Último lunes de octubre y el primero en anochecer una hora antes. De alguna manera había que esquivar la bajona y un concierto de Mark Lanegan en la sala Apolo parecía, sin duda, la opción ganadora.

El folk profético de Simon Bonney y su compañera, la calurosa violinista Bronwyn Adams, amenizó la velada antes de que, a las nueve de la noche, un impasible Mark Lanegan y su banda pusieran el pie en el escenario y arrancasen, sin dilación ni un “buenas noches”, una contundente ‘Disbelief Suspension’.

Siguieron con ‘Letter Never Sent’, con la que el público contoneó cuerpo y basculó cabeza, y una más oscura ‘Nocturne’. Con ‘Hit the City’ pudimos saborear un poco de nostalgia (¡qué discazo es “Bubblegum”!) y ‘Sister’ nos volvió a sumergir en esa atmósfera misteriosa e impenetrable que tanto caracteriza la música del norteamericano. Todavía no lo sabíamos cuando sonaron, pero ‘Stitch It Up’ y la contagiosa ‘Night Flight to Kabul’ pusieron fin a la presentación de “Somebody’s Knocking”. Íbamos a quedarnos sin disfrutar de la que es, sin duda, la joya de este disco: ‘Penthouse High’.

La ya legendaria voz rasgada del polifacético artista todavía pudo lucirse en temas como ‘Burning Jacob’s Ladder’ o ‘Beehive’, pero con ‘Bleeding Muddy Water‘ llegaron unos fallos de sonido que devinieron insalvables. Tras apenas una hora de concierto, Lanegan y los suyos hicieron lo que pudieron para hacer despegar ‘Harborview Hospital’, pero no llegó a tocar cielo. El sistema de sonido petó por cuarta vez; el ruido fue ensordecedor. Visiblemente frustrado, el veterano roquero lanzó el micrófono con rabia y abandonó la estancia.

Un cuarto de hora después, cualquier esperanza de rescate quedó finalmente truncada por megafonía: concierto suspendido. Según los responsables del Festival Cruïlla, había discrepancias entre sala y artista respecto a los problemas de sonido y, respetando la decisión de éste, el show quedaba cancelado. Sin embargo, Lanegan puntualizó más tarde, vía Twitter, que el problema no tenía solución, o eso fue lo que se le había comunicado. Fuese como fuese, nadie dio la cara y lo que parecía el plan perfecto para un lunes de mierda terminó peor todavía.

Los 55 minutos que duró el concierto, aunque insuficientes, sirvieron para dejar claro que Mark Lanegan es un músico de altura, una leyenda del rock con una carrera en solitario que lo hace relevante mucho más allá de Screaming Trees y Queens of the Stone Age.

Fotos: Javier Barbanero