible no adentrarse en esa miríada de literatura, transformada en pistas, información potencialmente desagradable pero quizás relevante, para intentar entender a un padre a quien había temido —su crueldad verbal a veces lo sitúa en el terreno del maltrato psicológico— y querido por igual en vida, y cuya carrera profesional, en su ausencia, brinda una postrera oportunidad de conocerle.

Chris Offutt rodeado por la obra y el material de su padre. Foto: William Mebane
Chris Offutt rodeado por la obra y el material de su padre. Foto: William Mebane

A partir de ahí, Mi padre el pornógrafo se erigen como unas memorias marcadas por la obsesión. La del padre, Andrew, «inventor» de un método taylorista para fabricar novelas a ritmo industrial —la bibliografía final lo corrobora—, enclaustrado en su «castillo», la casa en las colinas de Haldeman, Kentucky, parapetado en sus múltiples seudónimos —los principales, John Cleve y Turk Winter, son personajes fundamentales de este relato— para poder dar rienda suelta a su imaginación sicalíptica. Pero también la de Chris, un hijo incapaz de frenar su «investigación», absorbido por desentrañar el misterio de un progenitor que, probablemente, es irresoluble. Sin embargo, si le sirve para reflexionar acerca de cómo la personalidad y el oficio escogido por el ascendiente afectó decisivamente a su familia, y muy particularmente a él, moldeando su respuesta ante la adversidad —especial mención a un episodio estremecedor ocurrido en plena adolescencia—, acaso perfilando su propia identidad. 

Por eso, la decisión de Chris Offutt de abandonar la linealidad cronológica de la narración, abrazando los saltos temporales constantes, algo infrecuente en el género de las memorias y que puede descolocar en un primer momento, adquiere sentido a medida que uno avanza en la lectura, que fluye con naturalidad gracias a la traducción al castellano de Ce Santiago. Así, los recuerdos se entremezclan con los datos, los lujuriosos —¿malsanos?— textos y las especulaciones relativas a la ficción creada y el comportamiento humano tras ella. De ese modo, Chris nos habla de su relación especial con los bosques, refugio ante la ira y el aislamiento paterno. De Comic-cons y convenciones en las que la conducta de su padre cambiaba radicalmente —el ego del prolífico autor era desbordante—, motivando todavía una mayor dedicación de quien ambicionaba ser considerado el «rey de la pornografía escrita» del siglo xx, mientras ese deseo acrecentaba la distancia para con sus hijos. O, en episodios más recientes, de la pérdida de la libido mientras se sumergía en la obscena bibliografía de su procreador. 

Y luego está la mirada al abismo, aquí con la forma de cómics particularmente escabrosos y vejatorios para la mujer, y una novela en primera persona inédita titulada —no podía ser de otra forma— Autobiografía de un asesino sexual, sobre un joven convertido en asesino en serie. Combinados con la propia afirmación de Andrew que gracias al porno no se convirtió en un psicópata, o su íntima preocupación acerca de su posible misoginia, dejan al lector absolutamente entelerido, noqueado por una mente tan perturbadora como consciente. Y, al mismo tiempo, empatizando con su apabullado a la par que empecinado hijo/escritor, lidiando con sus secretos más ominosos, revelados en toda su intimidad en sus escritos. Fascinante y no del todo descifrable, Mi padre, el pornógrafo es una inesperada obra mayor, que confirma la categoría como escritor de Chris Offutt.