Tras leer el año pasado La promoción del 49, publicada en nuestro país por Gallo Nerouno de los mejores libros del 2014 en Indienauta Don Carpenter se ha convertido, por derecho propio, en uno de los “objetivos” principales de este humilde lector —ya nos hemos agenciado Dura la lluvia que cae—. Así que cuando Sexto Piso anunció la publicación de Los viernes en Enrico’s la expectación era máxima… hasta conocer los pormenores de la publicación de la novela.

Obra póstuma, de hecho inacabada, rescatada y finalizada por Jonathan Lethem —autor de las soberbias La fortaleza de la soledad y Huérfanos de Brooklyn, pero también de las discretas Todavía no me quieres o Los jardines de la disidencia, reseñada en Indienauta— las dudas surgían. ¿Estamos entonces ante un libro a medio hacer, un artefacto desigual a dos voces, pensado para “hacer caja”? La respuesta es rotunda. No. En el posfacio de la novela, Lethem describe su labor como la de un editor responsable de ordenar, corregir, entrar datos y añadir “entre cinco y ocho páginas” invisibles en el texto. Y mientras uno lee, no hay el menor atisbo de estar frente a una obra menor. Al contrario, está destinado a ser uno de los libros del año en nuestro país.

Y es que Los viernes en Enrico’s es una poderosa, desencantada y honesta obra, con una mirada crepuscular e imperturbable que lo emparenta tanto con el mejor Richard Yates como con el romanticismo desencantado de Scott Fitzgerald. Y con un translúcido carácter semi-autobiográfico. Nacido en Berkeley, la relativa fama de Carpenter le llegaría ya con cierta edad, tras la mencionada Dura la lluvia que cae, a mediados de los 60s, posicionándolo como una especie de mentor para los escritores de la Bahía, y un habitual de la escena, junto a su gran amigo de Richard Brautigan —según Lethem la intención inicial de Carpenter con esta novela era escribir una obra sobre él—, junto a Lawrence Ferlinghetti, Cut Gentry o Evan Connell Jr. Carpenter sirvió en las fuerzas aéreas en la guerra de Corea y, tras graduarse en Portland y obtener un máster en escritura creativa en San Francisco, peleó denodadamente por lograr que la literatura se convirtiese en su sustento, publicando una docena de libros y varios guiones. Una biografía que se cuela en las historias, situaciones y personajes de la novela.

Porque Los viernes en Enrico’s es una mayúscula novela de personajes que, en su disperso conjunto, constituyen una especie de generación literaria fallida, ubicada en la costa oeste —los epicentros son San Francisco y Portland, con L.A y Nueva York en el horizonte—, post-beatnik, post-hippie, y atrapada entre sus veleidades artísticas, pretensiones de éxito y relaciones personales y familiares que no parecen ir a ninguna parte. Sí, se habla abiertamente de dinero, de cómo Playboy era mucho mejor negocio que el New Yorker y sobre cómo abrir las puertas de Hollywood era —¿es?— prostituirse, pero también alcanzar la tranquilidad económica que una vida disoluta de borracheras, fiestas, hermosas casas y coches demandaba. Literatura y vida como los dos extremos de un choque de trenes. Y un seguro choque de frustraciones.

No hay dos escritores iguales, pero su desolación y desconexión con “la vida real” es común, parece decirnos Carpenter. Así conocemos a Charlie Monel, un veterano de la guerra de Corea lidiando con su Moby Dick particular, una ballena en forma de novela bélica inacabable, junto a su joven esposa Jaime Froward, que va consolidándose como narradora de éxito comercial mientras. Un matrimonio y una hija que sufren los vaivenes de dos carreras que evolucionan de forma muy distinta. O a Dick Dubonet, varado en un prometedor cuento vendido a Playboy por una pequeña fortuna, éxito que es incapaz de volver a repetir. O a Stan Winger —el personaje más apasionante de la novela, quizás trasunto de Malcolm Braly, el magnífico autor de En el patio, publicada por Sajalín en nuestro país—, un ladronzuelo de poca monta con serios problemas de sociabilidad convertido en exitoso escritor de novelas pulp tras su paso por la prisión de San Quintín. Un fresco por el que también deambulan autores y lugares reales —no haremos spoilers, pero es un placer ver como van formando, naturalmente, parte del relato, o es imposible no sonreír al leer como la mítica librería City Lights, por ejemplo, es un lugar de reunión y encuentro— desde 1959 hasta década el llamado Verano del Amor hasta mediados de los 70s.

En definitiva, Los viernes en Enrico’s es una novela sobre literatura pero, ojo, no es una más. De hecho puede que estemos ante una de las NOVELAS sobre literatura. Sobre escritores, sus libros y sus más bien desastrosas vidas privadas. Sobre artistas lidiando frente a la hoja en blanco mientras sucumben sistemáticamente ante la única obra de final irreversible y obligatoria: su propia existencia. También sobre el éxito, el fracaso, la independencia del artista, el ego. Sobre el valor del arte, el debate entre alta literatura y su ¿némesis? comercial, y el rol del artista. Sobre contracultura y generaciones literarias. Sobre barras y mesas de bar, sus discusiones interminables y las cogorzas recurrentes para ocultar los errores cometidos, la depresión y el vacío vital.

Contada con algo que solo soy capaz de definir como melancólica sabiduría, la prosa de Carpenter es sublime, como un escalpelo en manos del mejor cirujano, abriéndose paso con firmeza, sin dilaciones ni artificios, revelando el alma humana en un diálogo definitivo, una última copa o un instante de duda ante la máquina de escribir. Para todos los que amamos la literatura y este feliz y, esperemos, eterno anacronismo llamado libro, leer a Carpenter es un regalo. No sé a que estáis esperando. Os espero en Enrico’s…