Hoy, gracias a La Fuga, editorial de idiosincrasia insobornable y coherente donde las haya, os traigo uno de los libros más especiales que servidor haya reseñado en esta sección. Porque Magic Kingdom, de Stanley Elkin, no se parece a nada leído anteriormente. Y tiene de todo. La reina de Inglaterra. Mickey Mouse. Niños desahuciados. Adultos con serios problemas. Habitaciones secretas. Una tormenta de nieve. Desfiles. Sexo. Extravagancia satírica y tragedia shakesperiana. De Londres a Disney World, bienvenidos a un gran carnaval… que se asemeja poderosamente a la vida.

Publicada en 1985, Magic Kingdom es la tercera ocasión en que uno se las ve con la singular pluma de Elkin tras El condominio (La Fuga, 2015) y los relatos de Poética para acosadores (Contra, 2018). Uno creía que el estilo del de Brooklyn ya no podía sorprenderle. Y, en efecto, la sorna, la capacidad de observación del comportamiento y la necedad humana, así como el riesgo temático están ahí, intactos. Pero esta novela es distinta, exuberante, desparramándose en barrocas frases, como si los personajes declamasen sinónimos cuál arrebatados rapsodas de desbocada verbigracia —magnífica labor de Montse Meneses Vilar en la traducción—. Y, sobre todo libre, dueña de su propio ritmo, tono y destino… Una tragicomedia teóricamente imposible, ciertamente única.  

Porque, para empezar, la trama de Magic Kingdom debiera ser de lo más espinosa, en las antípodas de lo que un gurú de la escritura de éxito o un libro sobre cómo crear best-sellers recomendaría. Y es que la empresa de Eddy Bale, un padre devastado por la muerte de su hijo Liam, víctima de una enfermedad rara e incurable, a cuya causa irreversible se ha dedicado en cuerpo y alma los últimos años —convirtiéndose en una figura tristemente mediática en Reino Unido, y haciendo añicos su matrimonio por el camino—, se antoja absolutamente tabú. Reunir a siete críos tan condenados como su malogrado vástago y llevárselos a la tierra de la magia y el entretenimiento. Orlando, Florida. Disney World. 

¿Un sentido y generoso último homenaje? ¿Pura desesperación? ¿Adicción a la exposición ególatra? Elkin, sabedor que la realidad no es unidireccional, no se decanta por un único sentido al que dirigir al lector. De hecho, los contrastes son brutales. Una comicidad permanente en medio de la fatalidad. Un tono por el que debiera asomar el nihilismo por la vía de la desazón, sin embargo agarrada a la vida, aún en sus versiones más insólitas y duras. Una prosa que, a veces, puede resultar demasiado «frondosa», abigarradamente virtuosa, no obstante contada con una flema plenamente «Union Jack». En consecuencia, Magic Kingdom es una novela realmente escurridiza. Un viaje narrativo y emocional por la cuerda floja. 

Sin duda, el maestro de ceremonias de este aparente galimatías tenía que ser un connoisseurElkin lidió con la esclerosis gran parte de su existencia—, y un autor particularmente lúcido, capaz de equilibrar «dolores y humores», huyendo tanto de la lástima como de la épica y la ópera bufa. Y éste brilla en hacer de la antitesís el meollo de la cuestión, convirtiendo lo descabellado en plausible, mientras revela que lo razonable, lo esperable, suele ser igualmente ridículo. Niños terminales —sin olvidar a los acompañantes, casi más jodidos que ellos— en la capital de la diversión. Lo que debería ser un sueño cumplido, transformado en imposible paréntesis, una pseudo pesadilla frente a la patología incurable o las frustraciones adultas.

Las peripecias de ese variopinto grupo de desdichados depara una retahíla de momentos absolutamente memorables. Ese arranque en el Palacio de Buckingham. Los inolvidables, excéntricamente entrañables, personajes de Benny Maxine y Charles Mudd-Gaddis. Ese Mickey Mouse sañudo y cabronazo —uno siempre sospechó que el ratoncito no era de fiar—. Ese desfile viendo «el otro lado», el del público —los moribundos señalando la decadencia de los vivos, inmenso—. El tremendo, retorcidamente vitalista final… Hal Ashby hubiera hecho maravillas con esta novela. La realidad puede ser tan cruda como risible y, con frecuencia, surreal. O lo grotesco, lo humano y lo absurdo, indisociablemente de la mano. 

Magic Kingdom no es la lectura más sencilla, o una recomendable para todos los públicos. No obstante, debe celebrarse como una de esas obras que, de tan audaces, quizás sean más vigentes hoy que en su día. Porque, seamos sinceros. El extravagante, siniestro imperio hiperconsumista del «tío Walt» hoy comanda buena parte de la cultura de masas. Debatimos sobre los límites del humor… en Twitter. Un personaje caricaturesco, que parece sacado de Los Simpson, llegó a gobernar —¿dinamitar?— Estados Unidos. Nuestra libertad pandémica se mide en cervezas… ¿Sigo? Las paradojas de la vida en toda su plenitud. Lo maravilloso es que Stanley Elkin se atrevió a señalarnos ese mismo disparate llamado existencia desmontando «lo más sagrado»: la solemnidad de la enfermedad y la muerte. Bravo.