En el umbral de la vida

Pedro Almodóvar nos entrega en Madres paralelas un nuevo melodrama centrado en la figura femenina. Dos madres, Janis (Penélope Cruz) y Ana (Milena Smit) se conocen justo antes de dar a luz y sus vidas cambiarán para siempre. Con esta premisa, el director y guionista propone un argumento dramático con sus acostumbrados giros enrevesados que buscan potenciar las emociones del relato y los conflictos de sus personajes. Almodóvar vuelve a crear esa irrealidad cinematográfica en la que admiramos a estrellas de cine que parecen más grandes que la vida –Penélope Cruz está más guapa que en Jamón, jamón (1992) y Aitana Sánchez-Gijón deslumbra- entregadas al drama en decorados estilizados. Lo mismo que hacía Hitchcock, al que cito de forma consciente, porque este melodrama también encierra un thriller de suspense, en el que conocemos de antemano la verdad que esconde la historia y esperamos tensos a que esta sea finalmente revelada, temiendo sus consecuencias. Y a esa irrealidad hay que perdonarle, claro, sus pequeñas inverosimilitudes: los ya mencionados giros dramáticos de la trama, esos bebés que no lloran ni molestan, y que alguien le diga por favor a Almodóvar que para darle tu número de teléfono a alguien basta con hacerle una ‘perdida’.

El director manchego nos propone a tres mujeres, Janis, Ana y Teresa (Aitana Sánchez-Gijón) con las que nos habla de la maternidad en todas sus formas -no he podido evitar pensar en el Bergman de En el umbral de la vida (1957)-. Está la madre valiente que quiere serlo a toda costa, la madre que no desea serlo y antepone su carrera, y la madre improvisada, adolescente, que debe madurar para sacar adelante a su hijo. El concepto de la maternidad da pie a Almodóvar para profundizar en temas como la familia, las raíces, y la necesidad de conocer nuestro pasado para poder proyectarnos en el futuro de una nueva generación que, probablemente, estará marcada por nuestros errores. Por eso Madres paralelas es también una película sobre la memoria histórica, con un final tan valiente como emocionante e inesperado. Hay que darle valor a la forma en que Almodóvar se arriesga al introducir en su melodrama una escena de sexo que puede resultar, todavía hoy, transgresora, y sobre todo, un atrevido discurso político que sigue levantando ampollas en España. Y tras esto propone algo tan necesario como el amor sin importar el género y la reconciliación sin importar el bando.