Mata a tus ídolos, Luc Sante (Libros del K.O., 2016)

Coincidiendo con la publicación de Bajos fondos, la más que interesante historia alternativa, sombría y criminal, de Nueva York entre 1840 y 1919 —huelga decir que también estamos detrás de él—, Libros del KO ha lanzado la segunda edición de Mata a tus ídolos, la primera recopilación de artículos del escritor y crítico Luc Sante aparecida en nuestro país. Y no lo íbamos a dejar a escapar bajo ningún concepto.

Nacido en Bélgica, Sante es norteamericano de adopción pero, sobre todo, de adicción. Eso es lo que se trasluce de esta, con frecuencia, soberbia colección de textos, originalmente aparecidos en revistas como The New York Review of Books, The New Yorker o The Village Voice —más tres artículos exclusivos no incluídos en la versión original estadounidense, publicada en 2007—. De forma heterodoxa, con una prosa que se muestra a veces minuciosa y, sin embargo, fluye libre y que, en ocasiones adquiere formas singularmente poéticas, mientras en otras se transmuta en una contundencia pasmosamente certera. La cultura diseccionada en toda su amplitud y sus múltiples dimensiones, junto a relatos que, partiendo de la vivencia personal, revelan tanto o más de una época y sus transformaciones sociales que el más laureado y ambicioso libro de historia. Crónicas audaces e inesperadas.

Vayamos por partes. El libro se divide en cinco bloques y en los dos primeros encontramos los ensayos en los que Luc Sante no es solo la pluma, sino también el observador, cuando no actor, implicado directamente en aquello que pormenoriza. De esta forma, asistimos a una historia fragmentada del underground neoyorquino, repleta de edificios en ruinas con alquileres irrisorios, donde malviven futuros artistas, delincuentes convertidos en héroes populares —ese John Gotti que parece Robin Hood sin canciones insoportables de Bryan Adams—, personajes marginales, vecinos extremadamente curiosos y una ciudad abierta, caótica y viva… hasta que el dinero, esa plaga bíblica, arrasó con todo a partir de los 80, desvirtuando su esencia hasta la actual «capital de franquicias y casuchas de millones de dólares, de servicios públicos mínimos e impuestos de favoritismo, de un Times Square corporativo y un Harlem blanqueado». Gracias Ronald Reagan. Gracias Rudolph Giulani. Tampoco sale muy bien parada Nueva Jersey, «la imagen del futuro, asumiendo que el futuro tenga asignado un valor de unos quince minutos». Lástima que Sante no se haya dado un paseo por la ciudad del Mobile World Congress…

Luego entramos en el terreno de la música, y el que recibe de inicio, con todo merecimiento, es Woodstock ‘99, un acontecimiento musical que se torna en un afilado artículo sobre la «pasividad borreguera de los asistentes», que se lee con deprimente y familiar vigencia. Y tras desmenuzar los Nuggets compilados por Lenny Kaye, nos topamos con las “joyas de la corona” de Mata a tus ídolos. Primero con Yo es otro, buceando en el insondable misterio de Jokerman, más conocido como Bob Dylan, con la excusa de las imprescindibles memorias —por cierto ¿y su segunda parte?— del bardo inmortal de Duluth. Después, con Creo que escuché a Buddy Bolden decir... una extraordinaria narración, pura magia, sobre la figura perdida del cornetista de jazz del título mediante la gestación y transformación en mito popular para minorías de Funky Butt, su canción más famosa nunca registrada. Completa el trío La invención del blues, un pantagruélico viaje a los orígenes del blues, historia comprimida por la que desfilan Robert Johnson, Charley Patton, Muddy Waters, Alan y John Lomax, Leadbelly, Blind Lemon Jefferson, Son House, mapas, leyendas, críticos furibundos… Treinta y cuatro páginas prodigiosas.

Ya en las dos últimas secciones de Mata a tus ídolos, Sante lidia con literatos como Víctor Hugo y sus espíritus, Rimbaud, a quien declara su amor, aunque también tiene tiempo para desviarse y hablar de Tintín —referencia vital que no tiene reparos en desnudar, para lo bueno y lo malo—, pintores singulares como el inclasificable Magritte y fotógrafos como Mapplethorpe o el capital Walker Evans —nota mental: definitivamente tengo que agenciarme Elogiemos ahora a hombres famosos—, a quién el autor brinda algunas de sus palabras más elogiosas, solo superadas por las que dedica a Allen Ginsberg, su vecino durante un tiempo, cuyo texto cierra con un sentido «Y ahora Allen está muerto. Es como un padre cuya presencia das por hecha mientras está vivo, pero que duele cuando se ha ido. Ahora lo necesitamos más que nunca». A diferencia de como los califica el ínclito Greil Marcus en la introducción, no creo que los ensayos de Luc Sante sean «duros». Son brillantes, a menudo muy originales, y están escritos sin tapujos ni filtros. Y plasman sin ambages tanto la educación sentimental y afectiva del autor como las disquisiciones de un preocupado cronista cultural con la habilidad para encapsular la contradictoria, difusa y con frecuencia hueca realidad de nuestros días. No hay que perder de vista a Luc Sante.