El director Víctor García León firmaba en Selfi un retrato agudo y en clave de humor de las dos Españas, en el que ahora reincide en Los Europeos. Basada en una novela, nada menos que de Rafael Azcona, la historia nos lleva a la España de los años 50 para presentarnos a dos españoles que buscan escapar de la realidad gris y represiva del franquismo. Una fuga que tiene la forma de un viaje a la colorida y veraniega Ibiza en busca de desenfreno, de ligarse a las guiris, de libertad. 

Raúl Arévalo es Miguel, el españolito medio, acomplejado, algo iluso, pero también un poco cobarde. Le acompaña un estupendo Juan Diego Boto como Antonio, el otro español, el fantasma, el niño rico que se cree mejor que los demás y que pasa de todo -quizás un antepasado del Bosco de Selfi-. A este dúo se une un tercer personaje que desestabiliza todo, la francesa Odette, una deliciosa y atormentada Stéphane Caillard, que parece encarnar los sueños imposibles de amor romántico y felicidad. No le hace falta más a León para dibujar el mapa de aquella España cobarde e hipócrita, de la que no se salva nadie. 

La primera parte de la película es un caos maravilloso de juergas, música y caos en Ibiza, que llega a producir agobio en lugar de algarabía, mientras el personaje de Arévalo, incapaz de tomar ninguna decisión propia, se va dejando llevar. El segundo tramo del film, situado en Barcelona, parece gris al mostrarnos la realidad de la que intentaban escapar, desesperadamente, los personajes principales, que acaban dando un giro inesperado de cara al espectador. El final de Los Europeos es uno de los más contundentes del cine español reciente.