Literatura para exponer el momento de peligrosísima involución que vivimos… y adónde podemos llegar. Eso es Mi Monticello, breve pero resonante debut de Joyce Nicole Johnson que nos trae Alpha Decay. Una distopía desgraciadamente plausible, muy cercana en tiempo y zeitgeist Trumpista, que aúna relato de supervivencia y lección de historia —el enclave donde tiene lugar lo es todo— en unos Estados Unidos quebrados por el perenne racismo, exacerbado por el supremacismo blanco fascistoide, sin olvidar las cuestiones de clase.  

Profesora de arte en Charlottesville, Virginia, donde reside, Jocelyn Nicole Johnson es una granada colaboradora en diversos medios como The Guardian, Lit Hub o Kweli Journal. Uno de sus cuentos, «Control Negro», fue incluido en la antología The Best American Short Stories (2018), editada por Roxane Gay. Pero sería en 2021, a sus 50 años, cuando Johnson se convertiría en revelación literaria —la lista de premios y shortlists es ingente— gracias a Mi Monticello, que en su versión original reúne la novela homónima y cinco relatos —Alpha Decay los publicará el año que viene—. Y con toda la razón.

Porque Mi Monticello ya sería una obra harto estimable si tan sólo atendiéramos a la trama. A destacar por su alto voltaje e intensidad narrativa —gran traducción de Aurora Echevarría— sin necesidad de estridencias o sorpresivos giros de guión tan propios del género. Ésta es, sobre el papel, diáfana. Estamos en un futuro muy próximo, en una Charlottesville, VA, sacudida por la violencia provocada por una caterva de supremacistas blancos. Un pequeño grupo de vecinos, liderados por la joven Da’Naisha Love, logra escapar de la ciudad en un autobús, refugiándose en un monumento nacional: Monticello, la mansión neoclásica de Thomas Jefferson. Allí se atrincheran mientras el cerco se estrecha y el tiempo se agota.  

Pero es el trasfondo, racial, social, histórico y político, lo que convierte a Mi Monticello en una lectura de especial enjundia, donde las palabras pesan. Charlottesville podría considerarse la «zona cero» del resurgimiento del (neo)fascismo en Norteamérica —que el resto de las mal llamadas democracias occidentales estamos copiando a toda prisa—, tras la aberrante marcha xenófoba Unite the Right de agosto de 2017 y la violencia que generó. Antorchas. La estatua del general Robert E. Lee. El apoyo explícito del Klan en pleno siglo XXI. Tres muertos y decenas de heridos. Todo bajo el auspicio del criminal, entonces en la Casa Blanca, Donald Trump

Hay más. La residencia del tercer presidente de los Estados Unidos, principal responsable de la Declaración de Independencia, ofrece cobijo al desamparado colectivo formado por dieciséis personas —vendrán más—, «casi todas de piel negra o marrón» —apenas un blanco, que responde al ¿casual? nombre de Knox—… Pero a la vez nos recuerda que incluso uno de los padres fundadores era un esclavista, ya que Monticello también era su plantación. De hecho, Da’Naisha Love es descendiente de uno de los seis hijos que tuvo Jefferson con la esclava Sally Hemings, por lo que la ocupación forzada del monumento adquiere múltiples matices, entre ellos la reivindicación de lo que les «corresponde por derecho propio». 

Sin ahondar demasiado para no destripar el desarrollo de la novela, Mi Monticello está plagado de fragmentos narrativos de gran calado, así como sutilezas de profunda carga simbólica plasmadas magistralmente. Valga de ejemplo el personaje de MaViolet, abuela de Da’Naisha, su enfermedad y donde se ubica en la residencia. Los demoledores capítulos de la expedición «al exterior» —espeluznante desenlace— y el visitante. O las relaciones afectivas de nuestra protagonista. En apariencia una concesión que Johnson se permite, que uno creía era el punto débil del absorbente texto… En realidad, una perspicaz manera de establecer paralelismos con los orígenes del país. El eterno retorno de la historia y, en este caso, la dolorosa herida racial.

Al comienzo del libro, Da’Naisha define el funesto momento al que se enfrentan como un «nuevo y oscuro desmantelamiento». No obstante, pese a que como diríamos en estos lares l’hora és greu y el destino fatal asoma, nuestra heroína considera que, «todo ha vuelto a liberarse». Una liberación que adquiere un desafiante matiz final. La necesidad de luchar, no sólo por la existencia, sino por la dignidad, identitaria y comunitaria. Porque solo creando y cuidando la comunidad —amigos, conocidos, vecinos, familiares— puede combatirse al monstruo. Ahora que tenemos el enemigo a las puertas —asaltando vorazmente nuestras instituciones—, nos toca encontrar y defender nuestro Monticello. Poderosa, acuciante lectura.