Los impunes, Richard Price (Literatura Random House, 2016)

Había ganas de enfrentarse a Richard Price —guionista de The Wire y películas como El color del dinero o Clockers (camellos) adaptación de su propia novela— en su versión literaria, que goza de tanta o incluso mayor reputación gracias a obras como la mencionada Clockers, The Wanderers —también llevada al cine— o La vida fácil. Así que, cuando Literatura Random House anunció a bombo y platillo que uno de sus primeros grandes lanzamientos en este 2016 iba a ser la publicación en nuestro país de su más reciente trabajo, no tuve que pensarlo dos veces. Tocaba adentrarse en el submundo de Los impunes.

No es un mundo que vaya a sorprender o a introducir al lector en ambientes desconocidos. Los impunes narra una historia de venganza y asesinatos sin resolver y, sin embargo, demasiado familiares, en Manhattan y el Bronx… La ubicación y la trama nos resultan inmediatamente reconocibles. Todos hemos visto demasiadas películas —series también, para los más modernos— de policías lidiando con criminales de toda índole, en situaciones extremas y ambientes explosivos, con asuntos turbios y pasados oscuros a sus espaldas que regresan de la forma más inesperada y amenazadora posible. Pero esa no es la cuestión, sino el enorme talento de Price para transitar por esos “lugares comunes” y guiarnos por ellos con pulso de hierro y una inusitada fuerza narrativa, que nunca decae a lo largo de sus más de 400 páginas. En apenas un par de capítulos ya no estamos pensando en ¿a qué película me recuerda esto?, sino ¿es qué aquí nadie se salva, nadie es trigo limpio? mientras devoramos el libro con ansiedad.

Price hace sin duda honor a sus más acérrimos fans. Es un maestro en la recreación de ambientes —las calles del Bronx, evidentemente su barrio, las comisarías de policía, los frágiles hogares de la violencia, los escenarios del crimen—, absolutamente irrespirables y al mismo tiempo enteramente creíbles —lo único inverosímil es que nadie sufra un ataque al corazón o un colapso nervioso— desde el minuto uno, mientras va condensando la tensión en apenas unas líneas, sobre todo gracias a unos diálogos colosales, donde los protagonistas juegan y esconden sus cartas como taimados jugadores de póker y el lector siempre tiene la sensación de que el iceberg se acerca. Y la parte que uno no es capaz de ver es tan gigantesca como aterradora.

Por si lo anterior fuera poco, Los impunes brilla sobremanera en otros frentes, más allá de los patrones habituales de la novela policial. Especialmente como agudo estudio de personajes consumidos por la culpa, el remordimiento y una compleja, vengativa apropiación de la justicia, a todas luces confundida e inaceptable. Y, no obstante, entendible. Humana. El caso de Jeffrey Bannion, que el sargento Billy Graves debe resolver inicialmente, al que rápidamente se le multiplican los cabos sueltos y cuyo reguero de muertes y violencia se expande, no es más que la resolución —”la palabra más engañosa del inglés”, señala uno de sus personajes clave— de cuentas pendientes. Incluida la suya, la de su policial y devastado reducido círculo de amigos, y la de su familia.

En ese sentido, podemos decir que Richard Price ha desplazado el peso de su historia de la pura trama criminal que va revelándose inexorablemente para, en cambio, indagar en las motivaciones de asesinos y policías, extremos descorazonadoramente indisociables de un mismo círculo, dejándonos —o al menos en mi caso— con tal mal cuerpo como la primera vez que uno vio Mystic River, dándole vueltas a la cabeza sin cesar. No habrá paz para los impunes. En ningún caso. Nunca. ¡Lectura más que recomendada! Anuncio desde ya que no será el único Price en aparecer por estas páginas…