Ensayo cinematográfico

¿Sigue vigente la concepción del cine de Alfred Hitchcock? Se trata sin duda de uno de los grandes directores de la historia -y, quizás, el mejor de todos los tiempos- pero su forma de entender el séptimo arte tiene poco que ver con el audiovisual actual. Sus películas, por lo general, demostraban un deslumbrante talento para contar historias de una forma visual, utilizando todos los recursos de su arte -planificación, fotografía, montaje, música, sonido, decorados y vestuario- para provocar la emoción en el espectador. Una forma de contar utilizando elementos puramente cinematográficos -Hitchcock comenzó su carrera en el cine mudo- que trasciende los guiones y las historias en las que se apoyaba el director. ¿Se pueden explicar con palabras obras maestras como La ventana indiscreta (1954), Vértigo (1958), Con la muerte en los talones (1959), Psicosis (1960) o Los pájaros (1963)? No. Hay que verlas -preferiblemente en pantalla grande-. Hay que experimentarlas. Hoy, cuando dominan las series de televisión que atrapan al espectador con su argumento, sus giros y sus diálogos, el público mayoritario ya no sabe ‘ver’ una película y confunde cualquier apuesta por una narrativa visual con superficialidad, con una historia plana, con vacuidad disfrazada de esteticismo. Hitchcock se enfrentó en su época a esas mismas críticas, sobre todo de los llamados ‘verosimilistas’, esos que creían que una película solo puede ser un reflejo lo más fiel -y aburrido- posible de la realidad. Por cierto, los ‘verosimilistas’ siguen ahí.

Por todo esto, me parece que el documental Mi nombre es Alfred Hitchcock, que se estrena en salas, es imprescindible para cualquier amante del cine. Aviso: no se trata de una película sobre la vida del autor de Encadenados (1946). Sobre esto no nos cuentan más que unos mínimos detalles biográficos, no hay información sobre su vida personal, ni tampoco sobre los rodajes o la repercusión de sus películas. Lo que ha hecho Mark Cousins -lo conoceréis por su fabulosa serie Historia del cine: Una odisea (2011)- es un documental sobre el cine de Hitchcock. Cousins nos sumerge en las películas del maestro del suspense desvelando sus trucos, sus obsesiones temáticas, su forman de manipular al público para transportarlo a otra realidad, la del verdadero cine. Tiene mérito sobre todo el documental porque evita en la medida de lo posible los títulos más sobados de la filmografía de Hitchcock -no esperéis ver analizada, por ejemplo, la mítica escena de la ducha- y sin embargo rescata obras menos conocidas, algunas realmente oscuras y difíciles de localizar. Cousins consigue hacer, además, un documental muy divertido, que nos manipula y nos engaña -como habría hecho el propio Hitch-. Por ejemplo, el narrador del film que nos habla desde la actualidad ¡Es el propio HItchcock! Un recurso que acaba resultando muy afortunado y que nos hace sentir que el británico nos abre su corazón para explicarnos su obra. 

Mi nombre es Alfred Hitchcock es una película maravillosa, con mucho humor, con verdadero amor por el cine, que, encima, es una oportunidad de ver en pantalla grande -aunque solo sean fragmentos- una buena muestra de esas obras maestras que solo hemos podido disfrutar limitadas por las reducidas e insatisfactorias dimensiones de un televisor. No hay que perdérsela.