Regreso al género negro de la mano de un maestro, William McIlvanney, el considerado padre del «tartan noir», y una de sus obras más emblemáticas, Los papeles de Tony Veitch, que publica Salamandra. La segunda entrega de la celebrada «trilogía de Glasgow», liderada por su icónico y meditabundo inspector Jack Laidlaw, en un caso con sorprendentes ramificaciones y crítica social, que expone tanto la dureza como la especial personalidad de la ciudad en los años 70 a través de sus bajos fondos.

Nacido en Kilmarnock en 1936, William McIlvanney estudió literatura inglesa en la Universidad de Glasgow, ejerciendo de profesor hasta que, en 1975, pasó a dedicarse a la literatura. Poeta, articulista, guionista y narrador de la BBC, fue un novelista muy celebrado ya desde su debut, Remedy is none (1967), por el que ganó el Geoffrey Faber Memorial. Su laureada trilogía de Glasgow —dos CWA Silver Dagger y un People’s Prize del Glasgow Herald—, compuesta por Laidlaw (1977), este Los papeles de Tony Veitch (1983) y Extrañas lealtades (1992), situó a la urbe escocesa en el mapa de la novela negra y lo convirtió en referente para escritores como Ian Rankin, Pierre Lemaitre o Irvine Welsh. Falleció en Glasgow en 2015. 

Una reputación y parabienes que, de principio, se antojan algo exagerados. Porque Los papeles de Tony Veitch arranca de forma bastante confusa. Múltiples personajes apareciendo sin que el lector le encuentre una hilazón lógica. Junto a un inicio de la trama cogida con pinzas, con Eck Adamson, conocido vagabundo borrachín, pidiendo hablar con el lacónico inspector de homicidios Laidlaw justo antes de morir. ¿Veneno? ¿Una nota manuscrita con una dirección, un teléfono y dos nombres? ¿Una segunda víctima esa misma noche? El embrollo sigue aumentando cuando las pesquisas de nuestro protagonista ligan ambas muertes, a las que se añade la desaparición del titular Tony Veitch: un pudiente joven que ha abandonado los estudios… y al que también buscan los «sospechosos habituales» de Glesga.

No obstante, la novela no tarda en mostrar todas sus cartas. La primera es, sin duda, la prosa y habilidad narrativa de McIlvanney, perfectamente trasladada al castellano en la traducción de Antonio Padilla Esteban. Elegante sin renunciar a la aspereza. Vibrante a la par que reflexivo. Atmosférico sin perder la concisión. Mordaz —escoceses y humor negrísimo son sinónimos— y admirablemente humanista —marxismo, juventud, sociología—, en inusuales digresiones o diálogos de calado. Nada renuente a flirtear con la historia, la poesía o la música si el texto avanza. En definitiva, la pegada literaria de Los papeles de Tony Veitch es extraordinaria. 

La segunda, a renglón seguido y absolutamente fundamental, es Laidlaw. Memorable creación, embebida de la escuela negra norteamericana —acción y trasfondo social, incluso con los criminales— sin renunciar a un importante componente analítico. Un trasunto de Serpico combinado con un maduro y heterodoxo Owen Jones —pensadores progresistas, siempre—. Un lobo solitario con alma de filósofo, íntegro pese a las contradicciones que lleva a cuestas —no le hace ascos a la botella y su vida doméstica es un desastre—, y una insobornable conciencia de clase que le hace investigar obsesivamente la muerte de Eck, que sabe para nada accidental, contra viento y marea, cuestionando a compañeros, superiores… y al sistema.

Y la tercera, indisociable de las anteriores, es la propia Glasgow. Y es que Los papeles de Tony Veitch se adentra por los rincones y esencia de la ciudad de una forma insólita, por su voluntad colectiva, social. Ciertamente, hay violencia y vileza, tipos indeseables o femme fatales —sui generis— como el género demanda. Sin embargo, la novela abunda más, a mi juicio, en el retrato de «la espalda de la ciudad»: dueños y camareras de pubs, mendigos, soplones, prostitutas, cínicos periodistas de sucesos, familias rotas o autoengañadas, jóvenes varados en debates utópicos con nulo futuro. Los bajos fondos recreados no desde el morbo o la sordidez. Sino desde el prisma realista de la pobreza y algo parecido a la dignidad. 

William McIlvanney va trenzando las subtramas hasta hacerlas converger de forma coherente y con pulso narrativo constante. Pero, sinceramente, la resolución del caso me resulta secundaria frente al gran trabajo psicológico con los personajes, nunca blancos o negros, fácilmente clasificables. Valgan como ejemplo los formidables encuentros entre Gus Hawkins y Laidlaw. Los choques verbales, reflejo de caracteres, actitudes y mochilas vitales bien distintas de los policías implicados en el caso de la brigada de homicidios. O las disquisiciones de nuestro inolvidable protagonista, que abren la puerta a una mirada a la cultura, historia y sociedad escocesa que trascienden el género. Más allá de lo criminal, Los papeles de Tony Veitch es una gran novela.