Primero, agradecer a Discos de Kirlian y su “división” literaria la existencia -además del empeño y cariño puesto en él- de este pequeño libro. Ya tocaba que La Buena Vida tuviera una referencia. Muy pocas bandas del indie nacional lo merecen más. Gracias Óscar.

Pero claro, uno vez publicado, el libro debe tener un valor, debe contar una historia, una idea, y sobre todo, debe transmitir emociones. Sino, su publicación pierde su sentido. Sin embargo, en el caso de Menta y Agua, podemos estar más que tranquilos. Es absolutamente imposible -a no ser que por tus venas corra cemento armado en vez de sangre- que no te emociones con alguno de los relatos, recuerdos, memorias, ilustraciones aquí recogidos. Y si os gusta La Buena Vida, entonces esta obra seguro se convertirá en “algo más” para todos vosotros.

Menta y Agua es un libro hecho por fans para fans. Y sin embargo, no es una hagiografía, un homenaje al uso o un repaso edulcorado de la trayectoria de los donostiarras -a la que siempre echaremos muchísimo de menos-. Es una colección de voces explicando su relación personal con la banda a lo largo de sus vidas. Y de esa amalgama de historias surge una única voz colectiva. Una voz nostálgica, sensible, certera -no pocas veces dolorosa- y eterna. Adjetivos indisociables de La Buena Vida.

Y entonces uno se pone a recordar -si me permitís la digresión- y, como sucede en el libro, escarba en su propia historia de La Buena Vida. La mía no es la de alguien que los siguiera asiduamente. Es la de un amigo, uno de los mejores, tristemente perdido -porque los humanos somos a menudo estúpidos, tercos, cobardes, siento mucho la parte que me toca- de adolescencia que me los descubrió, junto a The Cure, Dinosaur Jr, Los Planetas y otros tantos. Aún guardo esas cintas como un pequeño tesoro.

A decir verdad, al principio me parecieron demasiado ñoños. Hasta que un día de verano -parece que fue hace mil años-, la desarmante sencillez de Bar-Comedor me ganó para siempre. Bajar a coger el tren para ir a la universidad con el Sr. Sömmer y compañía se convirtió en una liturgia recurrente. Desde entonces vinieron muchas –Por la Mañana, Magnesia, la increíble Desde Hoy en Adelante, Los Planetas, por citar algunas- y aunque nunca fuera un fan acérrimo, La Buena Vida ha estado ahí para, supongo que como muchos, ponerle letra y música a las experiencias vividas, e incluso definir una forma de entender el paso del tiempo –Mi Año Natural, ¿verdad David?-.

Solo los pude ver una vez en directo, en un B.A.M. de pago -2003 creo-, en un día desapacible y ante poquita gente. Recuerdo a una banda estática y la preocupante fragilidad de Irantzu en el escenario. Y no obstante, cada canción era un acontecimiento, la perfecta colisión de la belleza formal de su sonido y la apabullante verdad de lo que Mikel e Irantzu nos contaban. Luego alguna de esas verdades -no podía faltar Que Nos Va a Pasar, pero también la brutal Calles y Avenidas– fueron bofetadas, y finalmente, refugio. Y es que eso es La Buena Vida. No es solo pop. Es un lugar al que acudir. Y mejorar. Espero que podáis perdonarme la confesión.