Los Drácula raros, raros, raros

Los Drácula más extraños de la historia del cine

Todos conocemos a Bela Lugosi y a Christopher Lee, aunque quizás a los más jóvenes les suene antes Gary Oldman o incluso solo han visto a Claes Bang en Netflix. Eso, por no mencionar a Max Shreck, Klaus Kinski o Frank Langella. Ellos son los mejores y más conocidos actores que han interpretado al Conde Drácula. Pero no son los únicos. Selecciono aquí algunas versiones poco conocidas, raras o directamente descabelladas del personaje de Bram Stoker, que forma parte ya de la cultura pop y es susceptible de todo tipo de apropiaciones que pueden ser divertidas o indignantes, según el espectador. Vamos allá.

Drácula (1931) en español. ¿Sabían ustedes que cuando el director Tod Browning, Bela Lugosi y compañía, abandonaban el plató de Universal tras la jornada de rodaje, un segundo equipo, capitaneado por el realizador Georfe Melford, se presentaba para realizar una versión en castellano de Drácula? Con actores españoles, mexicanos y argentinos, este sorprendente ¿remake? simultáneo parece más pulido técnicamente y se beneficia de los lujosos decorados y de los recursos de los estudios. Además, esta versión española resulta más erótica, atención a las transparencias de Eva -Mina rebautizada- interpretada por Lupita Tovar. Por cierto, aquí hay un Drácula más que competente en el cordobés Carlos Villarías, aunque, claro, sin la estatura mítica de Bela Lugosi.

Otro Drácula en español es El Conde Drácula (1970), que prometía y cumplía en ser la versión más fiel a la novela, para la época de su estreno, sobre todo por echar mano de ciertos elementos que acababan siempre siendo eliminados, resumidos u obviados en las adaptaciones anteriores. Así, por primera vez vemos al conde aparecer como un anciano, para luego rejuvenecer; además de aparecer personajes antes sacrificados, como Quincey. Todo esto no quiere decir que la cinta no se tome varias licencias, como siempre, por razones de presupuesto. Sobre el papel puede parecer esta una adaptación más que interesante, con la dirección de Jesús Franco, el protagonismo de Christopher Lee -importado de la Hammer-, Klaus Kinski haciendo de Renfield -luego sería el propio Drácula para Herzog-, Herbert Lom como Van Helsing, Soledad Miranda como Lucy y Jack Taylor como el mencionado Quincey. Franco parece contar con más medios que en buena parte de su filmografía, pero claro, la envergadura de adaptar la novela de Stoker hace que el resultado siga pareciendo relativamente pobre. A pesar de seguir el hilo de la novela, la narración fragmentada de Franco provoca esos momentos típicos de su cine, de desconexión, de onirismo. Franco soluciona muchas situaciones en un solo plano, y tira demasiado del zoom. Lee, que en las adaptaciones de la Hammer se veía obligado a gruñir, tiene aquí parlamentos algo más extensos, sobre todo en las primeras escenas. Creo que, a pesar de todos los defectos, este Drácula ‘español’ es imprescindible. Lo mejor: los momentos locos, como el extraño encuentro de los héroes con los animales disecados del conde, una idea, según revela el documental Drácula Barcelona (2017), del actor y director artístico en esta película, Jack Taylor.

Y si nos atrevemos a ver la película de Franco, hay una doble sesión necesaria con Vampir, Cuadecuc (1970), extraño film de Pere Portabella, rodado durante el rodaje de El conde Drácula de Jesús Franco, en blanco y negro, sin sonido, aprovechando actores, decorados y situaciones de aquella. El resultado es una película entre el documental, el making of y el cine mudo, que parece hija de Nosferatu (1922) y Vampyr (1935), en la que se ven las cámaras, los técnicos del film de Franco, desvelándose los trucos del cine, mostrando a los actores fuera de personaje, pero consiguiendo también una fuerza primitiva al mostrar las escenas de corte Fantástico de la película protagonizada por Christopher Lee, quien rompe el mutismo de la cinta para leer un pasaje del final de la novela de Bram Stoker con su poderosa voz. Cine, arte, experimentación, ficción y artificio.

Sobre ambas películas existe un documental, Drácula Barcelona (2017), dirigido por Carles Prats, con entrevistas a Jesús Franco y Pere Portabella, ademas de a los actores, como Jack Taylor. Intervienen también miembros del personal técnico, de la troupe de Franco, y críticos de cine como Jordi Costa o Carlos Aguilar. El documental es interesante para conocer el contexto de la época, en pleno franquismo, y cómo dos tipos de cine muy diferentes, el de explotación y el de vanguardia, tenían igualmente una carga casi subversiva.

