Parece inevitable. Llega el calor, cierto anuncio de cervezas —cada vez más a la derecha y clasista— y, con ambos, la época festivalera por excelencia en nuestro país. El momento perfecto, por tanto, para zambullirse en Macrofestivales, un ensayo de Nando Cruz publicado por Península y que se antoja fundamental para entender «dónde estamos». Porque radiografía al detalle qué hay detrás de este fenómeno —otros dirían plaga—, mucho más económico-industrial que cultural. O, como el mismo sentencia en su subtítulo, porqué son El agujero negro de la música.

Y es que el veterano periodista musical barcelonés Nando Cruz, responsable de otro título a mi juicio indispensable, Pequeño circo (Contra, 2015), ha decidido exponer a este particular sector de la música en directo, más hegemónico que la derecha mediática en este país, analizando cada una de sus distintas aristas… Y la imagen que arroja no es nada halagüeña, «turbocapitalismo» depredador donde la música se homogeniza y consume vorazmente, siendo discutible que se disfrute. Lo que es peor, ¾ de lo que nos cuenta —cifras exactas a parte— son hechos conocidos, padecidos, o «sospechables» por quienes asistimos a estos megaeventos. Precisamente por eso, Macrofestivales es un libro tan importante.

Como si de un experto curator se tratase, Nando Cruz ha conformado un completísimo lineup… de desmanes y agravios. Para empezar, por Macrofestivales desfilan no pocas «viejas leyendas». Es el caso de las sempiternamente opacas subvenciones, los chanchullos financieros y las condiciones laborales precarias que rodean a estos certámenes tendentes al gigantismo. En realidad, el triunvirato de la verdadera «marca España» que, en nombre del pelotazo y el turismo de borra… —perdón, de libertad juvenil—, te monta «ciudades de la música» en medio de la nada o bajo placas fotovoltaicas. 

Junto a ellos, en letras bien grandes, tenemos a los «cabezas de cartel». Lideran la palmaria sobreabundancia festivalera y su reverso, la ansiedad, frustración e incomodidad que el exceso de oferta genera en el espectador melómano. Pero hay más donde elegir —aunque abunden los solapes—. Por ejemplo, la hiper mercantilización de los eventos —¿os acordáis cuando en un festival podías comprar, llamadme loco, ¿discos?—. Y el efecto «desertizador», quizás el más nocivo de estos acontecimientos. Destruyendo, vía concentración y economía del rendimiento inmediato, el ecosistema de salas de conciertos, fiestas mayores, ciclos… Y encareciendo los cachés hasta dejarlos fuera del alcance de cualquier otro modelo.

En todo evento de está índole que se precie, la «clase media» es esencial y Macrofestivales no es una excepción. Aquí hay «figuras consolidadas», como la uniformidad casi total antes de la machacona llegada de lo urban —gran capítulo el del prefabricado sonido festivalero— o las protestas vecinales. Y, a renglón seguido, las «propuestas emergentes», en boga. Como los abusos cometidos —precios, seguridad— que han acabado en quejas, notables sustos e, incluso, tragedias a lamentar. O la dudosa conciencia ecológica, puro greenwashing en vasos coleccionables que obvia las consecuencias medioambientales de los desplazamientos masivos. En definitiva, Nando Cruz ha montado el #bestfestivalever… del lado oscuro.

¿Hay esperanza? Cuesta verla, pese a que el autor también destaca certámenes que buscan hacer las cosas atendiendo a la comodidad de su público o la sostenibilidad. O a algunas, muy pocas, administraciones —la «malvadísima» Colau, aunque ens bombin por decirlo— intentando ponerles coto. Pero los motivos para la depresión vendrían por distintos flancos. El primero, evidente, es que si el clima electoral y las encuestas aciertan, a buen seguro la receta será más turismo, precariedad y libertad etílica —convenientemente patrocinada—. Así que las prácticas festivaleras más agresivas tendrán campo abierto y subvenciones disponibles…

Segundo, aspecto que escuece especialmente, es que los macrofestivales, tal como los entendemos actualmente, intensivos, urbanitas y nada hippies, han sido cimentados por «lo independiente» —inclúyase aquí a la prensa—, quienes en teoría se oponían a un sistema que los ha fagocitado, comercializado y Tiktokeado por completo. Y tercero, el más importante, porque el relevo generacional no parece muy por la labor de querer cambiar las cosas. Nando Cruz no puede evitar un poso viejuno cada vez más al margen —con el que uno se identifica bastante—. ¿The times they are a-changin? El debate, interesantísimo, queda abierto…

Me resisto a quedarme solo con lo malo. Uno ha descubierto tantas bandas. Ha disfrutado de suficientes pequeños festivales de ensueño —el insigne Minifestival, el añorado Indietracks—. O de conciertos memorables, con grupos que jamás habría pensado ver gracias a macroeventos como el Primavera Sound —cuya última edición nos devolvió a una época más holgada y amable— que lo bueno aún prevalece. Sin embargo, Macrofestivales sí debería servir como certera vindicación del «menos es más», valioso toque de atención y herramienta para cuestionar un modelo caníbal, demandando cambios a organizadores y administraciones públicas. Y asimismo, para preguntarnos qué tipo de consumidores de música queremos ser. Cómo, en definitiva, vivimos la cultura…