Rob Zombie firma en Tres del infierno el cierre de una trilogía que quizás no necesitaba serlo. Tras La casa de los 1000 cadáveres (2003) -estupendo divertimento- y la superior Los renegados del diablo (2005), esta tercera entrega pierde capacidad de sorpresa y nos muestra de nuevo a Baby, Otis y el Capitán Spaulding, resucitados, porque sí, para vivir una nueva serie de asesinatos, persecuciones policiales y fugas. 

Entre la road movie y el film de psycho killers, Zombie hace un remake de Asesinos Natos (1994), de serie B, lo que podría ser una buena idea, pero le falta la inspiración, la garra, de sus películas anteriores para que el resultado sea del todo satisfactorio. Este volver a caminos ya transitados -y quizás superados tras The Lords of Salem (2012)- no ofrece más alicientes que las señas de identidad del director y músico. Violencia seca, sentido del humor, pero no ironía, amor por las viejas películas de terror y la admiración por los actores, a los que deja brillar. Características que le emparentan con Quentin Tarantino, y que le permiten exprimir a intérpretes de carácter como Bill MoseleyRichard Brake, y su pareja, Sheri Moon Zombie -que aquí parece sobreexplotada con respecto a sus capacidades- o el fallecido Sid Haig, que recibe aquí un sentido homenaje. 

Tres del infierno tiene todos los ingredientes del grindhouse: humor, violencia, y sexo. Mezcla con descaro el morbo que despiertan psicópatas como Charles Manson con la estética del día de muertos mexicano, la lucha libre, el home invasion con el spaghetti western. Zombie no vive sus mejores momentos artísticos -quizás comienzan a pesarle la falta de oportunidades para producir sus películas- pero su film no deja de ser un estupendo ejercicio de entretenimiento para los fans del género.