Drácula 73 (1972) es el intento de la Hammer de actualizar al conde, colocándolo en el Londres de los hippies, de la revolución sexual, de las drogas, la psicodelia, y del rock. Un intento bastante más conseguido de lo que pudiera parecer, con un guión solvente que se aprovecha de crímenes rituales de sectas -los de la familia de Charles Manson de 1969 aparecen mencionados- y recuperando los rituales satánicos que ya habían aparecido en otras películas Hammer, como El poder de la sangre de Drácula (1970). El escenario urbano no choca con la anacrónica figura del conde, que ahora persigue chicas en minifalda, como la magnética Caroline Munro -muere demasiado pronto- o Marsha A. Hunt, la primera chica negra que muerde el vampiro de Lee, o una descendiente de Van Helsing (Stephanie Beacham). Porque el legendario cazador de vampiros reaparece aquí, interpretado de nuevo por el gran Peter Cushing, como si el destino estuviese empeñado en enfrentarlos una y otra vez, idea que recoge, por cierto, la inferior Van Helsing (2004). Un discípulo satánico del Conde (Christopher Neame), rollo Mick Jagger, retoma la antigua afición de camuflar el apellido del vampiro invirtiendo el orden de sus letras ¿Puede haber un nombre más pop que Johnny Alucard?

Sangre para Drácula (1974), dirigida por Paul Morrisey y apadrinada por Andy Warhol, es una parodia el texto de Stoker y de sus versiones fílmicas, que lleva más allá el subtexto de las películas de Hammer. Esto es, el vampiro representa un elemento de clase, una aristocracia que ha perdido sus privilegios, ante una nueva moral. Así, para este conde interpretado por un afectado Udo Kier, las clásicas debilidades del vampiro se reducen a pequeñas incomodidades: puede tapar el sol de su cara con el sombrero; retirar el crucifijo de una habitación de hotel; evita el ajo con solo pedirlo; necesita la sangre, pero puede sobrevivir a base de ensaladas. Este vampiro ya no muerde a jóvenes inocentes o a mujeres encorsetadas por la moral victoriana, sino que se encuentra a chicas que saben latín. Han sido desvirgadas por un trabajador, que no sirviente, machista y escultural, que espera la revolución. Joe Dallesandro solo expresa rabia en este papel de puro reclamo sexual, en una película tan extraña como divertida, en la que se asoman además Vitorio De Sica y Roman Polanski.

Blacula (1974) tiene una premisa irresistible: un príncipe africano (William Morris) pide ayuda a Drácula (Charles Macaulay) para combatir el esclavismo, pero acaba siendo mordido y convertido en vampiro. A partir de aquí, la historia acumula situaciones delirantes, empezando porque el ataúd del no muerto es comprado por dos decoradores -estereotipadamente gays- que se lo llevan de Transilvania a Los Angeles -¡reciclando planos de Conde Yorga (1970)!-. Ver a Drácula en un entorno urbano, en los años setenta, no es tan raro, pero sí resulta extraño ver al personaje importado a los  cánones estéticos del blaxploitation: música funky, acción y peleas, chicas guapas y ambiente de ghetto y mucho humor, más bien zafio. Nada de esto ayuda a crear una atmósfera de terror gótico. Blacula se desarrolla aburridamente, siguiendo la investigación del doctor Gordon Thomas (Thalmus Rasulala) que va de despacho en despacho y hace un número exagerado de llamadas telefónicas. Aún así, la película tiene puntos de interés: el look de tebeo del vampiro, el amor inmortal que lo mueve por Tina (Vonetta McGee), las pinceladas de protesta contra la discriminación que sufren los afroamericanos, y que el vampiro acabe siendo una figura patética, un negro acorralado por la policía, pero que no se rinde ante ella, sino que decide su propio final.

Kung Fu contra los 7 vampiros de oro (1974) es la última película de vampiros que hizo Hammer Films antes de desaparecer -hasta su renacimiento en 2007- y es una curiosa e irresistible mezcla del cine de terror de la casa con el de artes marciales que producía Shaw Brothers. Estos dos universos, curiosamente, mezclan bien. Por un lado, Hammer aportaba a Drácula -interpretado aquí por John Forbes-Robertson, como clon de Christopher Lee– y al verdadero profesor Van Helsing -siempre eficiente Peter Cushing-. La película comienza en Transilvania -ayuda mucho la recuperación del tema musical del Drácula original por parte de James Bernard– y acaba en China, donde el conde se ha transformado en un demonio oriental al frente de los siete vampiros del título, en una trama que recuerda a Los siete samuráis (1954). Tenemos también una chica Hammer –Julie Ege-, rompedoras parejas interraciales, algo de sangre, algunos desnudos, y muchas peleas. Todo diversión. Roy Ward Baker es eficiente detrás de la cámara -ayudado por los expertos en acción de Shaw Bros- y la película tiene algunos momentos bastante logrados, como cuando los héroes se ven superados por el ataque de los siete vampiros y su ejército de muertos vivientes. No debe ser casual que el nombre de Drácula no aparezca en el título original ni en su traducción al castellano: ya no tendría tirón.