Los incendiarios, Jan Carson (Hoja de Lata, 2020)

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El peso y los miedos de la paternidad. El cáncer incurable de la sempiterna violencia. Las heridas del enfrentamiento político-social pasado, todavía mal curadas, prestas a reabrirse frente a los brotes de tensión del presente. Realismo social y, atención, realismo mágico, con el conflicto norirlandés de fondo en el Belfast contemporáneo. Una improbable combinación de temáticas y contextos que convierte a Los incendiarios, laureada novela de Jan Carson que nos trae Hoja de Lata, en una de las sorpresas de la temporada.  

Nacida en Ballymena, Irlanda del Norte, en 1980, Jan Carson es escritora y mediadora cultural. Tras su debut en 2014, con la novela Malcolm Orange Disappears, Carson publicó dos colecciones de cuentos, Children’s Children y Postcard Stories, en 2016 y 2017, por los que ganó el concurso de cuentos de Harper’s Bazaar y fue preseleccionada para el Premio de Cuentos Seán Ó Faoláin. El año pasado apareció Los incendiarios, su segunda novela, por la que obtuvo el Premio de Literatura de la Unión Europea. 

Los incendiarios nos lleva a la capital de Irlanda del Norte dieciséis años tras el «Acuerdo del Viernes Santo» en 1998, que puso fin a tres décadas del último período de «The Troubles» —como es sabido, el conflicto irlandés tiene varios siglos a sus espaldas—: el de la violencia armada entre grupos paramilitares irlandeses republicanos, los leales al Úlster, y las fuerzas del orden británicas. Es un verano singularmente caluroso, y el ayuntamiento decide limitar la altura de las hogueras del solsticio de verano, antesala de otra fogosa celebración, la tradicional marcha unionista del 12 de julio de la Orden de Orange. El caos estalla, de nuevo. 

Los inesperados disturbios —incendios por todo Belfast, un par de episodios brutales— parecen espontáneos, aunque los vídeos online de una figura anónima, autoproclamada «el incendiario», instigan y verbalizan el descontento de la juventud protestante, que se toma las restricciones como un ataque —o excusa— a sus libertades civiles. Dicho cabecilla resulta harto familiar para Sammy Agnew, ex paramilitar unionista. Es su hijo Mark. Paralelamente, tenemos al doctor Jonathan Murray, un timorato joven cuya vida cambiará para siempre tras una urgencia domiciliaria en Belfast Este. Allí se encuentra —nada menos— que con una sirena de proverbial voz magnética, con quien mantendrá una estrambótica relación de la que nacerá Sophie, una niña a la que cuidará en solitario tras la desaparición del mitológico ser… 

¿Descolocados? No es para menos. La trama de Los incendiarios se las trae… y solo hemos empezado. Con una estructura dividida en tres grandes bloques, uno para cada mes de ese violento estío, Jan Carson va alternando los relatos de Sammy y Jonathan, destinados a conectarse, las voces narrativas —tercera y primera persona respectivamente—, a los que se añaden esos fugaces episodios acerca de otros críos especiales o «desdichados» —voladores, vampiros, que se transforman en vehículos— que proliferan y se ocultan en Belfast, y cuyos padres se asocian en grupos de apoyo.

Porque semejante contexto le sirve a Carson para ocuparse de la paternidad, con notable profundidad y varios niveles de lectura. Dos prismas narrativos, el realista y el figurado. Dos hombres de caracteres opuestos —Sammy temperamental y expedito, Jonathan pusilánime y vacilante—, presas de sus pasados y el pánico generado por su vástagos. Ambos creen que deben silenciarlos. El primero decidiendo si lo entrega a la policía. El segundo impidiendo que su inocente bebé, igual que su madre, desarrolle su dañino potencial al empezar a hablar. Y, a través de ellos, la autora de Los incendiarios también dibuja una paternidad digamos comunitaria, que conecta los casos particulares con los conflictos no resueltos de la región.

Tengo la sensación que la conclusión de las tramas de Los incendiarios es algo desigual. Pese a las distintas voces y la entrada en la psique de los personajes, la prosa de Jan Carson es siempre ágil —impecable la traducción de Clara Ministral— y el suspense, la pura necesidad de saber cómo se resolverán ambas, empuja a la lectura de la novela sin demora. No obstante, mientras la historia de Sammy convence en su clímax, no tengo la misma impresión en la de Jonathan —quizás las expectativas fantásticas provocan la decepción—. De hecho, una vez concluido el libro, diría que la primera no necesita a la segunda, resultando débil su conexión. 

Dicho esto, Los incendiarios ofrece muchísimo al lector. Su descripción humana del lugar es soberbia. Sammy ahora es uno de las «cien calles con terrazas del este de Belfast», y respecto a  Jonathan, aunque creció a cinco minutos del otro, «la distancia entre ellos es abismal. No es solo el dinero lo que los separa. Es la educación y la reputación». Asimismo, la simbología de la novela es apabullante. La ciudad también libra una metafórica lucha entre dos bandos: el del fuego —fogatas, incendios de edificios, coches y casas— y el del agua —lluvias torrenciales, inundaciones, la sirena y Sophie—. Y falta un elemento más…

La reflexión sobre la violencia es de lo más interesante, enlazando pasado y presente con una herencia destructiva. Es de donde viene Sammy, un ayer que le avergüenza y analiza con contundencia —«[…] que si las banderas y la libertad, que si Dios y que si la patria. Solo eran palabras tras las que me escondía. Lo que hice una y otra vez con puños, pistolas y, a veces, bombas, lo hice por la pura e intensa sensación de sentirme vivo»—. Y que le aterroriza haya legado a su hijo Mark. O, en el caso de Jonathan, un mal biológico que su hija Sophie poseería a causa de su madre. En definitiva, Carson concibe el conflicto lejos de la política. En algún lugar entre el difuso malestar de esa juventud lealista, dispuesta a abrazar la anarquía por aburrimiento y desesperanza tornada frustración ante la certeza de saber que «el mundo no nos espera» —¿os suena?—, junto a una vehemencia que les pertenece «por tradición». 

¿Hay esperanza? Esa es la puerta que, diría —sigo sin spoilers— Jan Carson entreabre al introducir la fantasía. Esos críos malditos, con una pesada carga encima, quizás también ofrezcan una salida distinta, siempre frágil y manipulable, gracias a su singularidad. La voz de Sophie puede que sea irresistible, pero desconocemos qué cantará. Es mi interpretación, al menos. Y otro aspecto a destacar de Los incendiarios, uno de esos libros que suscita debates y especulaciones sobre su riqueza simbólica. Y comprobar cómo la realidad supera a la ficción en este 2020. Cambiad hogueras por mascarillas. O imaginad la Irlanda del Norte post-Brexit…