Las Heras, ninguna parte, Argentina. Allá que nos dirigimos de la mano de Anagrama y Los suicidas del fin del mundo, de Leila Guerriero. O, como reza su subtítulo, la Crónica de un pueblo patagónico, ubicado en la provincia de Santa Cruz. Una localidad en medio de la estepa extraandina, olvidada en lo económico y abandonada en lo social. Apenas un «no lugar», ventoso e inhóspito que, a finales de los noventa logró capturar la atención de la periodista… A causa de la muerte de una docena de jóvenes, todos vecinos de Las Heras. 

Nacida en Junín, Argentina, en 1967, Leila Guerriero es una gacetillera, escritora y editora de dilatada y celebrada trayectoria. Tras graduarse en turismo, sus inicios en el periodismo se remontan a 1992, al entrar como redactora en Página/30, revista del diario Página/12. Desde entonces ha colaborado, entre otros, con La Nación y Rolling Stone (Argentina), El País y Vanity Fair (España), El Mercurio (Chile), Granta (Reino Unido), o L’Internazionale (Italia). Además, es editora para América Latina de la revista mexicana Gatopardo.​ Entre su obra destacan artículos como «El rastro en los huesos» (2010, premio Fundación Nuevo Periodismo). Y títulos como Plano americano (2013), Zona de obras (2014), Frutos extraños (2020) o La llamada (2024, premio Zenda y uno de los libros del año en España y Francia). 

Publicado originalmente en 2005, Los suicidas del fin del mundo es un intento de indagar, en la mejor tradición periodística, las razones tras una serie de actos inexplicables que motivaron el viaje y estancia de Guerriero en Las Heras. Una localidad que, entre los cincuenta y hasta finales de los setenta, disfrutó de tiempos prósperos con la implantación del ferrocarril y, sobre todo, la explotación petrolera. Pero no duró, debido a privatizaciones —nada bueno sucede si aparece Repsol…— y tesituras sociales, económicas y gubernamentales varias, con la hasta entonces creciente población abandonando el lugar, que quedó a merced del desdén político durante los noventa —cuando Néstor Kirchner era gobernador de Santa Cruz—. Pero lo peor estaba por llegar. 

Y es que, entre 1997 y 1999, la localidad padeció el suicidio de doce jóvenes lasherenses. No hubo una investigación oficial, ni siquiera un listado preciso acerca de aquellas muertes —en el libro se habla de que, en realidad, pudieron ser hasta una veintena—. A nadie política o mediáticamente relevante le importó. Pero sí a Guerriero, que se desplazó a Las Heras en 2020, con el pueblo en pleno conflicto social con la petrolera, segura que una tragedia de esa envergadura implicaba muchas preguntas que plantear. Historias esperando a ser escuchadas. Relatos por conocer. Existencias truncadas demasiado pronto que merecían ser —o al menos, intentarlo— reconstruidas. 

Con ese objetivo, en Los suicidas del fin del mundo Leila Guerriero se reúne con familiares, parejas, amigas y conocidos de aquellas muchachas y muchachos que decidieron acabar con sus vidas. Hace más, de hecho. Nos adentra en sus hogares, repletos de heridas abiertas. Nos invita a recorrer las desangeladas calles de Las Heras, presididas por el viento cruel. A visitar sus bares y locales de dudosa ralea, donde se capean, por un instante, los sinsabores y penas. El resultado es una foto por fuerza inconclusa, desenfocada. Formada por testimonios de seres humanos rotos, lógicamente contradictorios. E impresiones, tan fugaces como indelebles. Sin embargo, la crónica de la de Junín rezuma intensidad y verdad. 

En ese sentido, sorprende poderosamente que Los suicidas del fin del mundo fuera el primer libro de Guerriero. Porque su voz está plenamente formada, todo aplomo y circunspección narrativa, acaso punteada por la descripción, más sensorial que representativa, de ese «paisaje» extremo. Tan particular que deviene personaje. Tan baldío, crudo y ululante como lo contado. Sin que la autora requiera protagonismo, aunque el lector note siempre su presencia, cercanía y confusión. Sin discursos. Y, aún más importante, sin vender ni subrayar el drama. Haciéndonos partícipes de una experiencia desoladora. Abisal. Pero dejando que sean sus interlocutores los que vayan tejiendo el relato. El de una comunidad desarraigada, «desprovista de sentido».  

Por tanto, Los suicidas del fin del mundo no tiene una sola respuesta. No puede. Ni debe —el periodismo no ha de plegarse a respuestas fáciles en cuestiones complejas—. Los vivos hablan del paro. El aburrimiento juvenil ante la falta de cosas que hacer. La violencia, sea la que se lleva en la sangre o en «la mochila». La desesperanza. El no-futuro. Los psicólogos lo achacan a la urbanopatía de un «sistema jodido, que te expone». Otros mencionan el espeluznante plan de una secta satánica coincidiendo con el fin del milenio. Leila Guerriero tiene espacio para todas ellas en este ejemplar recuento de la congoja ante la pérdida de un pueblo de atmósfera malsana. Un lugar sórdido, deprimido. Formado por existencias muy duras. Las de personas desamparadas. Observado en su compleja totalidad. Explicando así muchas cosas.