“Los filántropos en harapos”, Robert Tressell (Capitán Swing, 2014)

Aunque cien años sean obviamente demasiados, hay esperas que merecen la pena. La editorial Capitán Swing ha rescatado del olvido Los filántropos en harapos de Robert Tressell para nuestro país y la ¿sorpresa? no es que la obra siga plenamente vigente pese a su antigüedad. Es que salvando algunas diferencias y cambiando el término “Banda” por el más actual de “Casta” la conclusión es la misma: seguimos siendo títeres controlados por un pequeño grupo, “los de arriba”. El 1% esquilmando al 99%. O los gilipollas -perdón- que controlan el mundo, traduciendo a nuestro filósofo del pop Jarvis Cocker. ¿Preparados? Ya os aviso que va a doler.

Y es que Tressell nos está llamando estúpidos. A la cara. Claro y meridiano. Sin cortapisas. Expone, con todo lujo de detalles —si algo se le puede achacar al libro es su extensión y densidad— la miseria durante los primeros años del siglo XX, la desesperación de miles de familias y la difícil elección entre pagar el alquiler o comer, pese a las jornadas de trabajo interminables. Una masa ingente de “filántropos” obligados a despojarse de sus bienes materiales, logrados con el sudor de su frente para pagar su desdichada subsistencia, en la que se incluye una ración de té y una rebanada de pan diaria. Y que con su labor permiten que unas pocas “buenas gentes” vivan en la opulencia, mientras se apropian de la fuerza de trabajo y el capital y se hinchan el pecho organizando obras de caridad cristiana y mecanismos sociales que no ayudan, en ningún caso, a mejorar la situación de sus conciudadanos más pobres. ¿Te suena? Pues entonces es que seguramente tú también eres un filántropo, ahora del siglo XXI. ¡Enhorabuena! Piensa en la vida llena de lujos y placeres que, gracias a ti, tenaz trabajador, Rato, Blesa, Pujol, Bárcenas, Matas, Urdangarín y un larguísimo —interminable, por lo que parece— etc. han podido disfrutar. Deberías estar orgulloso….

En este relato de desesperación perenne para unos y vida acomodada para otros, el autor da un repaso -menuda paliza- en toda regla a la clase trabajadora. Pese a todas las incomodidades y sufrimiento, aunque el mercantilismo brutal y la sumisión ciega repercutiera, una y otra vez, también en las relaciones familiares y amorosas —otro elemento que el autor no olvida—, las clases bajas siguen, una y otra vez, favoreciendo a sus patrones, ayudándoles a maximizar su opulencia y encumbrándoles en pedestales “porque ellos saben lo que es mejor para todos”, y “porqué ese es el único mundo que Dios tenía reservado para ellos”. Para ellos, para sus hijos, para sus nietos y así hasta el fin de los tiempos, “porque es lo que ha habido siempre y así seguirá siendo” y “nada puede hacerse para cambiarlo”. Filántropos que se empeñaban, al igual que ahora seguimos empeñados, en hacer ricos a unos carroñeros sin escrúpulos. Filántropos a los que la religión, junto a las normas y convenciones sociales, les grabaron a fuego que es lo que tenían que soportar. Ayer y hoy, el discurso del miedo propagado y diseminado por los aparatos mediáticos y oficiales. Si aún veis los telediarios o leéis los periódicos, seguro que os suenan: “Chavez”, “ETA”, “respuesta de los mercados”, “fuera de la Unión Europea”, etc. Un siglo antes, Tressell ya lo diseccionaba con brillantez.

Frente a semejante panorama, Tressell sitúa una voz discordante, representada por un albañil, un simple peón de la sociedad capitalista, convencido en propagar el socialismo y el sindicalismo, intentando hacerlo comprensible para sus compañeros de trabajo. Así, el lector se enfrentará a un puñado de voces opuestas, a menudo con diferencias irreconciliables, y largas reflexiones que, para el autor, exponen las claves para entender los mecanismos de la pobreza, la riqueza y el sistema capitalista. Son las contradicciones de la clase trabajadora en su máximo esplendor, expoliada por sus jefes, pero al mismo tiempo aterrada ante la posibilidad de ser despedida por la más mínima nimiedad, y a la vez sigue ensalzando las buenas acciones de sus representantes político-religiosos. Es espeluznante comprobar que un siglo después el panorama no hemos aprendido nada. Me recortas o congelas el sueldo pero lo aceptaré gratamente porque al menos no voy al paro. Me niegas derechos que pago con mis impuestos pero lo entenderé porque es fundamental salvar a los bancos que nos han llevado a la crisis. Me robas durante cuatro, ocho o más de veinte años, pero yo te continuaré votando.

En definitiva, Los filántropos en harapos es una denuncia en toda regla de la necedad humana, de la ignorancia y el miedo de los que el capitalismo se sirve para legitimar la opulencia de unos pocos en detrimento del resto. Nuestra necedad, ignorancia y miedo. Hace 100 años, Tressell intentaba hacer despertar a sus coetáneos del letargo, del conformismo y la resignación. ¿Lo conseguiremos nosotros? ¿Continuaremos dormidos y callados, sumisos cómplices emperrados en enriquecer a la “Banda/Casta” que nos controla, o por fin diremos basta? Leer a Tressell no sería una mala forma de empezar. Lectura exigente, pero sin desperdicio.