Los que somos padres sabemos que las vacaciones escolares son muy largas y que tarde o temprano acabaremos viendo algo como Mascotas 2. Es una pena porque, teniendo un público cautivo como el nuestro -las familias con niños pequeños- se echa en falta una mayor ambición por parte de los productores de una cinta que, aparentemente, solo busca obtener rendimiento en taquilla -lógicamente- a través de un mero entretenimiento que acaba siendo olvidable.

Una pena porque el nivel técnico y artístico de la animación de esta película es tremendo: la expresividad de los personajes, los pelos que se mueven sobre la piel de los protagonistas caninos y felinos, los escenarios fotorrealistas, los colores del circo, las luces de la ciudad, la capacidad de evocar tonos dramáticos en cada escena -la siniestra aparición de los gatos-, la fotografía, las texturas, los movimientos de cámara dignos del realizador más pirotécnico. Todo esto es una auténtica pasada, puesta al servicio de la historia menos interesante posible.

La trama principal recupera a Max (Patton Oswalt) y le coloca en una tesitura que me parece poco interesante: la de madurar ya que sus dueños han tenido un bebé del que tendrá que ocuparse como si fuera su hijo. Un desarrollo de personaje que parece más adecuado para epatar con los espectadores padres que con sus hijos. Esto se desarrolla, además, con un viaje fuera de Nueva York, a una granja rural, en una trama deudora de Cowboys de Ciudad (1991), de la que probablemente nadie se acuerde. En lugar de desarrollar satisfactoriamente este argumento, el guión prefiere plantear dos subtramas paralelas. Por un lado, la perrita Gidget (Jenny Slate) debe infiltrarse en el hogar de una anciana ‘loca de los gatos’, una pequeña historia que habría sido un cortometraje fantástico con texturas de suspense y terror. Por otro lado, el conejo Pompón (Kevin Hart) se embarca en la parodia del cine de superhéroes, apuntándose a la moda imperante, para rescatar a un inverosímil tigre atrapado en un circo por un villano de origen ruso que parece la bruja mala del Mago de Oz.

Con estas tres historias intercaladas lo que consigue Mascotas2 no es desdeñable: mantener entretenidos a sus espectadores. Eso sí, evitando cualquier intención artística, moralizante o educativa. La película se compone de chistes clonados de sitcoms, bromas camufladas para los padres -como la inadecuada escena de la gata ‘fumada’ con hierba gatuna- y para rematar, un final que intenta emular la adrenalina del blockbuster de acción de Hollywood, que supuestamente triunfa en las taquillas. Una pena que herramientas técnicas como la animación en 3D y que la capacidad de artistas como los animadores se ponga al servicio de ideas pedestres.