Día de felices reencuentros en la sección gracias a La Huerta Grande y Luisiana, 1923, tercer acercamiento a la obra del gran Tim Gautreaux tras la estupenda El paso siguiente en el baile y la no menos recomendable colección de relatos Todo lo que vale. Así que es hora de regresar al sofocante bayou. A las aguas pantanosas infestadas de caimanes. Y a las tierras hostiles, donde las serpientes proliferan al amparo del calor sofocante. Ahora con una historia de dos hermanos, llevando las riendas de un improbable aserradero mientras luchan por su supervivencia y lidian con sus propios demonios…   

Ganadora del Southeastern Booksellers Award, Luisiana, 1923, tiene algo que no es precisamente novedoso refiriéndonos a Gautreaux: hechuras de novela clásica. Situada en el periodo de entreguerras, nos cuenta cómo Randolph Aldridge, el vástago más joven del imperio maderero familiar, es enviado por su padre desde su apacible Pensilvania al lugar más remoto de Luisiana para dirigir una serrería en la explotación recién adquirida. Y, de paso, rescatar a su hermano mayor Byron, perdido en ese lugar que se asemeja sospechosamente al infierno.  

De hecho, esa llegada a Nimbus, un apeadero cenagoso a cuarenta kilómetros de Tiger Island, es sin duda el primer gran triunfo de la novela. Cual revisión sureña de El corazón de las tinieblas —o mejor, Apocalypse now—, el periplo de Randolph, cada vez más penoso y enrevesado, se asemeja al de Marlow o Willard —sin pulsiones asesinas, al menos de inicio— por el Congo o Vietnam-Camboya, incluido el trayecto final por el río Chieftain, trasunto acadiano del Nung o el Congo. Allí le aguarda el capitán Kurtz de esta historia. Un Byron bastante «tocado» por lo padecido y realizado en la I Guerra Mundial, ahora autoridad —alguacil— de ese espacio salvaje… y asalvajado.  

A partir de aquí, Luisiana, 1923 se descubre como una potente novela interesada en explorar varias dicotomías. Rodeados de cipreses, los reunidos hermanos Aldridge —añádanse sus esposas, menos secundarias de lo que pareciera, introductoras de educación y fe— representan la civilización y el progreso. Frente a ellos, la vileza y el peligro representados por el agreste enclave y la mafia siciliana, los villanos que regentan el saloon, la sodoma y gomorra de Nimbus. Al mismo tiempo, Randolph y Byron son los explotadores, que arrasarán el enclave para luego abandonarlo. La ley de la selva contra la ley del capitalismo. Hay más…

Y es que Byron es la —¿forzosa?— mano dura en Nimbus. Violencia como respuesta a la violencia. El querido primogénito y heredero, idolatrado referente para su hermano pequeño, destrozado y huido —un hijo pródigo que no quiere regresar— a causa de los horrores de la guerra. Randolph ha sido enviado por el negocio, pero sobre todo para devolverlo al redil del seno familiar. Sin embargo, de nuevo como una versión «blanca» de Willard, el todavía impoluto y pacífico de los Aldridge va arrastrándose inexorablemente hacia una espiral de embrutecimiento en ese selvático agujero cajún. Volverse un monstruo para combatir a otro monstruo…

El resultado es una obra que avanza firme y sosegada en su estudio de personajes y ambientes, extraordinariamente perfilados. Por un lado, diría que Luisiana, 1923 sublima las virtudes narrativas de Tim Gautreaux —excepto la duda respecto al título original del libro, sugerente The Clearing, irreprochable traducción de José Gabriel Rodríguez Pazos—. Su prosa, sencilla en apariencia, atrapa y deja poso. Especial mención a la soberbia descripción —nótese que Tiger Island pertenece a Morgan City, patria chica del autor— de ese submundo de lodo, calor asfixiante, inundaciones bíblicas, extrema desesperanza… y amenaza constante. No solo por los enemigos objetivos del aserradero. También por los fantasmas internos. 

Por el otro, Luisiana, 1923 demuestra una sabiduría inusual en lo que se refiere a la creación de personajes protagonistas complejos y, por tanto, absorbentes. Nobles, veraces y contradictorios ante las situaciones límites que tienen que vivir. Tim Gautreaux nos propone un viaje por andurriales inhóspitos, torvos, donde el futuro no llegará a tiempo de los avances —o lo que es peor, pese a ellos—. Un territorio para autodestruirse y perder el juicio. Y, a la vez, un paraje para adentrarse en lo más recóndito y ominoso del alma humana de la mano de un guía magistral. Destinado a convertirse en autor de cabecera…