Mucho a celebrar con el libro que os traigo hoy. Primero porque con ella descubrimos a Ann Petry, escritora inédita en nuestro país pese a haber sido la primera autora afroamericana en vender más de un millón de ejemplares en 1946 con su novela The street. Segundo, porque nos la propone Palabrero Press, una editorial cuya singladura acaba de comenzar, pero cuyo buen gusto —además de la ya mencionada, de momento ya ha publicado a Edith Wharton, Sherwood Anderson y Arnold Bennett, ahí es nada— y mimo en la edición promete alegrías recurrentes a sus lectores. Y, finalmente, y lo que es más importante, porque los cinco relatos seleccionados en este Los huesos de de Louella Brown son soberbios. Diáfanos en la forma. Duros en su contenido. Resonantes en su calado. Y, tristemente, pertinentes aún hoy día.

Porque en estas historias Ann Petry se nos revela como una extraordinaria observadora de la realidad que le tocó vivir, la de Estados Unidos, la «tierra de las oportunidades»… para los blancos —a poder ser, hombres y ricos, claro—, a mediados del siglo pasado. Una realidad que, a excepción del primer cuento, la autora nos presenta mediante hechos cotidianos, con una sencillez pasmosa, impecablemente trasladada al castellano por Teresa Lanero. Sin moralina, sin «cargar las tintas» en ningún momento y sin caer en la búsqueda del dramatismo efectista para impactar al lector. Igual que sucede con la obra del gran Ralph Ellison, en los cuentos de Petry las cosas hablan por sí mismas. «Simplemente», la exposición de las tragedias, injusticias y consecuencias trágicas diarias de un mundo «a dos velocidades» dependiendo del color de piel, el género o la clase social. Será tarea del lector sentir o no la punzada de la indignación o la vergüenza. O reconocer ese molesto zumbido en los oídos: el de la historia repitiéndose en toda su crueldad en pleno siglo XXI…

Abre el breve volumen el magistral «Los huesos de Louella Brown», que además de darle nombre, justificaría por sí solo tanto la existencia de este libro como la necesidad de reivindicar la figura de su autora. Raza, género y clase social interconectados —siempre, que diría Angela Davis— en una historia que aúna humor y sabiduría literaria. Por sus protagonistas, viejos cascarrabias, y la disparatada confusión de los restos de dos difuntas, los de la pobre lavandera negra Louella con los de una aristócrata blanca, en un principio el relato entroncaría con otra maravilla del género breve, La tumba del tejedor de Seumas O’Kelly. Sin embargo, Petry aprovecha la aparente ligereza de la historia para «disparar con bala», hablándonos de la abiertamente racista y clasista Boston de principios del siglo XX, con aguijonazo a la hipocresía torticera de la prensa incluida. Y, al introducir un elemento «mágico» en el texto, el fantasma de la propia difunta vilipendiada, ofrece tanto un divertido atisbo de venganza frente a la injusticia padecida del pueblo afroamericano como un demoledor corolario, poderosamente simbólico. Únicamente la muerte permite la igualdad. Solo desde el «más allá» un negro puede luchar por su dignidad. Tremendo.

En cambio, el registro se torna mucho más serio en «¿Alguien ha visto a la señorita Dora Dean?», donde se medio explica medio especula, mediante flashbacks que se insertan en un presente crepuscular, fúnebre —la narradora visita a una vieja amiga de la familia, viuda del verdadero protagonista, en sus últimas horas—, sobre la vida de un mayordomo negro de discreta y aparentemente respetable existencia que, no obstante, se suicidó en una zona indeseable de la ciudad. Una desgracia y un misterio por resolver, a los que su entorno busca encontrar un sentido… Con la desoladora sensación de que la respuesta a la vida brutalmente segada es el desesperado grito ante la imposibilidad de vivirla como uno desearía, a causa del color de piel.

Pese a todo, el relato precedente es ligero comparado con el brutal «El testigo». Como si Matar a un ruiseñor se transmutase en un antecedente de Perros de paja, Ann Petry lanza su inmisericorde mirada no solo sobre la violencia perpetrada por un pequeño grupo de jóvenes blancos y de buena familia, pero aburridos y carcomidos por el cinismo sino, especialmente, sobre la exasperante, opresiva autocensura del desgraciado protagonista negro que ha sido testigo forzoso de la bestial atrocidad pero que, dado su color de piel sabe que, de acudir a la policía, se volverá contra él. Son páginas que se leen con desasosiego, ya que el lector, al que no se le escapa que su personaje central está muy lejos del prototípico «negro marginal» —el coche, la chaqueta, su cultura y aparente integración en la comunidad—, puede anticipar tanto la agresión como el acuciante dilema moral que asalta al desarbolado personaje central. Y, sobre todo, porque sabemos que «el sistema» no permitirá la justicia. ¡Diablos! No es un relato, es una bofetada.

Ya lo decía al principio de la reseña. En Los huesos de Louella Brown no hay lugar ni para el victimismo ni la moralina. Y «Como una mortaja» quizá sea el relato que mejor ejemplifica esa voluntad de la autora de exponer tanto la cotidiana dureza en la que se veía sumida la población afroamericana como sus penosas consecuencias, aquí transformadas en atroz búmeran: las frustraciones diarias, las humillaciones sufridas, pero también la paranoia —la escena del café erróneamente negado es capital— de un hombre agotado, acongojado y miserable… El caldo de cultivo de la ira, contado con la frialdad de un escalpelo, en busca de una excusa para estallar. Una excusa que aparece, cobarde, mezquina, deleznable —y tan tristemente familiar—, en forma de violencia doméstica. Que autora tan valiente.

Pero no se vayan todavía, que aún hay más. Falta «Trabajadores denigrantes» y su sobrecogedor retrato de una gasolinera a la que llegan los clientes más inesperados: una familia de trabajadores convertidos en animales, esclavos modernos transportados en un camión en condiciones deplorables. Y uno piensa en pateras, espaldas mojadas o seres humanos huyendo del horror de la guerra. Se acuerda de monstruos presentándose a presidente del país más poderoso del mundo hablando de muros grotescos. De ministros de interior más cercanos —que le rezan mucho a Dios— que tienen la desfachatez de decir que las vallas con cuchillas «no son agresivas», sino «disuasorias». O de instituciones supranacionales que presumen de su defensa de los derechos humanos mientras ponen precio a cada refugiado para que otros se encarguen de ellos. Y uno no puede dejar de sentir la rabia y la revuelta constante del estómago mientras lee estos relatos. Porque siguen vigentes. Siguen vivos. Siguen siendo necesarios. Porque el arte también debería servir para remover conciencias. Descubrimiento mayúsculo el de Ann Petry.